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RECORRIDO POR LA CHASCONA Y LA SEBASTIANA

Las casas de Neruda

Una visita a La Chascona y a La Sebastiana, dos de las entrañables casas que habitó Pablo Neruda en Chile, significa embarcarse en un placentero viaje por el tiempo que lleva a conocer los refugios y secretos del insigne poeta.

Por Lewis Mejía

Por aquí no pasan las horas, ni los días ni los años. Incluso el mundanal ruido de una moderna y gran ciudad como Santiago se detiene ante estas puertas, en señal de profundo respeto a un espacio vital donde una de las mentes más brillantes de la literatura latinoamericana forjó una vastedad de poemas que hoy siguen generando una especie de devoción entre diversos públicos y sensibilidades.

La Chascona y La Sebastiana son dos de las tres casas -la otra es Isla Negra- que habitó el premio Nobel de la Literatura de 1971 en varios momentos de su vida. Se tratan de edificaciones muy singulares por su arquitectura y por los materiales empleados, con pisos ascendentes que prodigan una sensación de movimiento, y en donde abundan la madera y el cristal, junto a una serie de artículos personales que reflejan la personalidad creativa y juguetona del autor de Canto general.

Estas propiedades son administradas por la Fundación Pablo Neruda, que se encargó de recuperarlas casi desde sus ruinas, tras el vandalismo sufrido en los primeros años del gobierno militar y el inexorable paso del tiempo.

Las casas reciben ahora más de cien mil visitantes al año, quienes llegan desde diversos puntos del planeta para ver la historia que aquí se guarda y para participar en la intensa vida cultural que se refleja en los talleres de poesía, de teatro y de vitrales; y en las exposiciones y conversatorios que regularmente organiza la Fundación. Pero también algunos llegan solo para tomarse un café bajo la sombra de un árbol, reflexionar a solas, o hojear las variadas publicaciones que se ofrecen en las librerías ubicadas a la entrada de cada recinto.

EN LA SEBASTIANA
Valparaíso, puerto de enorme dinamismo comercial, amplias avenidas, fresco viento marino, y gentes siempre apuradas, acoge un cerrillo circundante donde se yergue La Sebastiana. Según cuenta la historia, Neruda siempre quiso tener una casa en este lugar, como una atalaya o faro sobre el Pacífico Sur que le inspirara en sus creaciones.

"Siento el cansancio de Santiago. Quiero hallar en Valparaíso una casita para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojala invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?".

Así de específico fue el encargo hecho en una carta de 1959 a su amiga Sara Vial, quien de inmediato se dedicó a recorrer la ciudad hasta conseguir una propiedad semiconstruida que se acercaba mucho a la demanda.

Neruda decide comprarla, pero debido a su gran tamaño invita a sus amigos Francisco Velasco y María Martner a compartirla. Cada propietario terminó la construcción a su manera, quedándose el poeta con los tres pisos superiores, que los llenó de color y alegría, así como de bromas para sus visitantes, como lo es una escalera que parece continuar tras una cortinilla que en verdad oculta un muro.

Esta casa -inaugurada el 18 de septiembre de 1961- se bautizó en honor al arquitecto Sebastián Collado, su primer propietario, en medio de un tradicional barrio de madera y calamina, con cuestas donde los gatos se calientan bajo el sol y una maravillosa vista de la bahía.

Adentro abundan los rincones interesantes, los objetos sorprendentes y los cuadros de la colección nerudiana, como un retrato de Lord Cochrane, una colección de platos con globos aerostáticos del siglo XIX, muchos mapas, vitrales, un pájaro embalsamado traído de Venezuela, una sopera italiana con la forma de una vaca que se usaba para los ponches, paredes pintadas en rosados, azules, amarillos y verdes, y grandes ventanales y claraboyas de barco.

DESDE LA CHASCONA
El silencio de La Sebastiana contrasta vivamente con el cantar de los pájaros, el ruido del agua y el paso de los autos cercanos a La Chascona. Estamos en Santiago de Chile, en el bohemio barrio de Bellavista, ascendiendo hacia esta otra residencia cuyo nombre, aclararemos, proviene de la lengua quechua y significa 'despeinada'. La tradición cuenta que era el cariñoso apelativo para Matilde Urrutia, su última esposa.

La propiedad fue erigida por el arquitecto Germán Rodríguez Arias, cuyos planos fueron rehechos varias veces. Al final, Neruda giró la ubicación, introdujo escaleras y terrazas, cambió muros por ventanas e instaló. Aquí se vino a vivir en 1953, tras separarse de su segunda esposa, Delia del Carril.

A la muerte de Neruda, esta casa fue atacada por vándalos, opositores políticos, e inundada por su propio canal. A pesar de su estado, fue escenario del velatorio del poeta y desde aquí salió el cortejo fúnebre hacia el cementerio.

El recorrido de la casa se inicia por el bar -que pertenecía a un antiguo barco francés-, y continúa por el comedor, donde asoman las colecciones de pintura: bodegones antiguos y algunos cuadros representativos de artistas chilenos que ilustraron sus poemas.

Una pequeña puerta da acceso a una estrecha escalera de caracol que lleva a un dormitorio. En otro de los espacios de la casa está el salón, con el famoso cuadro de Matilde, que Diego Rivera pintara en 1953, en donde escondido en su cabello está el perfil de Neruda.

Repartidos por toda la casa están las mesas, cubos, biombos, platos, copas e individuales para mesas, creación de Piero Fornasetti, famoso diseñador de mediados de los años cincuenta.

Sobre el salón está el dormitorio de la pareja, y tras subir escaleras y pendientes, se encuentra otro bar repleto de figuras diversas y zapatos gigantes. Luego, figura la biblioteca y el escritorio, donde se pueden revisar las condecoraciones y premios, incluyendo la medalla del Premio Nobel.

La visita es demasiado rápida, uno quisiera permanecer largas horas observando estos objetos de tanto valor, respirando el mismo aire que alguna vez dio vida al poeta, y escuchando una grabación de su eterna voz, que nos acompaña todo el tiempo. Definitivamente, habrá que regresar. (recuadro)

Canto de Isla Negra
En 1939,
Neruda buscaba un refugio para escribir el proyecto de Canto General. Un lugar cerca del mar podía ser perfecto y un aviso de diario alertó al poeta y a su mujer de esos años, Delia del Carril. Se ofrecía un terreno y una pequeña casa en la costa del Pacífico, a cien kilómetros de Santiago, cercano al puerto de San Antonio. Isla Negra era, en esos años, una caleta de pescadores, casi desierta, sin comodidades y muchas dificultades de acceso. Pero con una vista al mar inigualable.

La casa fue creciendo de sus iniciales 60 metros a más de 500. La primera ampliación se inicia en 1943 y termina en 1945, con la ayuda del arquitecto español Germán Rodríguez Arias. De esa época data el característico torreón de piedra. En 1965 nuevas construcciones rematan en la casa que conocemos hoy, una larga y angosta franja de piedra y madera.

En el salón se hallan algunos de los famosos mascarones de proa, las dos Medusas, el gran Jefe Comanche, la Micaela -la última adquirida por el poeta- y La Marinera de la Rosa, también dos tallas de madera de ángeles con trompetas. Luego, en el comedor se exhiben los mascarones de proa -Jenny Lind y Morgan- y la mesa con unos copones de color rojo e individuales ingleses. Se aprecian una cabeza de ángel y una virgen de Rapa Nui talladas en madera.

Aquí se encuentran una colección de máscaras de las más diversas formas y procedencias, botellas transparentes, grandes tinajas de vidrios de colores, fotografías de los poetas admirados por el poeta, Whitman y Rimbaud, planisferios pintados en vidrio, cajas de insectos extraños y mariposas coloridas, alfarería de Latinoamérica, y muchas cosas más.

Neruda pasó aquí sus últimos meses de vida, hasta su traslado a la clínica Santa María de Santiago, donde falleció el 23 de septiembre de 1973. Sus restos, junto a los de Matilde Urrutia, reposan aquí desde diciembre de 1992 para toda la eternidad.

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