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EL ADIÓS DE NATHAN ZUCKERMAN

Los espectros de Philip Roth

Con Exit Ghost (La salida del fantasma) el novelista estadounidense Philip Roth pone fin a un ciclo de nueve novelas narradas por Nathan Zuckerman, el autor imaginario ideado por Roth y a quien muchos atribuyen, quizá sin razón, ser el doble del escritor.

Por Peter Elmore

Inagotable
y fértil, Philip Roth es no solo un creador prolífico, sino uno de los más agudos e innovadores en la literatura contemporánea de los Estados Unidos. Entre los novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX y de principios de este, Roth se cuenta entre los indispensables: su escritura es actual y polémica, pero es también canónica y de la posteridad. Aunque, a los 74 años, Philip Roth no da por concluída su obra, ya empieza a realizar las ceremonias del adiós: La salida del fantasma (Exit Ghost) es la novena y final de las ficciones que narra el novelista Nathan Zuckerman, ese creador erotómano, ingenioso y neurótico en el que con frecuencia se ha querido ver, erróneamente, un doble apenas disfrazado del propio Roth.

El ciclo de Zuckerman comenzó con la publicación, en 1979, de La visita al maestro (The Ghost Writer). No es azaroso que la misma palabra (ghost, "fantasma") se encuentre en los títulos originales del volumen inaugural y el de la clausura, pues las historias de ambos -con un intervalo de casi medio siglo- se encuentran para cerrar el círculo de un drama de pasiones artísticas y amorosas: un juego de espejos revela, con precisión elegíaca y ambigüedad tragicómica, cómo cambian los personajes y cómo los roles permanecen.

CAMBIOS Y CONSTANCIAS
En la trama de The Ghost Writer, Nathan Zuckerman es un joven de 23 años y de obra incipiente que, en un invierno inhóspito de 1956, peregrina hasta el bucólico refugio de un autor al que admira, E. L. Lonoff. En Exit Ghost, Zuckerman es un célebre escritor de 71 años que, en el otoño del 2004, vuelve después de más de una década de aislamiento rural a la ciudad de New York, con la esperanza de que un tratamiento novedoso reduzca en algo la incontinencia urinaria que, junto a la pérdida del vigor sexual, es una de las secuelas de una operación a la próstata. El aprendiz desplaza y sustituye al maestro (para bien y para mal) en varios aspectos. Así, por ejemplo, el renombre de Zuckerman contrasta con el relativo olvido en el que ha caído Lonoff (cuyo parecido con Bernard Malamud no es producto de la casualidad, sino de la malicia de Roth); por otra parte, los achaques y la edad del Zuckerman del 2004 exceden con mucho a los del Lonoff de 1956, quien habría de morir sin conocer las indignidades de la decrepitud.

El espectro del antiguo mentor aparece, oblicuamente, desde las primeras páginas de Exit Ghost. Durante la visita de 1956, Zuckerman conoció a Amy Bellette, la joven y hermosa judía europea por la que Lonoff abandona la metódica rutina de 35 años de casado para vivir su último (y, finalmente, desastroso) lustro. En el 2004, Amy no es la presencia deslumbrante y seductora de otros tiempos, sino una aparición patética. Con pena, con incredulidad, Zuckerman la reconoce al salir del hospital en una anciana cuya extraña vestimenta delata una pobreza extrema o una mente desquiciada. Solo su voz y su acento extranjero le permiten identificarla; pronto descubre Zuckerman que Amy ha sido operada de un tumor cerebral y que, antes de la enfermedad, la muerte de Lonoff hizo de su vida una larga sucesión de años grises y vacíos. Por lo demás, la némesis de Zuckerman -en quien el escritor reconoce, con ambigua fascinación y hostilidad abierta, casi a una imagen especular del joven que él fue- es Richard Kliman, que se propone escribir una biografía de Lonoff en la cual se revelaría un supuesto secreto maldito del autor difunto. Las simetrías son, como en las ficciones del romanticismo alemán, misteriosamente reveladoras. El adversario de Zuckerman no solamente quiere apropiarse del pasado del autor al que este admiró, sino que está vinculado a la mujer que el escritor desea. Esta no es ya, por cierto, Amy Bellette. En Exit Ghost, el rol de la mujer inalcanzable no lo representa una refugiada judía, como en The Ghost Writer, sino una heredera texana con vocación artística y convicciones progresistas. En épocas distintas, Amy Bellette y Jamie Logan son reflejos -o espejismos- del deseo masculino, pero son también personas que desean existir en y para la literatura. No en vano Amy, en la mente fantasiosa del Zuckerman novato, se transfigura en una improbable Anna Frank que, después de escribir su diario, sobrevive de incógnito; Jamie, por su parte, quiere la soledad del campo para consagrarse a su obra.

LA MÚSICA DEL PRESENTE
Anacrónico y excéntrico, el narrador de Exit Ghost se siente fuera de sintonía con la actualidad. Su tiempo no es el presente: casi con jactancia, se declara de la "Era de la máquina de escribir". La ciudad de New York -a la que dedica, como contra su voluntad, una apología intensa- le parece el peor escenario para la persona en la que se ha convertido porque es, precisamente, el lugar donde la urgencia del "aquí y el ahora" se manifiesta con más energía. Zuckerman cree -o quiere creer- que el presente ha dejado de interesarle, pero lo desmienten la perspicacia de sus observaciones sobre los Estados Unidos después de los atentados del 11 de setiembre y el tempo nerviosamente ágil de su prosa. Nada hay de letárgico y cansino en el texto y en las peripecias del narrador-protagonista: Zuckerman se ve a sí mismo como un Rip van Winkle que, después de un sueño de años, despierta a la vigilia desconcertante de la Historia, pero su extrañeza es una forma de la curiosidad, no una manifestación de la indiferencia. Entre los escritores americanos contemporáneos, solo Don DeLillo -pienso, sobre todo, en Mao II y Ruido de fondo (White Noise)- se compara a Philip Roth en la capacidad de sondear los momentos históricos y sus efectos en la textura de la vida diaria. Es cierto que en otras novelas del ciclo de Zuckerman -notablemente, La mancha humana (The Human Stain) y Pastoral Americana (American Pastoral)-, el autor muestra con más brillo y consistencia sus dotes de cronista e intérprete de la época, pero esas virtudes también moldean y animan al texto de Exit Ghost. No es gratuito, ciertamente, que la acción de la novela se concentre en la semana de las elecciones presidenciales de 2004, en las que George W. Bush consiguió hacerse reelegir pese a los desastres de la guerra en Iraq y a la polarización extrema de la sociedad americana.

RESURRECCIÓN Y CODA
El ciclo de Zuckerman parecía haberse cerrado a mediados de los años 80, cuando Roth compiló en un solo volumen (Zuckerman encadenado o Zuckerman encuadernado, pues Zuckerman Bound admite las dos traducciones) tres novelas (The Ghost Writer, Zuckerman Unbound y The Anatomy Lesson) y la nouvelle La orgía de Praga (The Prague Orgy). Una comicidad entusiasta y provocadora, casi indiscriminada en su irreverente ingenio, distingue a esos libros, con frecuencia brillantes. En Contravida (The Counterlife), Roth no solo volvió a cederle la palabra al novelista de su invención, sino que en el proceso creó algo más que un buen libro: Contravida es la primera obra maestra del ciclo de Zuckerman. En ella, las modulaciones del estilo son más ricas y densas, la visión del personaje más abarcadora y penetrante: el lenguaje no sacrifica la profundidad a la agudeza. Me casé con un comunista (I Married a Communist) y, sobre todo, La mancha humana y la extraordinaria Pastoral Americana son los otros libros del ciclo. Elegíacos y críticos, satíricos y trágicos, revelan a un artista de primer orden y dispuesto a asumir obras de gran calado.

La coda de Zuckerman es, en comparación con las cuatro novelas precedentes, menos ambiciosa, pero eso no la hace desdeñable. Melancólica y esperpéntica, humoristica y trágica, Exit Ghost es, en su deliberada clave menor, no solo la despedida de un autor imaginario, sino también el epílogo ficticio de sus obras completas.

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