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EL LADO OCULTO RUBÉN WONG, GERENTE DE CANALES DE EMC PERÚ Y BOLIVIA

Año Nuevo para el olvido

QUERER SACARLE EL JUGO A UN VIAJE PUEDE DEVENIR EN PESADILLA. A ÉL LE OCURRIÓ. AUNQUE LOS PRECIPICIOS YA NO SON LO MISMO... ESO, EMPERO, NO HA LIMITADO SUS ANSIAS DE VIAJAR

Por Antonio Orjeda

De padre militar, Rubén tenía 4 años cuando la familia comenzó a recorrer el país. Su padre viajaba por chamba y porque además le encantaba y a Rubén ese gusto se le pegó.

"De la nada, él nos decía: vamos de paseo; y terminábamos en Canta, en Cañete". No muy lejos, es cierto (eran los años 80, Sendero minaba todo plan de viaje largo). Rubén creció, la inseguridad nacional fue menor. Partió por su cuenta, primero la costa, el norte, siguió la selva. Comió mono, culebra, lagarto. Antes, a los 12, vivió su travesía más entrañable. A papá lo habían destacado a Bolivia. Cuando la orden fue retornar, papá decidió: nos vamos por tierra. Santa Cruz-Cochabamba-La Paz-Copacabana-Puno-Arequipa-Lima. No ha olvidado su emoción al cruzar la frontera y ver al otro lado nuestra bicolor.

Sus padres viven ahora en Texas. Cada vez que los visita, papá enciende el motor y se van por ahí.

HUAMANGA
Tenía 26, estaba casado. Era diciembre, Rubén planteó recibir el 2002 en Lunahuaná. En caravana, partieron cuatro parejas.

"Llegamos el 29 y, para el 30, ya habíamos hecho todo lo que teníamos que hacer". ¡Vámonos a Ayacucho! Sí, la idea fue de Rubén. La caravana partió. Pasada la medianoche estaba sobre los 4.000 m.s.n.m. Oyó un golpe seco contra la carretera. "Debe haberse desprendido una piedra", pensó. Decidió no virar. "De repente patino y me voy al precipicio". Pasó sobre una piedra, una llanta se reventó. La caravana frenó. Rubén buscó la llave de ruedas. No había. Ni uno de los cuatro autos tenía una. Les planteó seguir. Él se quedaría, una vez en Huamanga, debían enviar una grúa por él. Eso mismito hicieron.

"Yo seguí avanzando hasta que la llanta se terminó de moler". De pronto, el timón comenzó a tirar hacia la derecha, él maniobraba, el motor se apagó. El sistema eléctrico estaba arruinado. Bajó, solo lo alumbraba la noche. Vio que la cuarta parte del auto estaba en el aire, mirando al precipicio. "Ese viaje me marcó. La fobia a los precipicios me duró semanas".

Como su auto tenía calefacción había dejado su casaca térmica en uno de los que partió. Ya no tenía auto. En medio de sus maldiciones, oía abajo un río. No había señal, su celular era un estorbo. No ha olvidado la frase que pasaba por su cabeza: "me pelo de frío". Entonces pasó un ómnibus, partió a Huamanga. Tres horas antes de llegar, el celular volvió a ser de utilidad. "Los de la grúa me dijeron que ese precipicio tenía una caída de 500 metros". Su gente, ansiosa, lo esperaba.

Ya en la ciudad, la pesadilla continuó. Su auto yacía abandonado en una curva. ¿Y si otro lo empotra y termina en el río? Rubén se veía en los diarios sindicado como el responsable de una tragedia.

La grúa trajo el auto de vuelta. Todo estaba en orden. Sus amigos lo llevaron a la Pampa de la Quinua, querían despejarlo, hacerlo olvidar. "El trayecto era puro precipicios. No abrí los ojos en todo el camino".

No, Rubén no ha dejado de viajar. Meses atrás subió a sus tres cachorros al carro y se los llevó a Trujillo, tal como lo hacía papá. Sabe, sin embargo, que él tiene un viaje pendiente: a Huamanga. En auto, tiene que ser en auto. "Esa es mi meta personal", afirma.

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