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DESDE CHILE

Bolaño, el eslabón perdido

Por Cecilia García Huidobro (*)

¿Renovador? ¿Charlatán? ¿Rupturista? ¿Hijo bastardo del boom? A cinco años de su muerte, Roberto Bolaño nos tiene trenzados en un debate acerca de la relevancia de su obra. La academia con voz pomposa y los medios de forma lúdica se preguntan si estamos ante una gran renovación creativa o si se trata de una moda que terminará como cualquier fuego artificial.

Aunque alguna vez declaró que "la escritura es un medio de ganarse la vida", es indiscutible que para Roberto Bolaño la literatura es una radical forma de estar en el mundo. Desde ahí construyó una vertiginosa trayectoria que hasta hoy nos provoca problemas a la hora de las siempre bien ponderadas taxonomías.

Podríamos etiquetarlo de posromántico, tomando en cuenta ese halo de heroísmo que él mismo se encargó de expresar con palabras y con su actitud vital. Pero yo me inclino más bien a declararlo como un eslabón perdido en el que confluyen numerosas claves que alumbran tanto el pasado como el porvenir. Y es que Bolaño no solo fue un lector empedernido y proclive hacedor de cánones como bien dijo Christopher Domínguez Michael, también fue un perseguidor de la tradición y de las vanguardias. De hecho en Los detectives salvajes, obra de corte autobiográfico, se narra la búsqueda de la poetisa mexicana vanguardista Cesárea Tinajero (es una pesquisa casi policial de las vanguardias) por parte de su alter ego Arturo Belano. En 1976 Bolaño escribe para la revista Plural un artículo y luego entrevista a los protagonistas del movimiento estridentista mexicano. Son visibles las semejanzas de sus propuestas, con lo que el chileno escribe por esos mismos días en su manifiesto: "Déjenlo todo, nuevamente".

Así, su proyecto poético está irremediablemente entretejido con el espíritu vanguardista pero no como un modelo a seguir de acuerdo a la fórmula de principios del siglo XX, sino como una lectura rebelde de la tradición y, sobre todo, como la única actitud que cabe hoy al escritor. "Nos anteceden las mil vanguardias descuartizadas en los sesentas", dice el manifiesto infrarrealista.

Su gran apuesta me parece verla recogida en otro hermoso párrafo de este manifiesto: "el poema como un viaje y el poeta como develador de héroes, repito: el poeta como héroe develador de héroes, como el árbol rojo caído que anuncia el principio del bosque". Lo que se propone, entonces es ni más ni menos que entrelazar a la literatura con un acervo -quizás borroso puesto que se realiza "a partir de un árbol caído"-, pero que anuncia "el principio de un bosque", o sea obviamente el de la tradición donde encontrar raíces y dar sombra.

No es casual que en 2666 se hable de la literatura mexicana sosteniendo que "el clima es bueno, hace sol, uno puede salir de casa y sentarse en un parque y abrir un libro de Valéry -tal vez el escritor más leído por los escritores mexicanos- y luego acercarse a casa de los amigos y hablar. Tu sombra, sin embargo, ya no te sigue. En algún momento te ha abandonado silenciosamente. Tú haces como que no te das cuenta, pero sí que te has dado cuenta, tu jodida sombra ya no va contigo."

Eso es lo que Bolaño se propuso con su obra y, en mi opinión, consiguió: otorgarle a la literatura una sombra. Asumir una tradición literaria y reinventarla lo convierte en un eslabón clave en la historia de la literatura latinoamericana, cualquiera sea la etiqueta con la que intentemos clasificarlo.
(*) Directora Ejecutiva Cátedra Roberto Bolaño, Universidad Diego Portales/ Chile

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