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Impresionante museo del convento de Santa Teresa en Arequipa

Clausura a medias.

Silencio y belleza. Asombro y soledad. Tras casi 300 años de rigurosa clausura, el monasterio arequipeño de Santa Teresa abrió sus puertas recién en el 2005 y deslumbró a la ciudad, y acaso al mundo, con los tesoros artísticos que guardaba.

Por Ramiro Escobar La Cruz

Son casi las doce del día en la blanca ciudad y acá adentro reina una paz que parece oscurecer todo sufrimiento. El leve sonido de un contrito coro femenino se filtra por entre las paredes de los claustros, llena el espacio de una cierta dulzura y casi acaricia un silencioso jardín vecino. Afuera, Arequipa cruje de frenesí, degusta su mundanal ruido.

Nada te turbe/Nada te espante/Todo se pasa/Dios no se muda.dice Santa Teresa, inspiradora de ese grupo de mujeres que canta al otro lado de ese muro infranqueable por decisión de ellas (y por voluntad de Dios, se asegura), pero que, desde el 2005, se entreabrió para que el otro mundo -el nuestro-, conociera sus delicados tesoros.

MILAGROS DE LA TIERRA
Fue un mandato del Cielo, pero sobre todo de la Tierra. Lo único que logró turbar el rigor de estos claustros, fundados y cerrados el 23 de noviembre de 1710, fue el terremoto que asoló Arequipa el 23 de junio del 2001. Los remezones produjeron serios destrozos en varias partes de esta especie de ciudadela dedicada al recogimiento perpetuo.

Desde el exterior, Franz Grupp y su esposa Zully Mercado, ambos expertos restauradores arequipeños, tendieron puentes hacia la madre superiora de entonces, Teresita del Niño Jesús, a fin de considerar la apertura de parte del convento al público, en base a un proyecto museográfico. Las urgencias económicas terrenales alentaron la decisión.

Por fin, el 16 de junio del 2005 se produjo el milagro: el convento carmelita de Santa Teresa, ubicado en la calle Melgar de Arequipa, fue abierto parcialmente, luego de que Grupp y Mercado montaron lo que quizás es, sin pecado de soberbia alguno, el museo de arte virreinal más didáctico que existe en nuestro país. O el más acogedor, por lo menos.

Para lograrlo, Grupp fue un testigo casi místico del develamiento de un rosario de secretos artísticos. Según cuenta, algunos de las obras de arte que estaban en varias salas del monasterio, pero en desorden. Otras, fueron sacadas de estuches especiales, entre ellas una alucinante custodia de oro, perlas, esmeraldas, topacios y diamantes.

A diferencia de Santa Catalina, Santa Teresa acogía a muy pocas hermanas, por lo general provenientes de las clases acomodadas, que debían acudir a la clausura perpetua con una importante dote. Eso explicaría la presencia, al interior de estos discretos recintos, de auténticas obras de arte virreinal, entre cuadros, murales, estatuas, platos, orfebrería.

CIELO DE INSPIRACIONES
Uno pasea entonces por los claustros y salones -los que se pueden visitar, porque hay una parte del convento que permanece cerrado y entregado a la contemplación- y se interna por los laberintos de la historia y la inspiración. La Escuela Cuzqueña, vigorosa, domina la escena, con decenas de obras anónimas y sobrecogedoras, suaves y demoledoras.

En el Coro Bajo, por ejemplo -una sala donde aún entran las hermanas a lanzar algunas plegarias-, guarda cuadros como La Barca de la Iglesia, un impresionante lienzo que enmudece a cualquier cristiano de a pie. Muestra un Cristo clavado en medio de una barca, a donde pugnan por subir, con rictus desesperado, obispos, frailes, laicos transidos.

En la Sala Capitular, donde según cuenta Franz se toman las grandes decisiones (una de ellas habría sido abrir el convento), destacan los murales que envuelven el recinto, y que incluyen escenas de la vida cotidiana campesina de esos tiempos (siglo XVIII). También los cuadros que muestran al profeta Zacarías, a San Juan Bautista, a David y Goliath.

En el centro sobresale un altar de madera tallada y pan de oro, sobre el que navega un cuadro, triunfante, de la Virgen del Carmen. Todo fue un regalo -entregado hacia 1750-, de Francisco Correa, abuelo de Catalina Correa, una enclaustrada. Porque en esas épocas, y en esa atmósfera social, la adoración de Dios se hacía con esas ofrendas doradas.

Al interior del Coro Alto, descansan otros lienzos, como el de Los 7 dolores de la Virgen y el de la Virgen de la Candelaria, que parece encender este recinto donde también habita un órgano. Abajo, en otros salones, viven calladas las estatuas de San Agustín, Santa Lucía, San Francisco de Asís, Santa Rita de Casia, San Ramón Nonato.

LOS PASOS DEL SEÑOR
Franz ha ordenado estas maravillas con delicadeza casi monacal, al punto que, desde la entrada al museo uno va entendiendo cómo se logró esa cara huesuda de San Pedro de Alcántara, un santo franciscano muy apreciado por las carmelitas. O como se hizo el precioso baúl de Navidad, poblado de imágenes de madera, pasta modelada y maguey.

La hora del Angelus del mediodía pasa, la voz de las hermanas se va apagando y se les escucha caminar, suaves aunque precisas, quizás hacia sus celdas humildes y silentes. Nunca más salen, salvo en casos de extrema urgencia. Mueren y son enterradas allí adentro, en medio de su rigurosa y respetable fe. Y de estos tesoros maravillosos.

De allí a la eternidad
Breve diálogo, desde el mundanal ruido, con una monja carmelita descalza de clausura.
-¿Cuánto tiempo lleva allí adentro, hermana?
-Casi 9 años y medio.
-¿Y no siente ganas de salir afuera?
-No. Esto no es un escondite, no es para escapar del mundo.
-¿Entonces para qué es?
-Para trabajar por el mundo, para que el mundo no se pierda.
A través del torno, una especie de mesa giratoria de madera, sor Andrea (arequipeña, 32 años, para más señas) responde mis preguntas, por encargo expreso de sor Liliana de la Eucaristía, priora del convento de Santa Teresa. Sin vernos mutuamente, por supuesto. Junto con ella, 15 hermanas más han optado por los votos perpetuos y enclaustrados, tras 6 años que incluyen aspirantado, postulantado, profesión temporal. Más de media década en la cual la candidata debe decidir si quiere quedarse, por siempre jamás, en el convento.

Sor Andrea sostiene que no es una cárcel, que, en rigor, lo que hace ese ejército de devotas es orar por la labor de las huestes de la Iglesia Católica en el resto del planeta. "Y también oramos por la paz del mundo", acota, con un leve e inevitable acento arequipeño.

Cada día comienza a las 5 de la mañana y culmina hacia las 10 de la noche. Transcurre entre varios momentos de rezo (tres Angelus, por ejemplo, a las 6 de la mañana, 12 del día y 6 de la tarde), meditaciones personales, momentos de trabajo, visitas al Santísimo. La eucaristía, el alimento espiritual, es en la mañana, y los alimentos, austeros, tres veces al día, en silencio y con una lectura de fondo. Hay también dos momentos de recreo en la jornada, que generalmente transcurren entre conversaciones, cantos y lecturas disipadas.

Y así, por años de años, hasta que la muerte las separa de este mundo. Sor Andrea dice que se aprende en el silencio, que está enamorada.. pero de Dios y que no tiene ganas de salir porque aquí ha encontrado la paz y la alegría. Mientras, afuera, Arequipa ruge.

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