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CINE

Clínica neutralidad

El oficio de Josué Méndez. Si bien no ha resultado una cinta tan lograda como su "Días de Santiago", la segunda película de este interesante director demuestra voluntad de cambio y solvencia en el manejo visual.

Por Ricardo Bedoya

"Dioses", segunda película de Josué Méndez, sigue una vía opuesta a la de su cinta anterior, "Días de Santiago" (2004). Todo las separa: la intención, el ambiente recreado, el tratamiento fílmico, el ritmo, la naturaleza de los personajes, la fluencia. Es como una nueva partida para Méndez o, acaso, un intento voluntario de probar caminos alternativos.

La cinta pretende ser el retrato de la clase alta limeña vista a través de la experiencia de dos personajes: Diego (Sergio Gjurinovic), hijo de la familia burguesa, que lucha por escapar del sofocante marco que le imponen el medio y su padre, y Elisa (Marcielo Effio), nueva pareja de Agustín (Édgar Saba), que busca integrarse al nuevo entorno. Es decir, el muchacho que rechaza su filiación y la joven que fuerza la afiliación; el que desea comportarse como en verdad es y la que quiere parecerse al resto.

Cada uno de esos personajes desenvuelve un hilo narrativo. El de Diego se vincula a la historia de su pasión incestuosa por su hermana Andrea (Anahí de Cárdenas) y a las tensiones con su padre (Édgar Saba). El de Elisa se liga con la descripción del grupo de allegados a la familia.

Lo más atractivo de la cinta se encuentra en el seguimiento de Elisa. No solo porque Maricielo Effio logra la mejor actuación de la película, sino porque al observarla, manteniéndola como centro de atención del encuadre, se comprueba que Josué Méndez conoce el significado de la puesta en escena. Los planos sostenidos, a la altura de los personajes, manteniendo a la actriz en el centro de la situación, con su figura nítida, mientras llegan voces de los costados o desde fuera del encuadre, nos recuerdan su lugar central durante la primera parte de la acción. Aun vista con desdén o curiosidad, ella es el factor de reconocimiento y la guía del espectador por ese mundo congelado y externo. Pero Elisa pierde centralidad e importancia mientras se perfila su derrota: la vemos desenfocada cuando anuncia la cancelación de la visita de su familia para, luego, encontrarla confundida y silenciosa en la terraza, en medio de los invitados. La decadencia de Elisa, la vuelta a "su lugar" que le impone el medio social, se resuelve en la imagen y es resultado del trabajo expresivo del director.

Lo mismo ocurre con su decisión de trabajar la frontalidad de la cámara y su impasible registro de los grupos. En los mejores momentos, esa fría distancia, esa mirada de entomólogo, esa clínica neutralidad, da resultados: allí está ese buen momento en el que se solapan y superponen las voces del discurso espiritual de la amiga y las de la "señora" impartiendo órdenes a su empleada, o aquel otro de Diego integrándose al baile del grupo.

Pero la austeridad de la cámara, que rehúye los movimientos enfáticos para preferir la composición de la imagen en profundidad de campo, invitando a que el espectador establezca con la mirada las relaciones (atracciones y rechazos) de los personajes con el medio, no encuentra correspondencia en los diálogos. Lástima que este retrato de la burguesía en interiores se afecte con diálogos sobrescritos, peroratas sobre jardinería y espiritualidad que rozan el estereotipo, si no la caricatura.

Dioses es mejor cuando muestra en silencio o los personajes no revelan la estupidez, necedad o frivolidad de su clase social a través de la palabra. Las líneas más contundentes son las que dice Maricielo Effio en dos secuencias: en el ensayo de dicción para parecerse al resto y en su escena de borrachera.

La vía de Diego es menos interesante que la de Elisa porque está marcada por el lugar común. Fisgón obsesivo del comportamiento de su hermana, el muchacho recuerda al perturbado Jean Sorel de "Sandra" ("Vague Stelle dell'Orsa"), de Visconti, pero con menos sustancia. Es el personaje "simbólico" que padece su mundo y busca perforarlo violando el tabú primordial, para luego escapar de su medio sin darse cuenta que está preso de él. Una buena secuencia, la de la fábrica, tiene a Diego y a su padre alternando personalidades, mientras enlazan sus rutas por el montaje impecable de Roberto Benavides (tan distinto del de "Días de Santiago"), hasta volverlos intercambiables. Momento que, como otros en la cinta, carga el sentido, subraya el concepto: el destino de Diego está resumido allí.

Con "Dioses", a pesar de sus problemas y desajustes --pero también por ellos, ya que son efectos de un tanteo, una experiencia, un modo distinto de filmar--, Méndez se confirma como un cineasta más que interesante.

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