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LAS COMUNIDADES NATIVAS CONTRA SÍ MISMAS

Nadie sabe para quién protesta

Por Fernando Berckemeyer O. Abogado

Si las protestas contra la ley que permite a las comunidades nativas disponer de sus tierras con el voto favorable de la mitad más uno de sus miembros hubieran sido hechas con los mismos argumentos por cualquier grupo que no fuera el de los propios comuneros, habrían sido un insulto. El reclamo paternalista, en el mejor de los casos, de quienes creen que los selváticos no pueden decidir sobre lo suyo de la misma forma que el resto de organizaciones de adultos que existen en el territorio nacional y que su libertad tiene que ser limitada para que no la vayan a usar, como el niño con el cuchillo, en contra de sí mismos.

Pero no. En lo que debe de haber constituido el absoluto desconcierto de cualquier observador no acostumbrado a esa zona-de-no-gravedad que es tan a menudo el mundo de la política peruana, la protesta la han protagonizado "los afectados": los ciudadanos a los que el Estado, por medio de la norma en cuestión, les estaba ampliando los límites. Es decir, precisamente aquellos cuya voluntad podía el día después de la norma más de lo que podía antes.

Todos los muchos argumentos usados para justificar los reclamos se estrellan necesariamente contra el mismo absurdo: cualquier consecuencia dependía directamente de que los "afectados" optaran por ella. Bajo la nueva ley ninguna multinacional malvada podría comprar a quienes no quisieran vender (o a alguien cuyo precio no alcanzara).

Ni siquiera el argumento de la falta de consulta anterior tiene sentido: se presupone que todo ciudadano con autoestima está a favor de tener más campo para decidir (más derechos).

De hecho, por simple verdad matemática, todos y cada uno de los comuneros tenía más poder --era más libre-- luego de esta reforma: cada voto tenía ahora más probabilidades de formar mayoría que cuando la ley exigía un 66%.

Como quiera que los números son impersonales (todas las posiciones estaban en igualdad de condiciones: necesitadas del mismo 50% para ganar), lo que ha sucedido solo tiene sentido si es que fue el acto de una minoría que se sospechaba tal y que actúo para interceptar a la mayoría futura a la que temía, manteniendo su derecho de veto de 35%, antes de que esta tuviese siquiera la oportunidad de pensar y formarse.

Esto es, un acto en el que una minoría felona ha hecho ruido exitosamente para atajar la democracia e imponer su voluntad. Una voluntad que, por si lo anterior fuera poco, es muy torpe: lo que no es ni alienable, ni arrendable, ni gravable, no tiene más valor que el que su dueño pueda sacarle directamente, y ya sabemos que sin conocimientos técnicos y capital no es mucho lo que se puede avanzar con hidrocarburos (o con cualquier otro bien, en realidad: ahí están las miles de hectáreas destruidas por el velascato como un grotesco monumento de hasta qué punto la riqueza no es algo que simplemente se da en las cosas, sino que más bien se construye en ellas).

Si es verdad, pues, que quienes han protestado han sido mayorías, han protestado, por definición, contra sí mismas. Que es lo mismo que protestar para las minorías. Que es, en fin, no saber para quién se protesta.

Y ante eso se rindió el Estado. Pocas veces la manipulación avanzó más fácil, tan lejos.

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