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Rincón del autor

El quinto pie del gato

Una cosa son las encuestas, otra es la sensación de catástrofe que se genera irresponsablemente sin advertir las graves consecuencias para la gobernabilidad

Por Hugo Guerra

Entrañable lector, una manía muy peruana es buscarle cinco pies al gato, sabiendo que solo tiene cuatro. Hoy, por ejemplo, la bobería gira en torno a si la menor popularidad presidencial se debe a mala comunicación, o si hay otras razones.

El Apra ganó el 2006 con el voto endosado por quienes no aceptamos la aventura humalista, aunque teníamos pánico de que se reeditara su pésimo primer gobierno.

Veintiún meses después, seamos coherentes con nuestra conducta electoral, reconociendo que García ya no es el mozallón de antaño. Su ideología se ha 'aggiornado' y el Ejecutivo conoce bien lo que no debe hacer, aun cuando le falta mejorar su gerencia social.

Los buenos indicadores heredados del toledismo se potencian. Sí hay inflación, pero el fenómeno es incomparable al de 1985-1990. Llegamos a crecer mensualmente en más de 11%; no es gratuito que las reservas internacionales superen los US$30 mil millones, que la deuda externa se pague anticipadamente y que baje la línea de miseria. La construcción de carreteras en promedio de cinco kilómetros diarios no es falsa, y funcionan más de veinte mesas de diálogo orientadas a superar la exclusión social.

Pero en un país estructuralmente disfuncional, donde el Estado sigue ausente en un 70% del territorio patrio, casi nada de lo bueno parece tener sentido. Peor todavía cuando en pleno auge financiero, la guerra redistributiva es alentada por quienes repiten la pregunta necia de "¿si estamos tan bien, por qué no chorrea hacia abajo?".

En democracia el cambio es progresivo. En revolución no hay cambio, hay involución. No es justo, entonces, desvalorizar procesos de fondo como la regionalización para privilegiar la hipercrítica circunstancial, el escandalete, la visión extremista y la oposición por la oposición.

Faltan voces de crítica sensata como la de Vargas Llosa. Es absurdo que inclusive el propio partido de gobierno se canibalice por momentos, contribuyendo al descrédito del sistema; que ciertos voceros gubernamentales actúen con soberbia intolerable y que parte de la prensa agudice la sensación de catástrofe, fungiendo de simple caja de resonancia y renunciando a su papel de orientadora democrática.

No creo en los corifeos del régimen. Propugno, en cambio, la crítica racional orientada contra la corrupción, la ineficiencia y el mesianismo revolucionario de esa izquierda marxistoide que no se atreve siquiera a deslindar con el terrorismo.

El problema, por tanto, no son las encuestas; por ello, no pudieron vacar malsanamente a Toledo. El verdadero reto está en retomar roles democráticos equilibrados: que el Gobierno incremente su eficiencia, que el Congreso se autopurgue, que los partidos democráticos confronten al extremismo, que la prensa rehúya el amarillismo y que usted, buen lector, tenga las cosas claras. No sea alanista, aprista o apristón, sino ciudadano comprometido con la gobernabilidad democrática hoy, en el 2011 y más allá.

¿O quiere que nos gobiernen según el vaivén de las encuestas, a punta de populismo y arando el campo para que luego coseche algún humaloide?

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