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Las muertes de JFK Gandhi y Lennon en El Comercio

Una historia de magnicidios

Los periodistas que cubrían la gira de JFK iban en una camioneta cerrada, en caravana, diez autos después del auto presidencial. Ninguno oyó los disparos. El reportero del "The New York Times", un tipo de apellido Wicker, apenas llegó a ver que un policía motorizado aceleraba y luego se perdía en medio de un ajetreo. El grupo de corresponsales todavía tuvo que esperar a que su vehículo se estacionara en el espacio que tenía asignado. Apenas abrieron las puertas, empezó el correteo al hospital. Lo que se leería en las páginas de todo el mundo al día siguiente, viernes 22 de noviembre de 1963, fue producto de la desesperación. El Comercio publicó el despacho del periodista Merriman Smith, de la agencia UPI: "El presidente John F. Kennedy fue asesinado hoy, alcanzado por un disparo en la sien derecha", decía el cable que detallaba lo que los limeños ya habían escuchado por la radio. Algunos necesitaban verlo en el diario para estar seguros. Bastó una primera plana para confirmarlo todo.

"El mandatario, que tenía 46 años, fue herido cuando avanzaba en un automóvil abierto por el centro de Dallas, sonriendo y saludando con la mano a una multitud de 250.000 personas. [...] El vicepresidente, Lyndon Johnson --nuevo presidente de Estados Unidos-- [...] no fue alcanzado por disparo alguno. [...] Profundamente conmovido, Johnson, que ha sufrido afecciones cardíacas, fue retirado de inmediato por una fuerte guardia, para prestar el juramento formal de su nuevo cargo con la mayor rapidez posible".

En Lima la consternación invadió a todos. El presidente Fernando Belaunde había recibido la noticia mientras almorzaba, tras un Consejo de Ministros, y unas horas después se había dirigido con su gabinete a expresar sus condolencias en la embajada estadounidense. "(El Gobierno) expresa su más sincera condenación (sic) a este execrable crimen que priva a la humanidad del más esforzado luchador por la paz y la justicia en el mundo", decían sus palabras, impresas horas después. Su pésame fue consignado junto a detalles más sombríos. El principal: la fotografía del fusil letal.

En los días siguientes, los limeños siguieron en las páginas del decano los detalles de esa intriga perpetua: "La policía lo detuvo (sic), por considerarlo 'sospechoso principal' del asesinato, a un norteamericano castrista que en una ocasión había tratado de adquirir la nacionalidad rusa". La foto de Lee Harvey Oswald, de traje y corbata, quedó acuñada en el imaginario de los limeños de entonces.

MUERTE DE UN HOMBRE LIBRE
El país ya conocía del destino fatal de otros pacificadores. El viernes 30 de enero de 1948 iniciaba un fin de semana negro. En las voces de los canillitas de Lima estalló el titular de El Comercio: "Gandhi fue asesinado". Según los informes cablegráficos, "un fanático hindú disparó contra el Mahatma, que se hallaba orando".

Gandhi, el revolucionario tranquilo, hacía ejercicios espirituales por la paz de su pueblo cuando un infiltrado entre sus seguidores le descerrajó tres tiros. Los detalles que llegaron desde la Mansión de Birla, donde ocurrió el crimen, pintaron un último gesto de compasión. "Mientras caía, Gandhi se puso una mano en la mejilla, como gesto de perdón a su asesino. Gandhi expiró pocos minutos después, sin poder decir ni una palabra a su encantadora nieta que le acompañaba y no quiso apartarse de su lado". El secretario personal del líder espiritual también lloraba al momento de responder las preguntas de los periodistas. "El Bapu ha muerto", dijo. A miles de kilómetros, en Lima, no pocas lágrimas debieron caer con similar amargura.

GOLPES CERCANOS
Los magnicidios impregnan en los periódicos el temperamento de su época. El 22 de febrero de 1965, a mitad de una década agitada, la portada de este Diario anunciaba que el peruano Felipe Pomar se había coronado como nuestro primer campeón mundial de tabla hawaiana. Pero líneas más abajo un titular recordaba el furor de los tiempos: "Fue asesinado a tiros en Nueva York el líder negro conocido como Malcom X". El activista daba una conferencia ante 500 personas en un auditorio de Harlem. "Según informó la policía, el dirigente negro --que abogaba por el establecimiento de una sociedad segregada para personas de color-- recibió cuatro balazos en el estómago". No habían pasado ni dos años de la muerte de JFK. La política seguía su curso a disparos.

La racha se iba a confirmar tres años después, como un ciclo siniestro, cuando los reportes anunciaron otra ejecución. "(Martin) Luther King falleció tras ser herido de un balazo en el cuello", señaló nuestro titular. El reverendo, "propugnador de la igualdad racial por medios no violentos", había sido abatido en el balcón del hotel Lorraine. Su muerte conmocionó a todo EE.UU. Las revueltas de días previos se reavivaron en 41 ciudades de ese país. El presidente Johnson postergó un viaje en que debía tratar el tema de Vietnam y lanzó un mensaje por radio y televisión en que pedía serenidad. "La nación entera llorará la muerte de un dirigente de primer plano", dijo en palabras divulgadas por las agencias de noticias. Un pedido tan árido como un pésame: al día siguiente tuvo que ordenar el ingreso del ejército para proteger Washington.

Aun de lejos, noticias de ese calibre estremecían a los peruanos. Estas páginas han dado cuenta de la muerte del papa Juan Pablo I, en setiembre de 1978, y el posterior pedido de respetados médicos italianos que reclamaban una autopsia para esclarecer medias verdades: "Según su ex secretario en Venecia, el Papa no sufría de ningún mal serio". También, en diciembre de 1980, del "fin absurdo del ex Beatle John Lennon, asesinado [...] a balazos en la noche del lunes al martes por un cazador de autógrafos despechado". Una muerte que "sumió en el estupor y en la consternación a millones de jóvenes y menos jóvenes en el mundo entero". Y en octubre de 1981, del atentado contra el presidente egipcio, Anwar el Sadat, un hombre indispensable para la paz en Medio Oriente hasta que un grupo de militares de su propio ejército se salió del libreto de un desfile militar y le arrojó una bomba antes de acribillarlo.

Han sido páginas trágicas, dolorosas. Hoy son documentos que prueban un axioma: No hay libro de historia más cautivante que un periódico antiguo.

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