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EDITORIAL

Decir sin decir

Por Rafo León

Sus mamás, si están en base seis, dicen cosas como "el hijo de Ana María se ha casado con una chica que no vale nada". No es necesario ser más explícito para entender a la perfección cómo es la chica que el hijo de Ana María ha elegido como esposa. También dicen, "ay mírala con su vestido nuevo, la pobre". Eso de "la pobre" no es compasivo sino una manera de poner a la gente en su lugar. La tal pobre está en otro nivel del que no ascenderá nunca, pero se alucina que sí cuando para alguna ocasión se pone un traje distinto, pretencioso, y entonces empieza a creérsela. Por eso es "la pobre", la que no entiende que hasta en el cielo hay jerarquías y que estas no las rasa ni el anticristo. Yo he escuchado mucho eso de "la pobre" o su variante "pobrecita", cuando alguna tía de camioneta y apellido compuesto, veía a alguna niña --pobre-- vestida para la primera comunión, "ay qué simpática, pobrecita". Así hablan sus mamás, las hijas han innovado el arte de la segregación por la vía de la palabra.

El lenguaje no perdona y aparte de ciertos movimientos de nariz tipo Hechizada cuando aparece algún advenedizo donde nunca debió estar, el lenguaje sigue siendo el mejor y más eficiente vehículo del racismo. "La esposa de Francisco había sido de medio pelo, ¿no les pareció?", era un clásico comentario de señorona hasta los años sesenta. Esa fórmula tiene un antecedente de semántica similar, pero de gran riqueza histórica: "Fulanita es de media mampara". Parece que el asunto viene de cuando toda Lima vivía en el centro de la capital, pero en ciertos solares tugurizados, las habitaciones en lugar de mampara completa tenían ya solamente la mitad. El resto se comprende solo. Más moderno es eso de "ahí donde la ves", ¿lo han escuchado? ¿Lo han dicho? "Ahí donde la ves, tiene su carrito". "Ahí donde la ves, ha estudiado para enfermera". Si se hace necesaria una explicación, ese "ahí donde la ves" significa que la dueña del carrito o la graduada en enfermería son un par de cholas que nacieron más bien para empleadas del hogar y no salir nunca del cuarto de servicio. Pero a veces la realidad se pasa, ya uno no es nada.

Los tiempos cambian, las expresiones verbales también. Lo que no cambia son ciertos significados e intenciones, al menos entre la gentita. Algo inmutable y que viene quizá desde los tiempos de la tapada es eso de decir sin decir, de enunciar lateralmente, de aludir hasta cierto punto, en el entendido de que el interlocutor comparte el código porque forma parte de la misma tribu. O estuvo en el mismo colegio. Hoy se dice, "no sabes, tenía un vestido verde, qué quieres que te diga". Suficiente, ya está todo dicho. Desde los cuadros coloniales en los que se representaba las razas y sus mezclas, hasta la última conversación en una mesa de Malabar, todo está condensado en esa alquimia verbal que no termina de definir porque no hace falta. Igual pasa con el "cómo te explico". Un ejemplo: "en su casa, cómo te explico, la refrigeradora está en la sala". Con esa sola pincelada ya se pintó un cuadro socioeconómico al lado del cual, los libros de Julio Cotler son una zapatilla china. En años recientes he escuchado formas bastante más minimalistas de decir sin decir, en concordancia con la decoración de la barra del Rafael. Una de ellas es decir "ci eich", o sea, "ch" en relación a lo que alguien es. Adivinen la primera letra de qué palabra es la /ch/, y en qué idioma está dicho eso de "ci eich". También me ha tocado escuchar a una regia contarle a otra que en la mañana la chocó un tipo. ¿Y quién era el tal chocón?: "One, little one, little two...". Para quien no conoce la canción infantil anglosajona, el verso completo es "one, little one, little two, little indians". Hay chicas más cromáticas, que se refieren a ellos como "los azules". Así, aumentan en misterio ante sus amigos, comunican mediante la metáfora sin que nadie más que los interesados entiendan y hasta pasan como un poco artistas. "Chola, estaba lleno de azules". Punto. Limeños son. Lo demás es superfluo.

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