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LITERATURA

Cuando las jaulas se abren

PASAJE A LA INDIA. LA ESCRITORA Y ACADÉMICA FRANCESCA DENEGRI COMENTA "TIGRE BLANCO", LA NOVELA CON LA QUE ARAVIND ADIGA SE HIZO ACREEDOR AL MAN BOOKER PRIZE EN INGLATERRA. SE TRATA DE UN DESCARNADO RETRATO DE LA INDIA CONTEMPORÁNEA, DIVIDIDA TANTO POR LA DESIGUALDAD COMO POR EL PROGRESO. ALGO QUE LOS PROPIOS INDIOS PARECEN NO QUERER VER.

Por Francesca Denegri

"Si viene usted a la India buscando la Iluminación olvídese del Ganga y de los ashrams, mejor váyase al zoológico, ahí en el corazón de Nueva Delhi", advierte Balram Halwai al primer ministro chino en una de las siete cartas que escribe narrándole su historia de 'empresario autodidacta' en "Tigre blanco" (2008), novela ganadora del premio más prestigioso en lengua inglesa, el Booker Prize. Nacido y criado en un pueblo a orillas del río sagrado, en el corazón de las tinieblas de la India, Balram pasa de ser un pobre y hambriento indio destinado a servir al amo rico y a morir tuberculoso como su padre, a ser el próspero dueño de una envidiable empresa de transporte corporativo en Bangalore. Bajo la luz de una araña recargada de vidrios colgantes en forma de diamantes, señal de su recién adquirido estatus en la "India Reluciente", el nuevo Balram se sienta durante siete noches seguidas a escribir esta suerte de alegoría del fracaso de la economía de mercado, en un país dominado por una cultura jerárquica de castas como es la India.

Un par de versos sufí habría sido todo lo que necesitaba este joven cuando todavía era chofer de la "India Oscura" para comprender, por fin, cómo es que se hace para ingresar triunfante en el mundo del patrón. Gurgaon, ciudad satélite de Delhi, con sus estrambóticos rascacielos de nombres como Torres de Buckingham y Señorío de Windsor, bajo cuyas fétidas sombras pulula la India sufriente y desnuda entre vacas, chanchos, ratas, cucarachas y excrementos, es también el espacio central donde se sitúa esta controversial novela de Aravind Adiga.

"Por años anduviste buscando la llave / pero la puerta estaba abierta de par en par" reza el verso que un viejo librero musulmán le lee a Balram y que será la clave para descubrir que escapar de su destino de sirviente es en verdad tan fácil como salir por la puerta abierta de una jaula. La pregunta es si se atreverá a dar ese paso. Porque en la India de los desposeídos la jerarquía está tan arraigada que ni siquiera es necesario cerrar las jaulas para evitar que los "chancados" (la mayoría oprimida) escapen. Es que aún con las puertas abiertas, pocos son los que se atreven a transgredir unas fronteras santificadas desde tiempos inmemoriales por la fuerza de la ley de y de la costumbre.

Entretanto Balram, harto ya de soportar las humillaciones de su Pinky Madam y de su Ashok Sir, vive elaborando angustiado su plan de escape desde una habitación en el sótano húmedo y abombado de las Torres de Buckingham. "Esta situación no durará para siempre. ¿Has oído hablar de los Naxales?", le pregunta un vendedor ambulante aludiendo a la guerrilla maoísta india. "Tienen armas. Y todo un ejército. Son cada día más fuertes. Cuando llegue el momento, toda la India reventará". Pero si la revolución no es lo suyo, acaso el crimen sí lo sea. Balram comprenderá entonces que su ingreso en el mundo de la nueva y próspera clase media india exigirá derramar sangre. La sangre del patrón.

Tan intrigante como la novela es el gélido silencio con que esta ha sido recibida por un público que normalmente celebra eufórico a sus escritores premiados. Será que en "Tigre blanco" lo que brilla por su ausencia es el orientalismo del cardamomo y del azafrán, el revuelo de saris y el elenco de personajes pintorescos a los que mucha de la última literatura india en inglés nos tenía acostumbrados. Hace dos años, cuando "El legado de la pérdida" ganó el Booker, Kiran Desai fue recibida aquí con bombos y platillos, como también lo fue Arundhati Roy con "El dios de las pequeñas cosas" (1997) y ni que se diga del apoteósico clamor a "Los hijos de medianoche" de Rushdie (1981). A Adiga, en cambio, lo llaman "lacayo de Occidente", y lo condenan por "revolcarse en la miseria" y negarse a ver los progresos de un país tercermundista capaz de lanzar su propio cohete a la luna. En contraste con aquellas novelas atravesadas por destellos de un realismo mágico elegante y nostálgico, en "Tigre blanco" nada es pintoresco ni delicado: todo es cruel y degradante. Nada inspira nostalgia: todo provoca rabia.

A propósito de la rabia, Roy escribe que "cada día son más los que se unen a la colosal ola de resistencia revolucionaria o criminal que amenaza con tragarse a este país y con reventar sobre la complaciente pornografía de 'la India Reluciente'" ("La forma de la bestia", 2008). Y mientras esa ola engorda y se encrespa con cada "chancado" que sale de su jaula, los indios de la nueva clase media se tapan los oídos para no oír el temible estruendo que se avecina y cierran los ojos para no ver el fuego y el humo que se levanta en las cuatro direcciones de estas antiquísimas y ahora agitadas tierras.

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