Especial

Julio César Arana

Cauchero del Putumayo
La fiebre del caucho fue un hito en la economía peruana, pero también un hecho que originó no solamente un sistema de trabajo esclavista, sino también la muerte de miles de indígenas que fueron brutalmente explotados. Las líneas que siguen son una semblanza de Julio César Arana, uno de los protagonistas de esta historia.

Por Alberto Chirif

El XIX es un siglo de grandes cambios para la humanidad entera. Varios países europeos y Estados Unidos, por citar solo aquéllos con mayor influencia sobre nuestra propia realidad, marchan seguros en esa época hacia el fortalecimiento de su industria y consolidación capitalista, lo que les impone la necesidad de buscar nuevas territorios abastecedores de materias primas. Un gran número de científicos y exploradores atraviesa regiones hasta entonces poco conocidas, en búsqueda de recursos y rutas comerciales que satisfagan las economías en expansión de sus naciones.

En esta parte del continente americano, el cambio más notable durante el XIX fue la independencia de los países respecto a sus antiguas metrópolis, lo que les impuso retos traumáticos, como definir sus propias fronteras, ocupar su espacio interno y, en general, diseñar sus políticas nacionales en diversos campos. Para el caso de la Amazonía, Perú centró sus arrestos tanto en la exploración de los ríos con miras a establecer su navegabilidad y encontrar la vía más corta para vincular las cuencas del Pacífico y el Atlántico, como en el impulso a la inmigración europea. Esta última medida llevaba implícita la idea racista de que solo los europeos blancos podrían contribuir al desarrollo del país y a civilizar a una población calificada de salvaje, a la que por cierto la República no le reconoció ningún derecho.

El desarrollo fabril de países del norte y el nacimiento de Estados autónomos que compartían la región amazónica, tuvo un punto de confluencia en el descubrimiento del uso industrial del caucho, que estos últimos concibieron como el producto capaz de financiar su desarrollo independiente. Así se originó su explotación, que adquirió un auge inusitado a causa de su fuerte demanda y buenos precios en el mercado internacional, y los bajos costos de producción por el uso descontrolado del recurso y la disponibilidad de mano de obra enganchada por el sistema de aviamiento o simplemente esclava.

APUNTE PARA UN RETRATO
En este contexto aparece Julio César Arana, natural de Rioja (San Martín), quien desde los 14 años ayudaba a su padre, Martín Arana, fabricante de sombreros "de Panamá", a comercializar su producción con los caucheros. El primer socio que se le conoce fue Pablo Zumaeta, que más tarde sería su cuñado y gerente general de su principal empresa. En 1881 se trasladó a Yurimaguas y desde allí fue afianzando sus negocios con los caucheros, convirtiéndose en habilitador de los extractores del Yavarí, Purús y Acre, quienes debían pagarle con las gomas que extrajeran. En 1890 se asentó en Iquitos y un año más tarde se asoció con el comerciante colombiano Juan B. Vega.

Desde Iquitos extendió sus actividades como comprador de caucho en el Putumayo. En 1896, con una posición sólida debida al control que ejercía sobre diversas áreas caucheras, conformó la empresa J.C. Arana y Hermanos, conocida con frecuencia como la Casa Arana, que llegó a tener 45 centros de recolección de caucho en la zona. Abrió agencias en Nueva York y Londres y conexiones en otras ciudades europeas. Se asociaron a esta empresa sus cuñados Pablo Zumaeta y Abel Alarco. Este último viajó luego a la isla caribeña de Barbados, donde reclutó barbadenses para trabajar como capataces en el control de los extractores indígenas.

Su dominio sobre las áreas productoras en el Putumayo se fue haciendo cada vez más fuerte aprovechando las deudas que le tenían diversos patrones colombianos, que en ese entonces controlaban la cuenca. Con uno de ellos, Benjamín Larrañaga, estableció una sociedad en 1901: Arana, Larrañaga y Cia. También consolidó su presencia en el Putumayo mediante viajes frecuentes de vapores de su empresa.

En 1905 Arana viajó a Londres con la finalidad de interesar a socios capitalistas de ese país para crear la Peruvian Amazon Rubber Company, que finalmente se constituyó el 27 de septiembre de 1907, con un capital de un millón de libras esterlinas. El directorio de la empresa, del cual se eliminaría la palabra rubber un año más tarde, quedó conformado por Henry M. Read, Sir John Lister Kaye (financistas británicos), John Russel Gubbins (comerciante peruano-británico), Barón de Souza Deiro (empresario), M. Henri Bonduel (banquero francés), Abel Alarco (como director gerente de la empresa) y el propio Arana.

Ese mismo año se hicieron públicas las denuncias de los crímenes cometidos por la empresa contra los indígenas del Putumayo, a raíz de publicaciones realizadas por Benjamín Saldaña Roca, en La Felpa y La Sanción, diarios de Iquitos, en 1907, y reproducidas por La Prensa de Lima. Las atrocidades cometidas contra los indígenas por los caucheros están dramáticamente descritas en El Proceso del Putumayo, libro escrito por el juez Carlos Valcárcel. La población indígena fue diezmada y se calcula que murieron unas 40.000 personas.

La razón detrás de la conversión de la firma nacional Arana Hermanos en la empresa inglesa Peruvian Amazon, da cuenta de la falsedad del argumento del patriotismo de Arana manejado por los caucheros y sus defensores. El juez Valcárcel, encargado del proceso contra Arana y empleados de su empresa, lo explica con mucha claridad. Colombia alegaba derechos sobre la región comprendida entre el Putumayo y el Caquetá, donde operaba la empresa. En caso de que un fallo arbitral favoreciese los intereses de ese país, Arana perdería su derecho de explotar gomas en esa zona. La conversión de su empresa en británica obedecía a la lógica de contar con apoyo del Gobierno Inglés ante cualquier reclamo contra Colombia y de dejar a salvo sus intereses, independientemente de la decisión arbitral sobre el territorio en disputa.

El juicio se diluyó en la nada, pero la empresa fue disuelta por presiones de los británicos y por la caída del precio del caucho en el mercado internacional. En la vida política, Julio C. Arana fue alcalde de Iquitos en 1902 y después presidente de la Cámara de Comercio y de la Junta Departamental. Fue luego senador suplente por Loreto y se incorporó al Parlamento en la década de 1920. Es autor del folleto Las cuestiones del Putumayo (Barcelona, 1913) y de sendas exposiciones, en 1922 y 1923, hechas a los electores del departamento de Loreto por el genuino senador loretano JCA dando a conocer una parte de la labor efectuada en relación exclusivamente con Loreto. En 1927 publicó El Protocolo Salomón Lozano. Julio César Arana murió en Lima, en 1952. 

Transformación urbana de Iquitos
En 1831, el científico alemán Eduard Poeppig descendió al Amazonas por la vía del Huallaga y el Marañón y escribió: "En la tarde del 13 de agosto, llegamos a Iquitos, el pueblo más pequeño de esta región. Una angosta abertura en las tupidas selvas de la ribera apenas permite distinguir su ubicación". Antonio Raimondi señala que el pueblo de Iquitos tenía unas 400 almas en 1860, la mayoría indígenas iquitos, mientras que el censo de 1887 indica 3.023 habitantes. La ciudad nunca fue oficialmente fundada, pero se considera a 1864 como el año de su constitución, cuando llegaron los cuatro barcos que el presidente Castilla mandó construir en Inglaterra. El despliegue de la ciudad comenzó con la construcción del apostadero y la factoría naval, y las exploraciones para impulsar la navegación fluvial.

Diez años más tarde comenzó el incremento de la exportación gomera que, junto con la inversión del Estado, transformaron la ciudad. Aparecieron edificaciones de ladrillo, madera aserrada y tejas; y también de adobe y quincha, como consecuencia de la inmigración de pobladores de San Martín. La gran transformación de la ciudad se dio al inicio del siglo XX, época en que la exportación de gomas hacia Europa y los Estados Unidos se mantuvo en alza hasta 1912, cuando decreció por la entrada al mercado del caucho producido por Gran Bretaña en sus colonias del sudeste asiático. En 1904 se construyó un nuevo muelle. Otros cambios importantes de aquellos años fueron el ferrocarril urbano que llegaba hasta el lago Moronacocha y el malecón Tarapacá, a lo largo de la ribera del Amazonas.

Las grandes casas corresponden también a esa época y tienen como rasgo más característico las fachadas de azulejos provenientes de España y Portugal. Un lunar curioso en esta arquitectura es la llamada "Casa de Fierro", que se dice salió de los talleres de Eiffel. La historia no certificada de esta casa, ubicada en la Plaza de Armas, es que fue comprada por el cauchero boliviano Antonio Vaca Diez en 1889, quien luego la vendió en 1897 al cauchero peruano Anselmo del Águila, poco antes de fallecer ahogado en el Urubamba con su socio Carlos Fermín Fiztcarrald.