Cine

La felicidad esquiva

Una sombra al frente

Por Ricardo Bedoya

Una sombra al frente es
la película que sigue a El bien esquivo (2001) en la filmografía de Augusto Tamayo San Román, que alcanza los cinco largos (incluyendo Welcome to Oblivion, reeditada por el productor y distribuida con otro título y un director añadido) y dos episodios en los filmes Cuentos inmorales (Mercadotecnia o las desventuras de Mercurio) y Aventuras prohibidas (Strip).

La cinta, a pesar de los aciertos puntuales que señalaremos, es un paso atrás en relación con la anterior. En El bien esquivo hasta las limitaciones de producción se convertían en posibilidades formales, transformando el campo visual en un escenario tenebrista y la acción en una interrogación sobre la identidad mestiza; aquí, en cambio, el tratamiento es menos suelto, irregular en su desarrollo, de paso cansino en varios momentos, y con tendencia a la ilustración literal de la trayectoria profesional y personal del protagonista, el ingeniero de caminos Enrique Aet (Diego Bertie).

LA RESTAURACIÓN DE UNA ÉPOCA
Si el de El bien esquivo era un mundo opaco, negado a la significación (los documentos de filiación del protagonista terminaban quemados y proscritos), el de Una sombra al frente es discursivo. Si El bien esquivo era una sucesión de escenarios elegidos por su capacidad para aparecer como signos del pasado, Una sombra al frente luce como la restauración cuidadosa y atenta, pero textual, de una época.

La narración en primera persona se anuncia, desde el inicio, como la crónica de una gesta por cumplir y la biografía de un personaje paradójico, a la vez obsesivo y parco, decidido a obtener sus metas aun a costa de reprimir los goces de su vida privada, convirtiendo a la felicidad en un bien esquivo. El ritmo de la película sigue esa misma trayectoria; pasa de la aventura y el movimiento iniciales a una contención, freno y control que restan intensidad al conjunto.

Las primeras secuencias de la película, centradas en el Aet activo, que recibe la misión familiar y la posta de la tarea paterna inconclusa, y la presentación de su trabajo en la selva, mientras abre trochas, son las mejores de la película. En la media hora inicial, que culmina con el derrumbe del puente, se encuentran las mejores actuaciones de la cinta, los momentos más logrados de Bertie (junto con los del final) y de Paul Vega, que es el mejor actor de cine que tiene el Perú. En ese segmento se privilegia lo que los personajes son, el modo en que encaran su vocación y la forma en que la acción los diseña, enfrentando a la naturaleza. Aet se define ante nosotros, los espectadores, como personaje autónomo de la ficción, y no como una creación verbal de otros personajes, antagónicos o no, que existen para distinguirse de él o para explicar lo que piensan de su comportamiento, como ocurre luego.

ANTAGONISTAS DE PAPEL 
La debilidad de Una sombra al frente se concentra en su parte central, que coincide con la exposición del conflicto íntimo del protagonista. Llegado a Lima, los "antagonistas" que Aet enfrenta tienen una naturaleza explicativa, modélica, paradigmática. Es el caso del hermano, encarnado por Gonzalo Molina, y por el ingeniero que hace Carlos Carlín.

El primero está allí como el reflejo invertido y negativo del protagonista. Cada intervención o dicho nos recuerda la esterilidad de su actitud y posición política, su desconfianza en la posibilidad del progreso ordenado y su paranoia, causada por un poder que percibe manipulador y capaz de apropiarse hasta de los mejores logros científicos de su época. El joven anarquista, cada vez más pálido, demacrado, iluminado en clave baja para reforzar su lado sombrío, en contraste con el porte inmutable y el mostacho enhiesto de Enrique Aet, da cuerpo a un postulado de la película: la acción se extravía cuando no está encauzada hacia metas racionales, factibles, prácticas. Por supuesto, el militante acaba ofreciéndose a la tropa represiva como cordero para el sacrificio.

A su turno, el segundo opositor tiende al trazo grueso, a la villanía, a la expresión de una envidia que tiene algo de pataleta. Aet tiene, por un lado, al antagonista ideológico; por el otro, al antagonista burocrático.

Esa rigidez en las oposiciones envuelve a las secuencias del segmento central con una camisa de fuerza explicativa que frena la acción y la torna rígida, mecánica, previsible. Las intervenciones de la madre (Milena Alva) tienen ese mismo carácter aclarativo: repiten la idea de la naturaleza inasible de Enrique, de su vocación por el viaje y su incapacidad para el arraigo. Pero eso ya lo sabemos: lo dice también la amante española y ocasional del barco -en la secuencia menos lograda de la película- y todo el desempeño de Diego Bertie, que juega a la contención y la impavidez emocional ante cada reclamo familiar o solicitud amorosa.

ESCRITURA Y ESTILO 
Pero hay un aspecto de Una sombra al frente que llama la atención. A Tamayo le podrá salir mejor o peor una película, pero es un director de cine al que le preocupan la escritura y el estilo, lo que es raro en el cine peruano, cada vez más volcado al efecto de primer grado y el pragmatismo de la comunicación a partir de la fórmula hecha. Tamayo tiene un punto de vista que se manifiesta en cada encuadre y cada situación, más allá de las debilidades que puedan encontrarse. Una sombra al frente es una película biográfica sobre un personaje cercano y querido por él, con el que se identifica -y no solo por razones familiares-, pero no es una película de celebración ni una hagiografía. Es sí, una cinta personal y de un tono general que va a contracorriente.

Por eso, tal vez sería interesante leer Una sombra al frente a partir de la mirada proyectiva de un director de cine, en el Perú de hoy, sobre este personaje del pasado que construye caminos donde no los hay. Pero esa lectura, muy pertinente en este caso, no la vamos a hacer. Pero sí diremos que los quince minutos finales tienen un clima triste y matizado que escapa de la rigidez demostrativa que señalamos antes. La secuencia de la despedida de Doris (Vanessa Saba, bien una vez más), limpia, sobria, es una de las mejores que ha filmado Tamayo: expone la paradoja de la derrota íntima y el éxito oficial.

Una mención, por su trabajo impecable, a Rosa María Oliart (diseño de sonido), Juan Durán (foto), Natalie Hendrickx (producción) y el propio Tamayo (dirección artística).