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TUBERCULOSIS, ROMANTICISMO Y ARTE

Mal de amores

La tuberculosis una enfermedad romántica, de la argentina Amalia Pati, es un libro que recuerda los vínculos de esta enfermedad con el romanticismo. El ensayo fue presentado esta semana en ArTB*. Conversamos con ella y hacemos un viaje a la Europa del siglo XIX.

Por Jorge Paredes

Heroínas que desfallecen de amor. Rostros que adquieren una palidez sepulcral. Fiebres y sudores nocturnos que se entremezclan con desvelos amorosos. Artistas jóvenes, blancos y bohemios, que dejan literalmente la vida en sus obras, mientras relatan amores desventurados. Estamos en la Europa del siglo XIX. La sociedad industrial está en sus inicios, la población urbana aumenta y las ciudades desnudan sus precarias condiciones sanitarias, todo esto hace rebrotar un mal tan viejo como el hombre: la tuberculosis afecta a ricos y pobres y morirse joven se convierte en algo común. Es en esta época en que Henri Murger escribe Escenas de la vida bohemia, una novela publicada por entregas que narra las peripecias, amores y sufrimientos de cuatro jóvenes artistas marginales en el barrio latino de París y que inspiraría luego a Giacomo Puccini, otro célebre enfermo, a crear La Bohème. Mimí, la protagonista, de pálido rostro y ojos azules, muere de tuberculosis en un hospital público, esperando vanamente las flores de su amado Rodolfo. Por esa misma época, Alejandro Dumas, hijo, publica La dama de las camelias, la historia de Margarita Gautier, la elegante cortesana enredada con adinerados jóvenes burgueses, que también desfallece de tisis y de amor. La obra igualmente inspiró otra célebre ópera: La Traviata de Verdi. Pero arte y vida se parecen. Y todo el romanticismo quedará teñido por el rojo de la sangre en los pañuelos blancos y delicados. La belleza lánguida y melancólica como rasgo estético, la enfermedad como señal de espíritus sensibles, talentosos, nocturnos y rebeldes. La lista de escritores, poetas, músicos y artistas muertos por tuberculosis en el siglo XIX, e inicios del XX, es larga y notable: Novalis, Schiller, John Keats, Bécquer, Chéjov, Chopin, Carl María von Weber, Modigliani, entre otros. Un caso extremo es el sucedido a las hermanas Brontë: las tres, todas ellas escritoras, murieron en un lapso de siete años, entre 1848 y 1855, víctimas de la tuberculosis: Emily (Cumbres borrascosas), Anne (La inquilina de Wildfell May) y Charlotte (Jane Eyre). Esto, sin duda, acentuó la creencia de que el mal era hereditario y estaba por así decirlo vinculado a espíritus sensibles. La leyenda comenzó a desvanecerse a partir de 1882 cuando Robert Koch descubrió el bacilo que causaba la infección. En el siglo XX la enfermedad será asociada a la pobreza e insalubridad y su aura romántica se apagará para siempre.

Amalia Pati (Rosario, Argentina, 1951) es médica clínica y licenciada en Letras. Rara mezcla de intereses que ha originado un libro que aborda la tuberculosis a partir de las connotaciones culturales que tuvo durante el romanticismo. Este trabajo obtuvo en el 2005 el segundo premio del Concurso Municipal de Ensayo convocado por la Secretaría de Cultura y Educación de Rosario.

Los efectos de la tuberculosis se han sentido en distintas épocas y culturas, desde la Grecia clásica hasta la América precolombina, sin embargo, es en Europa, y específicamente en el siglo XIX, cuando se le asocia al romanticismo y la vida artística, ¿cómo se da esta transformación?
Es una buena pregunta. Yo también me la hice. Por qué en el siglo XIX y por qué la tuberculosis. Pero quiero hacer antes una aclaración: los usos metafóricos de la tuberculosis no fueron privativos de Europa. Sabemos que en Oriente, para la misma época, era también considerada una enfermedad romántica, y Latinoamérica importó el "mito", aunque con algunos perfiles propios. Con respecto al siglo XIX, no debemos olvidar de que estamos en pleno período romántico y que la tuberculosis era la causa número uno de muerte. La sociedad de entonces debió buscarle un sentido a la enfermedad por la cual morían miles de personas en plena juventud; en especial, cuando se sabía que era incurable y que el destino final era casi siempre la muerte.

En este contexto, para la filosofía romántica, el estado de enfermedad era un estado muy respetable, íntimamente ligado a la espiritualidad y a la creatividad. Para A. Schopenhauer era un estado positivo porque mientras debilitaba la voluntad, fortalecía la mente. Mann era un heredero de los románticos alemanes y en La montaña mágica hay fragmentos enteros, algunos de los cuales cito en mi libro, que expresan el desprecio por la salud; se puede leer que es inimaginable que alguien esté enfermo y sea estúpido, al mismo tiempo. La enfermedad vuelve al ser humano "fino, inteligente y personal", dice Hans Castorp.

Y la medicina romántica contribuyó mucho para la construcción de la metáfora. Su teoría sobre la tuberculosis era la teoría predominante en la época: para ella, la enfermedad estaba en la esencia de los individuos a través de una predisposición hereditaria; negaba la teoría infecciosa y, por lo tanto, el contagio.

El tuberculoso era una víctima inocente de un padecimiento inevitable. No había nada reprochable en ella ni por qué degradarla como ocurrió con la sífilis o el cólera, por ejemplo. Y, por sobre todas las cosas, era la enfermedad de las pasiones frustradas. Los artistas y los intelectuales de la época se enfermaban como el resto de los seres humanos y la lista de grandes que murieron de la enfermedad sería interminable. Como dije antes, buscarle un significado era una manera de soslayar, en parte, los sufrimientos que acarreaba. Incluso cuando se descubrió el bacilo de Koch y, antes del tratamiento curativo, esta teoría siguió en boga hasta bien entrado el siglo XX. Es el caso de K. Mansfield y Franz Kafka: ellos pertenecen a la era postinfecciosa y, sin embargo, nunca hablan de contagio.

Todos estos artistas han dejado una producción valiosa desde el punto de vista estético, pero también desde el aspecto documental, reflejando las preocupaciones sociales de su tiempo, ¿cuáles considera los mejores exponentes de este, digamos, subgénero?
No creo que se pueda tomar la literatura del siglo XIX como de valor documental en el sentido al que usted se refiere. La cuestión social que sí es fundamental en la literatura argentina, en la que la tuberculosis se presenta como una enfermedad femenina producto, entre otras cosas, del sobretrabajo, de la pobreza, de la mala nutrición, etc., no fue una preocupación en los románticos. El que agrega a los usos metafóricos de la tuberculosis la cuestión social es Victor Hugo en Los miserables y, más tarde, los hermanos Goncourt con sus novelas Germinie Lacerteux y Madame Gervaisais que están lejos del romanticismo y más cerca del realismo. Las obras que yo he recorrido ilustran a la perfección los significados que se le dio a esta enfermedad, y los significados son estéticos. Es el amor, la belleza, la creatividad, la espiritualidad, la dignidad de la muerte, la poesía. Ni siquiera Margarita Gautier de La dama de las camelias es pobre. Todo lo contrario, vive en el lujo y la riqueza.

Leí que usted se interesó por el aspecto cultural de la tuberculosis luego de leer La montaña mágica de Thomas Mann, ¿de qué manera este acercamiento ha enriquecido su profesión?
Soy médica clínica y tengo una formación que proviene de las ciencias llamadas duras, pero mi profesión es el trabajo directo con seres humanos enfermos. No debería sorprender cuando la medicina debió de haber sido la primera de las humanidades. Como digo en mi libro, el divorcio entre las ciencias y las humanidades, al que aludía C.P. Snow en el siglo pasado, no existe. Creo que la literatura ha tenido una influencia decisiva en mí como persona que ejerce la profesión médica. Hay un antes y un después. El enriquecimiento es inefable y, por eso mismo, es difícil decir por qué las manifestaciones artísticas tienen tanta fuerza para sacar lo mejor de nosotros.

Creo, además que las personas no se identifican como médicos o como escritores. Somos un conjunto de identidades y el error está en creer que somos solo una cosa o la otra. Por cierto, la medicina sola, como se ha enseñado en las escuelas de medicina durante el siglo XX, carece de una formación humanística que todo médico debería tener. De lo contrario, somos técnicos incapaces de comprender el sufrimiento humano. En mi caso, sentí que había una falta muy grande. Pero hay otras maneras de adquirir esta formación y nosotros estamos contribuyendo a eso desde el suplemento de Medicina y Cultura de la Cátedra de Clínica Médica de la Universidad Nacional de Rosario.

* Ciclo de exposiciones y charlas sobre los efectos de la tuberculosis que antecede al día mundial de esta enfermedad (24 de marzo). Lugar: Biblioteca Nacional (Av. La Poesía 160, San Borja).

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