Opinión

Acerca de la verdad y la charlatanería

Reflexión sobre el dudoso arte del palabreo

Por Pablo Quintanilla

Una característica de la cultura actual es la omnipresencia de la charlatanería. La retórica sensacionalista y carente de ideas nos ha acompañado desde la aparición del lenguaje, pero nunca como ahora nos ha invadido por todos los frentes, por todos los medios y de todas las formas. El palabreo, entendido como el discurso vistoso pero fofo y sin contenido, nos asalta en la política, el periodismo, la vida cotidiana y, lamentablemente, también en el mundo académico, con argumentos falaces, afirmaciones sin justificación y puro impresionismo verbal. Los jóvenes peruanos han acuñado para esto un término muy adecuado: "floro", que sospecho proviene de "florear", en una alusión al solo adorno y el mero efectismo. El fenómeno no sería tan grave si no estuviera acompañado de tres elementos: por una parte, la ubicuidad y profusión del palabreo hace que uno pierda demasiado tiempo tratando de separar el grano de la paja para descubrir, después de mucho trabajo, que poco de lo que escuchó o leyó realmente valía el esfuerzo. De otro lado, con frecuencia la charlatanería es solamente justificación de relaciones de poder injustas, con lo que el tradicional discurso ideológico ha sido reemplazado por la simple necedad. Finalmente, la charlatanería no solo está en la cultura oral sino también en la escrita. Eso tiene como consecuencia que hermosos bosques de todo el mundo se vayan convirtiendo en publicaciones sin valor que no hacen más que ocupar espacio.

En su reciente libro On Bullshit, Harry Frankfurt, con justicia afamado profesor de filosofía de la Universidad de Princeton, se propone plantear las bases para una teoría de la charlatanería, e intenta explicar lo que la caracteriza y distingue, así como sus posibles causas. No solo quiere sugerir criterios para detectar la paparruchada, sino también propone herramientas para descubrir ese tipo de palabreo pretencioso que se quiere mostrar dotado de profundidad y sutileza, cuando en realidad solo oculta simpleza, oscuridad y confusión.

Según Frankfurt, hablar bullshit no es lo mismo que mentir. El mentiroso cree en la verdad, lo que ocurre es que se esmera en ocultarla. El charlatán, por el contrario, no tiene ningún tipo de consideración ni curiosidad por la verdad. Así, y esa es la tesis principal del libro, lo esencial del bullshiter es su total desinterés por la verdad, su "indiferencia ante el modo de ser de las cosas". Al charlatán no le interesa mentir porque no cree que eso sea posible. Tampoco cree que se pueda decir la verdad; solo utiliza información y argumentos extraídos de diversas fuentes con la finalidad de lograr sus objetivos, que pueden ser divertir, impresionar, apabullar o manipular, según la circunstancia y el interlocutor. Por eso el charlatán está más lejos de la verdad que el mentiroso.

Frankfurt considera que la causa principal de la charlatanería es el relativismo propio de algunos sectores de la cultura contemporánea, es decir, la idea de que cualquier creencia o posición es tan buena como cualquier otra, y que no hay criterios para determinar la verdad del error. En mucho tiene Frankfurt razón, pero desatiende otra fuente principal de charlatanería que es precisamente lo contrario del relativismo, el fundamentalismo. Desde mi punto de vista, en el mundo actual relativismo, charlatanería y fundamentalismo forman un amasijo de enrevesadas relaciones de causa y efecto difíciles de separar, donde unas y otras se alimentan mutuamente.

El desinterés por la verdad es en parte consecuencia de la omnipresencia de la charlatanería, pero también de los diversos grupos de fundamentalistas que creen ser dueños de la verdad, y cuyo dogmatismo ha convertido al mundo en un campo de persecución y batalla. En gran medida los responsables del relativismo son los propios fundamentalistas, quienes al haber convertido a la palabra "verdad" en instrumento de imposición y terror han logrado que la gente no quiera saber nada de ella, empantanándose en toda suerte de paradojas relativistas, como las de quienes sostienen tercamente que no existe la verdad e intentan demostrarlo con sus mejores argumentos. Para mucha gente si una persona utiliza la palabra "verdad" ya es sospechoso de fundamentalismo. Pero eso es un error. El que los fundamentalistas quieran apropiarse del concepto de verdad no significa que quienes no somos fundamentalistas debamos regalárselo. Lo que tenemos que hacer es resignificar este concepto, quitándole el elemento dogmático y absolutista pero conservando su connotación objetiva y vinculante. Esto es lo que se proponen, entre otros, los filósofos británicos Simon Blackburn y Bernard Williams, quienes en sendos libros recientes objetan las diversas formas de relativismo que identifican a la verdad con la opinión personal, devaluando así el concepto mismo de verdad que alude a una objetividad que compartimos. Es imposible que a alguien no le interese la verdad o que viva como si esta no le importara, porque eso implicaría no tener creencias de ningún tipo, dado que cuando tenemos una creencia inevitablemente asumimos que es verdadera. Consciente o inconscientemente siempre creemos lo que a nuestros ojos está mejor justificado. Uno podría asegurar que cree que la verdad no existe, pero sería imposible que realmente lo crea o que se comporte de esa manera. ¿Cómo podría conducirse quien no tiene creencias que asume son preferibles a otras? Es imposible no interesarse por la verdad, porque eso significaría que nos resulta indiferente creer una cosa u otra. Podría sernos indiferente tener creencias respecto de las cuestiones que nos parecen irrelevantes, pero todos consideramos necesario tener creencias verdaderas acerca de los asuntos que reconocemos importantes. Estos son precisamente los temas sobre los que estamos dispuestos a debatir para modificar nuestras posiciones, si se nos muestra que estamos equivocados, o para dar la oportunidad a los demás de modificar las suyas, si ellos así lo consideran apropiado.