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LITERATURA

Cómo se cocina un Nobel

LAS CUESTIONADAS DECISIONES DE LA ACADEMIA SUECA. LA ENTIDAD QUE ENTREGA EL NOBEL DE LITERATURA PARECE INCONTROVERTIBLE PERO, CADA VEZ QUE ANUNCIA A UNO DE LOS GANADORES, SURGEN INEVITABLES CRÍTICAS ACERCA DE CÓMO LLEGA A SUS FALLOS, SOBRE TODO PORQUE ESTOS NO SIEMPRE RESPONDEN A RAZONES DE ÍNDOLE LITERARIA.

Por Enrique Sánchez Hernani

Cuando Jean-Marie Le Clézio recibió la noticia de que la Academia Sueca lo había distinguido con el Premio Nobel de Literatura del 2008, al desgaire, se hallaba leyendo. Debemos suponer que no tenía la más mínima idea de que sería premiado; de lo contrario estaría hecho un atado de nervios. Curiosamente, el día anterior, la casa de apuestas londinense Ladbrokes había visto incrementar las apuestas a favor del escritor francés, que comenzaron pagando 15 a 1 y terminaron ofreciendo 2 a 1. Ladbrokes tuvo que cerrar la ventanilla ante la presunción de que el fallo de la Academia se hubiese filtrado. No era la primera vez. En años anteriores había ocurrido lo mismo con J. M. Coetzee (2003) y Orhan Pamuk (2006). Horas después de que interrumpieran la lectura de Le Clézio con la noticia que ya conocemos, Horace Engdahl, secretario permanente de la institución sueca encargada de darle el Nobel, anunció una severa investigación. "La cosa pinta mal", advirtió.

El asunto no es para menos. La manera cómo se decide dar un Nobel es uno de los secretos mejor guardados del mundo, aunque algunas veces algo se ha podido saber. Hay setecientas personas e instituciones en todo el mundo a los que la Academia Sueca les pide candidatos. De aquí se criban nombres hasta obtener unos doscientos postulantes. Luego, un grupo de cinco académicos reduce la lista para que, después, sea vista por el pleno, compuesto por 18 académicos. ¿Qué razones se esgrimen? Aparte de las literarias, por lo que se ha visto, abundan las consideraciones geográficas, políticas, de género y hasta las personales.

El propio Engdahl ya había revelado, días antes de la premiación a Le Clézio, una de sus ojerizas. Con bastante empacho declaró que Europa "sigue estando en el centro del universo literario mundial" y no Estados Unidos, que desde hace años hace fila a ver si le dan el Nobel a Philip Roth, John Updike o Don DeLillo. La dura (y según algunos, ignorante) frase de Engdahl echa carbón a la hoguera donde se cuece la mala fama de la elección del galardón hace años.

LOS OLVIDADOS
La larga lista de los que nunca recibieron el famoso premio empieza con Tolstoi y sigue con Zola, Joyce, Ibsen, Proust, Nabokov, Borges, Cortázar y alcanza a nuestro Mario Vargas Llosa, acaso el mejor escritor de lengua hispana hoy, que al estar vivo guarda esperanzas. Las recusaciones a semejantes omisiones no han cesado. Manuel Rodríguez Rivero, crítico de "El País" de España, ha sugerido que "probablemente tocaba premiar a Francia, cuyo lobby en Estocolmo no es para nada desdeñable". Y hace reparar en que el mejor momento de la literatura gala ya había pasado. Entre 1947 y 1964 fueron distinguidos cinco escritores de habla francesa: Gide, Mauriac, Camus, Saint-John Perse y Sartre, aunque este último desdeñara la presea, cosa de la que, al parecer, años después se arrepintió y tanteó, por intermedio de otra persona, si aún podía cobrar el premio (10 millones de coronas suecas, poco más de un millón de euros), algo que no pudo.

Un termocéfalo de la Academia Sueca, Kjell Epsmark, está por publicar en español un indiscreto libro sobre el asunto. Epsmark, seguro cansado de hacerse el sueco, fue presidente del Comité Nobel en los ochenta. O sea no es poca cosa. Él atribuye los discutidos fallos de la Academia a la laxa interpretación de un "testamento poco claro". Se refiere al testamento de Alfred Nobel, el adinerado inventor de la dinamita, que cedió su fortuna a estas distinciones. Nobel, antes de morir, pidió que se premiara al escritor cuya obra fuese "lo mejor en sentido ideal". Sobre semejante cosa la Academia jamás se ha puesto de acuerdo, al punto de que alguna vez avivó el escándalo al premiar, en 1953, a Sir Winston Churchill, cuya actividad en la escritura fue muy discreta, o a Bertrand Russell, filósofo. Muchos otros premiados, por su parte, apenas son recordados por la historia literaria; para empezar el poeta galo Sully Prudhomme, el primer gratificado en 1901.

Aunque, en esos afanes por 'balancear' sus decisiones, otras veces la Academia premió a autores de bestsellers, como Sinclair Lewis o Pearl S. Buck. O a innovadores como Gide, Eliot o Faulkner. En 1913 un autor indio rompió el eurocentrismo del galardón: Rabindranath Tagore. Pamuk, un turco, ya es un prodigio de los tiempos (y presiones) modernos. A este último se le atribuye haber sido elegido el 2006 por una fuerte carga política, pues en ese año lo acusaron de violar una debatida ley que prohibía insultar a la comunidad turca, una censura escondida. Y la academia, se dice, quiso premiar la disidencia.

EL ASUNTO BORGES
El caso más estrepitoso en las letras hispanas es el de Borges. Al genial argentino la Academia Sueca nunca le perdonó su discutido gesto de haber ido a Chile a recibir el Honoris Causa de la Universidad de Chile y el comprometedor apretón de manos del sanguinario dictador Augusto Pinochet, entonces en el poder. María Kodama ha contado que ella fue testigo de la llamada que le hizo un periodista sueco, instándolo a que no viaje, pues en ese año se le voceaba con fuerza. "Le agradezco su preocupación --dice Kodama que respondió Borges--, pero hay algo a lo que un hombre nunca puede ceder: sobornar o dejarse sobornar. Aunque yo hubiera pensado en no ir, después de lo que usted me dice, ahora mi deber es ir". Y fue y jamás recibió el Nobel.

Sin embargo, el galardón y su dotación económica, han ido a parar a manos de algunos pulcros desconocidos, por lo menos para América Latina, como pasó el 2002 con el húngaro Imre Kertész. Consultados sobre el autor, ni Poli Délano ni Álvaro Mutis, por ejemplo, pudieron reconocerlo. Rodolfo Tattoruso, profesor de Literatura del Uruguay, afirmó: "tampoco me sorprende no conocerlo", reiterando que el estímulo sueco no siempre reflejaba la calidad literaria.

El 2005, posiblemente harto de estas erráticas decisiones de otorgar el Nobel de Literatura a gente que no lo merecía, Knut Ahnlund, uno de los 18 académicos que entregaban el laurel, publicó un artículo periodístico donde mostró su enérgica disconformidad con haberle otorgado el premio del 2004 a la escritora austríaca Elfriede Jelinek. "Se ha hecho un daño irreparable en el prestigio del premio", tronó Ahnlund, y atacó duramente a Jelinek, calificando su obra de "pobre, unidireccional, parasitaria", carente de estructura artística, además de escasa de ideas y formada por "una verborrea donde ocurrencias casuales se extienden a lo largo de cien páginas sin que se diga nada". Nada de lo dicho por Ahnlund le movió una ceja a los demás académicos, acusados de conservadores y de "leer poco".

Tales cosas han llevado a que prestigiosos observadores, como Javier Rodríguez Marcos, editor del suplemento literario "Babelia" del diario español "El País", haya dicho, el 2003, que "este premio (el Nobel) siempre será evaluado en un contexto político". Andrei Nemzer, crítico literario del diario moscovita Vremya Novostei, ha señalado, por su parte, que la Academia busca parecer "políticamente correcta". Aunque esto es también difícil. En el 2002, un grupo de mujeres escritoras e intelectuales acusó a la Academia de machista, por la poca presencia de la mujer entre los premiados. Entre las querellantes figuraba, nada menos, Ebba Witt Brattstorem, esposa del secretario perpetuo de la Academia, Horace Engdahl. Con brío sugerían para el premio a Yourcenar, Duras y Doris Lessing, que por fin lo ganó el año pasado.

Dicen que las nominaciones para el Nobel del año siguiente ocurren desde el día siguiente al que se da a conocer el premio. ¿Estarán en carrera aún Vargas Llosa, Roth, Pynchon o el veterano poeta Ashbery, que alguna vez fue nominado? Los oráculos ya se han puesto a trabajar.

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