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Le Clézio, Premio Nobel del 2008

El escritor nómada.

CON USTEDES, EL NUEVO NOBEL: J. M. G. LE CLÉZIO. RECONOCIDO POR LA ACADEMIA SUECA COMO UN VERDADERO EXPLORADOR DE LA HUMANIDAD, ESTE NOVELISTA E INFATIGABLE TRASHUMANTE CONSIDERA QUE SU ÚNICA PATRIA ES LA LENGUA FRANCESA.

Por Guillermo Niño de Guzmán

El acta del Nobel destaca que Jean-Marie Gustave Le Clézio es un "autor de la ruptura, de la aventura poética y del éxtasis sensual, explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante". Estas palabras definen muy bien el carácter y el itinerario de un escritor francés que, curiosamente, se ha mantenido lejos del circo mediático y ha optado por vivir fuera de su país. Así, se ha desplazado entre una isla del Océano Índico y el continente africano, entre Tailandia, México y Panamá, entre Francia, el Sahara y Nuevo México, como un infatigable trashumante.

Aunque nació en Niza en 1940, Le Clézio pertenece a una familia de raíces bretonas que se había establecido en las islas Mauricio. Hijo de inglés y francesa, el placer de la lectura y la excitación de los viajes espolearon su imaginación desde muy temprana edad. Según ha revelado, empezó a escribir a los siete años, a bordo de un barco que iba rumbo a Nigeria, adonde había sido destinado su padre durante la Segunda Guerra Mundial.

Al principio, Le Clézio sintió la tentación de expresarse en inglés --quizá para continuar por la misma senda de sus admirados Conrad y Stevenson--, pero desistió, fastidiado por las maniobras del colonialismo británico en perjuicio de las islas Mauricio. A los 23 años, sorprendió con la novela "El atestado" (1963), que le valió el premio Renaudot. Luego, como Henri Michaux, a cuya obra dedicó su tesis, se volcó de lleno a la exploración de otros territorios, sobre todo aquellos de las culturas amerindias. De ahí su vinculación con los indígenas de México y Panamá, y su interés por profundizar en cosmovisiones distintas a la europea. Fascinado por las culturas ancestrales y sus resonancias mágicas y míticas, se embarcó en una búsqueda que también seguía los pasos de Artaud.

Pese a su irrefrenable nomadismo, el escritor francés nunca se ha considerado un desarraigado. Más bien, se trata de un extraterritorial, de un ciudadano del mundo. Y, aunque a simple vista su existencia parece signada por la tentación de la aventura, debemos aclarar que Le Clézio no es un aventurero. Al menos, no en el sentido habitual del término. A diferencia de otros novelistas --pensemos en Hemingway o Malraux--, no busca emociones fuertes ni proeza física alguna. Simplemente, persigue la sintonía con aquellas regiones del espíritu donde confluyen, de una manera atávica y esencial, el hombre y la naturaleza.

Por otra parte, Le Clézio es un grafómano, alguien que necesita transformar su experiencia a través de la escritura para poder asimilarla plenamente. En sus inicios, cultivaba un estilo cincelado bajo la estela del 'nouveau roman', pero no pasó mucho tiempo antes de que encontrara su propia voz. "El diluvio" (1966), "La guerra" (1970) y "Los gigantes" (1973) reflejan su preocupación ante las contradicciones de la civilización moderna y la alienación del hombre contemporáneo. Después, a medida que se multiplican sus viajes, se esfuerza por resaltar las limitaciones de la mirada occidental y se lanza a descubrir otros ámbitos, como sucede con "Desierto" (1980), novela sobre los 'hombres azules' del norte de África y la inmigración forzosa a Europa. Asimismo, vuelve sobre el pasado y escarba en los confines de la memoria. En uno de sus últimos libros, "El africano" (2004), intenta recuperar ese pedazo de su infancia que se quedó en Nigeria, donde su padre trabajaba como médico.

Dueño de una prosa bruñida, sutil, cadenciosa, en la que prevalece el goce sensorial y el ansia de plasmar una armonía interior, Le Clézio resulta un escritor atípico e inclasificable. Aunque posee una sólida formación académica y está al tanto de los problemas de su tiempo, siempre se ha resistido a ejercer el papel de intelectual, tan afín con la tradición literaria francesa. De cualquier modo, si se sitúa al margen no es por rebeldía o indiferencia sino por una cuestión de temperamento. Simplemente, elude el desasosiego para poder vislumbrar lo auténtico.

En sus historias, los linderos entre la invención y la experiencia se confunden. Por tanto, no debe extrañarnos que en su vasta obra, compuesta por medio centenar de novelas, relatos y ensayos, los géneros tiendan a fusionarse. Ante todo, Le Clézio es un aventurero del espíritu y su única patria verdadera es la del lenguaje. "Para mí, que soy un isleño --ha confesado--, alguien que mira pasar los cargueros desde una orilla del mar y que vagabundea por los puertos, al igual que un hombre que camina a lo largo de un bulevar y que no puede ser ni de un barrio ni de una ciudad sino de todos los barrios y todas las ciudades, la lengua francesa es mi único país, el único lugar donde vivo."

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