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LA PLUMA INVITADA

Una probadita de su propio chocolate

Por Jorge Castañeda. Ex canciller de México*
Hubo un tiempo en que los países en ciertas regiones --principalmente en América Latina-- eran acertada y continuamente criticados por sus políticas económicas irresponsables y perniciosas, por su falta absoluta de supervisión regulatoria, por descuidar su infraestructura, gastar excesivamente en cosas absurdas (construir una nueva capital, por ejemplo, y otros proyectos similares mucho más allá de sus medios), y por simplemente no prestar atención a los daños que su conducta despilfarradora podía causar a sus vecinos.

Los abastecedores de juicios condenatorios tan devastadores y recurrentes estaban diseminados a lo largo y ancho de los salones de las instituciones financieras internacionales (IFI), de los bancos centrales y de los ministerios de finanzas de las naciones de la OCDE (los pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Pero la sabiduría que apoyaba estos ataques violentos provenía principalmente de una fuente --Washington-- que demandaba incesantemente: "¡Pongan su casa en orden!

No era que el resto de las naciones industrializadas, o que los funcionarios de los países del "Tercer Mundo" en las IFI, no compartieran estos puntos de vista, o apoyaran los antídotos para las crisis de los gobiernos en cuestión tan apasionadamente como sus colegas de Europa Occidental, Japón, Canadá y Estados Unidos: sí, lo hacían, y con entusiasmo. Pero la fuerza motriz era Estados Unidos.

Las razones para los insistentes sermones macroeconómicos se encontraban en los eternos desequilibrios de la mayoría de las economías de América Latina, al menos después de 1982 y del inicio de la crisis de la deuda externa, así como el fin del así llamado modelo de "industrialización de sustitución de importaciones (ISI)" al que se adhirieron todas las naciones de la región desde épocas tan lejanas como la década de 1930. Las economías latinoamericanas estaban estancadas, azotadas por déficit crecientes fiscal y de cuenta corriente, inflación, fuga de capitales, exceso de endeudamiento, escasas recaudaciones de impuestos y una desigualdad interminable.

¡Qué diferencia pueden hacer unos pocos años! Hoy, con unas cuantas excepciones menores y otras no tan menores (Venezuela, Argentina, América Central), las economías al sur del Río Bravo están desempeñándose bastante bien, mientras que Estados Unidos al parecer está enfrentando sus reveses económicos más graves desde la recesión de 1982. Y algunos economistas creen que el problema no es solo cíclico, sino estructural. Naciones como Colombia, Perú, Brasil, Uruguay y Chile, mientras tanto, disfrutan de superávit presupuestales y comerciales, están atrayendo toneladas de inversiones extranjeras y han mantenido la inflación bajo un buen control. México, de hecho, puede terminar 2008 con un índice de precios al consumidor más bajo que lo de Estados Unidos, su principal socio comercial, con el que lleva a cabo más de 90% de sus negocios en el extranjero.

Los sistemas bancarios de muchos de estos países no solo están prosperando, sino además contribuyen abundantemente a las utilidades mundiales de sus propietarios extranjeros. Las operaciones latinoamericanas generan más de 20% de las utilidades mundiales de Citibank, y más de 40% de las de dos gigantes bancarios españoles, Santander y BBVA.

Las agencias regulatorias no son todavía lo que deberían ser, las políticas antimonopólicas son débiles, en el mejor de los casos, pero el manejo macroeconómico, en lo general, es eficaz y competente. La pobreza finalmente está siendo reducida en forma significativa, e incluso la desigualdad empieza a disminuir. Brasil finalmente está invirtiendo en su infraestructura, exportando etanol y encontrando petróleo; Colombia finalmente está derrotando a las guerrillas que han asolado a parte de su territorio y su sociedad durante cuatro décadas; México, finalmente, logró establecer una normalidad democrática que le ha permitido crecer (si bien con índices mediocres) con estabilidad y con expansión de la clase media durante los últimos 13 años consecutivos algo que no había logrado desde la década de los años 60.

Por el contrario, Estados Unidos enfrenta hoy en día el tipo de dilema que tradicionalmente han enfrentado sus vecinos del sur. El costo social y político del ajuste es tremendo, y nadie quiere pagar por él. No hay mucho desacuerdo acerca de lo que debe hacerse: salir de Iraq y dedicar las inmensas sumas gastadas sin utilidad alguna a la infraestructura, la atención médica, la educación y otras necesidades sociales internas.

Washington debe regresar a las políticas que crearon la clase media estadounidense y la hicieron la envidia de todas las naciones del mundo, y abandonar las políticas que desde los años 80 --con una breve excepción durante parte de los años del presidente Bill Clinton-- han incrementado en forma masiva la desigualdad.

Excepto que, como en América Latina antes que ahí, hay una falta de voluntad política y apoyo para llevar a cabo esto, así como también una falta del consenso político necesario para tratar con tantos asuntos adicionales: inmigración, drogas, cambio climático y el ambiente, y energía, entre otras cosas.

Estados Unidos está descubriendo que saber lo que debe hacer no es suficiente: traducir los remedios "correctos" en políticas de la vida real es mucho más complicado de lo que se pensó originalmente.

Además, Washington también aprenderá que las políticas "correctas", una vez que son puestas en práctica, resultan ser menos "correctas". Muchos países de América Latina han cruzado el umbral de crecimiento sostenido y relativamente alto con estabilidad, pero solo después de experimentos y errores, durante los cuales un buen pedazo de la sabiduría convencional respecto de la política económica fue dejada de lado.

Las decisiones que tomará Estados Unidos en los meses próximos y durante el primer año de la próxima administración, con el fin de emerger de los problemas actuales, requerirán de manipulación y afinación. Llevarlo a cabo bien, suponiendo que haya un mandato para hacerlo, quizá termine por ser más difícil de lo que cualquiera pudiera haber imaginado.

¿Deben los latinoamericanos jactarse o sermonear? Probablemente no, pero nadie puede culparnos por sentirnos un poco satisfechos de nosotros mismos. Después de que nos han endilgado sermones durante décadas, no podemos evitarlo. Finalmente los estadounidenses sabrán lo que se siente escuchar los latinoamericanos cuando digan: Se los dijimos... O mejor aún: aquí tienen una probadita de sopa de su propio chocolate.
* Jorge G. Castañeda es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York

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