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SARTRE, MERLEAU-PONTY Y LA IDEA DEL DESEO

Existencialismo y psicoanálisis

Por Carlos de la Puente

La relación entre el existencialismo y el psicoanálisis ha sido de una confrontación productiva. Las críticas de Jean Paul Sartre, en El Ser y la Nada y de Maurice Merleau-Ponty, especialmente en Fenomenología de la Percepción, han servido y sirven al psicoanálisis para renovarse. No importa que el psicoanálisis no haya elaborado explícitamente las críticas de estos dos filósofos franceses. No pocas influencias intelectuales se producen al margen de las citas y de la discusión abierta. Más importante es que dentro del psicoanálisis contemporáneo hay movimientos e ideas que son deudoras intelectuales de los trabajos que Sartre y de Merleau-Ponty escribieron entre los años 40 y 50 del siglo pasado.

Sartre y Merleau Ponty debieron discutir el psicoanálisis al tratar el tema del deseo, algo central en la teoría psicoanalítica. En este asunto ambos se alejaron de su inspirador Martin Heidegger, en cuya filosofía el deseo sexual es inexistente. Sartre y Merleau Ponty, en cambio, consideraron que una ontología del ser humano es incompleta si no aborda el tema de la sexualidad.

Para Sartre, el deseo no es una pieza aislada de contenido mental, por decirlo de alguna manera. No se puede entender la sexualidad como una energía o una fuerza psico-biológica al margen de la situación de los seres humanos. Los impulsos sexuales deben entenderse como esencialmente ligados (esencial significa aquí interna y necesariamente) a las relaciones humanas. El deseo es, por lo tanto, el nombre de algunas actitudes que los seres humanos asumimos en nuestras interacciones con nuestros congéneres.

En el Ser y la Nada (1943), Sartre atribuyó al psicoanálisis esta comprensión -digamos mecánica- del deseo, descrita en el párrafo anterior. Sin embargo, le parecía que las ideas de Freud, a pesar de estas confusiones, habían contribuido a la comprensión del ser humano. Entonces Sartre postuló lo que él llamó el "psicoanálisis existencial", que rescataba conceptos psicoanalíticos y les daba un contenido existencial. Básicamente Sartre disiente del psicoanálisis en torno al impulso sexual como la explicación última de la conducta. No son los "impulsos", pensados como fuerzas impersonales, sino más bien lo que el ser humano hace con esos impulsos lo que explica nuestras acciones y nuestros deseos. Hay entonces algo más primordial que las pulsiones y esto es la decisión de la persona acerca de su propia existencia.

Para Sartre el deseo es una de las "relaciones concretas con los demás". Deseamos a otra persona para apoderarnos de su subjetividad. Lo que queremos de él o ella son sus deseos, sus fantasías, sus infinitas posibilidades como ser humano; queremos encapsular o engullir, diremos, su libertad y su capacidad de movimiento. Dicho sea de paso, para este autor esta es una tarea imposible y por eso aquello que deseamos constantemente se nos escurre de las manos. Aunque Sartre no fue el primero en formularla, esta idea del deseo como la búsqueda de aquello que no puede tenerse tuvo influencia en el posestructuralismo y en ciertas corrientes del psicoanálisis francés.

Cercano a Sartre, Maurice Merleau-Ponty hizo de la crítica a las principales corrientes de la psicología uno de sus objetivos fundamentales desde sus primeros trabajos. En este sentido la idea más importante de Merleau-Ponty es que existe una interacción constante, dialéctica se diría, entre el organismo y el entorno. Ambos se modifican constantemente y por lo tanto no cabe, como sostienen algunas corrientes psicológicas, estudiar a uno sin el otro. No cabe por lo tanto estudiar la conducta o la mente sin considerar el mundo que la rodea. Incluso el estudio de las "respuestas" de un animal a sus estímulos, no debe obliterar, como hacen los conductistas, esta relación entre individuo y ambiente.

Merleau-Ponty aplica este concepto en su segundo gran trabajo, La Fenomenología de la Percepción, cuando se ocupa con más detalle del psicoanálisis. En este libro rechaza la idea de la líbido como una fuerza al margen de una conciencia cuya principal actividad es la de interactuar con el medio, para modificarlo y acomodarse a sus influencias. Los impulsos sexuales, por ejemplo (y creo que lo mismo es válido para los agresivos) están subordinados al accionar de esa conciencia o esa subjetividad. Ahora bien, Merleau-Ponty es el filósofo del cuerpo.

Nadie insistió tanto como él en el rol fundamental del cuerpo en cualquier actividad humana, incluidas por supuesto el pensar y el hablar. Pero a él no le interesó lo que el cuerpo pudiera decir a través de, por ejemplo, las sensaciones físicas o internas que acompañan al deseo sexual. A él le interesó el cuerpo como ese gran instrumento que define nuestra posición en el mundo.

Para ilustrar sus ideas Merleau-Ponty analiza en este libro el caso de una joven mujer que dejó de hablar cuando sus padres le prohibieron ver a un hombre que ella amaba. Para Merleau-Ponty el psicoanálisis podría diagnosticar esta conducta usando el concepto de "fijación oral". Para él en cambio, aunque es probable que la boca haya sido, en el caso de esta chica, el centro de lo que en psicoanálisis se llama una fijación, lo que explica su conducta es más bien su decisión de rechazar sus vínculos con el mundo. El quedarse callada o el no poder hablar es una manera, casi intencional, de deshacerse del lenguaje, que es el medio que la une a los demás.

Siguiendo este ejemplo diríamos que lo que explica la conducta son las estrategias -concientes o inconcientes, reflexivas o prereflexivas- que una persona utiliza para bregar con las exigencias de su ambiente.

Tal vez postular una "influencia" desde Sartre y Merleau-Ponty al psicoanálisis sea aventurado. Pero debemos reconocer cuando menos que los nuevos desarrollos en psicoanálisis tienen una familiaridad con las ideas de estos dos autores. La idea del sí-mismo, la postulación de un psicoanálisis interrelacional, la convicción de que no existen impulsos fuera de las relaciones humanas, la reformulación del complejo de castración, el mayor énfasis en la autonomía y la dependencia en los primeros años de vida antes que en las zonas erógenas, son cosas conceptualmente emparentadas con las ideas de estos dos autores. No se puede negar el genio de Freud y menos aún el avance que su trabajo representó en la comprensión del ser humano. Pero al mismo tiempo la obra de estos filósofos parece haber contribuido a instalar en el psicoanálisis la idea de que mente y mundo no están separados, como Freud por momentos pareció creer.

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