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EL MEJOR ESTRENO DE LA CARTELERA ACTUAL

Una novia errante

Por Ricardo Bedoya

El Centro Cultural de la Universidad Católica ha estrenado Una novia errante, de la realizadora argentina Ana Katz, proyectada en el pasado Festival de Cine de Lima. Es el mejor estreno de la cartelera actual.

De la directora, escritora y actriz Ana Katz conocíamos su película anterior, El juego de la silla (2002), que llevaba la historia de un reencuentro familiar hasta el límite mismo del absurdo, combinando la impávida seriedad de una situación con giros grotescos cada vez más gruesos y alucinados.

Su segundo largometraje Una novia errante (2007) sigue el recorrido de una mujer que acaba de perder a un amor. El comienzo de la cinta nos somete a la situación fuerte y decisiva de la ruptura de una pareja, que ocurre mientras viaja hacia un balneario más bien desierto, fuera de temporada. Lo que sigue en la hora y media posterior solo es la crónica de la tribulación de la novia ahora errante, interpretada por la propia Ana Katz.

Desde entonces, la cámara se convierte en un sismógrafo que capta cada uno de los pequeños sacudones de la mujer, que pasa de la decepción a la ilusión, del desengaño a la angustia, de la ansiedad al aburrimiento, la obsesión o la histeria. Deambula por el balneario de espacios abiertos -que resultan tan claustrofóbicos como los de El juego de la silla-, conoce gente, intenta salir de su fijación neurótica por saberlo todo del hombre que ya se fue.

No ocurre mucho más porque aquí no interesa el desarrollo de una trama cuajada de incidentes o armada a partir de giros dramáticos cuanto el registro de una fluencia, del estado anímico de un personaje lleno de contradicciones: Inés está a la vez disponible y bloqueada, abierta y paralizada, activa y en suspenso.

Pero no enfrentamos el caso clínico de una "mujer descasada", ni el de una dama "bajo la influencia", una novia vestida de negro o una Anna Magnani poniendo en escena el desgarrado espectáculo del abandono en El amor, de Rossellini-Cocteau (inspiración declarada de Katz). La directora se resiste a jugar las cartas de la gravedad, el patetismo, la crispación y el estallido. La actriz Ana Katz desconoce la explosión histriónica y las reglas del psicodrama. Representa la neurosis con las técnicas del relajamiento, el vagabundeo, el gesto de desconcierto o el desmayo inesperado por lipotimia. También con un toque de humor impávido, de comedia que aparece allí donde nadie la espera. Las emociones se observan aquí desde dos puntos de vista, que son como anverso y reverso: el del sufrimiento personal y el de la gracia que tienen los gestos maníacos y compulsivos, los desencuentros, frustraciones y lapsus, las llamadas telefónicas sin fin y los juegos de seducción abortados.

El cine de Katz es una observación paciente de contrastes; encuentra el lado divertido de una situación desesperada y el gusto agridulce del paso continuo entre lo patético y lo ridículo. El exceso de dolor la convierte en víctima pero también en entrañable clown.

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