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ANTICIPO

Juan Carlos Onetti, héroe de la ficción

TRES FRAGMENTOS DEL NUEVO LIBRO DE MARIO VARGAS LLOSA. NUESTRO RENOMBRADO NOVELISTA OFRECE UN DETALLADO RETRATO DEL ESCRITOR URUGUAYO JUAN CARLOS ONETTI, A QUIEN CONSIDERA UNO DE LOS MEJORES EJEMPLOS DE CÓMO SE ESGRIME LA FICCIÓN PARA CONSTRUIR UNA VIDA PARALELA EN LA QUE REFUGIARSE DE LOS DESASTRES Y LIMITACIONES DE LA REALIDAD.

En 1933, Onetti se separa de su primera mujer, su prima María Amalia Onetti, y al año siguiente se casa con la hermana de aquella, María Julia Onetti, inaugurando de este modo su larga lista de enredos matrimoniales (cuatro por lo menos) y amoríos más o menos estables o transeúntes que suscitarían toda una mitología en torno a su persona, al igual que la hosquedad de su carácter, su afición a la bebida, a los bares, a los antros prostibularios y a su fauna marginal y mafiosa. La primera vez que fui a Uruguay, en 1966, Onetti vivía en Montevideo pero me fue imposible verlo --lo había conocido meses antes, en Estados Unidos--, pues fiel a su fama de hurón intratable, se negaba a recibir visitantes. Eso sí, escuché de boca de casi todos los escritores uruguayos que conocía, desde Carlos Martínez Moreno a José Pedro Díaz, de Ángel Rama a Carlos Maggi y a muchos más, incontables y divertidísimas anécdotas sobre las excentricidades, extravíos y ferocidades supuestas de Onetti en sus relaciones eróticas --sobre todo las que habían jalonado sus amores con la poeta Idea Vilariño--, muchas de ellas sin duda exageradas o inventadas, pero que eran una prueba tangible de la fama de «escritor maldito» que ya se había ganado.

***

Al crear todo un mundo literario uno de cuyos rasgos centrales es el rechazo de la realidad real --concreta e histórica-- por una realidad ficticia --subjetiva, imaginaria, literaria--, actitud que comparten tantos personajes que ella es casi un denominador común de los sanmarianos, Onetti construyó un poderoso símbolo, de gran belleza artística, de América Latina. Mejor dicho, de su fracaso histórico y social, de su subdesarrollo político y económico, de su lentísima incorporación a la modernidad. Y, al mismo tiempo, de la aparente contradicción que significa frente a esto la riqueza creativa de tantos latinoamericanos en los campos de la poesía, las artes plásticas, la danza, la música, la artesanía, el cuento y la novela. Como los héroes de Onetti, desde tiempos inmemoriales --desde los años coloniales sobre todo--, los latinoamericanos acostumbran rechazar el mundo real y concreto y sustituirlo por espejismos y quimeras, distintas formas de irrealidad, desde las abstracciones y dogmas de la religión hasta las ideologías revolucionarias disfrazadas de leyes de la historia. América Latina ha sido tierra propicia para toda suerte de utopías sociales, y los redentores sociales mesiánicos tipo Fidel Castro, el Che Guevara, el Comandante Cero y, ahora, el Comandante Hugo Chávez han encandilado más a los jóvenes y a las supuestas vanguardias políticas que los líderes y gobernantes democráticos, pragmáticos y realistas que trataban de jugar el juego de la realidad (nadie se acuerda de ellos). Todo lo que sea sueño, fantasía, apocalipsis, fuga hacia lo imaginario, ha prendido en América Latina con facilidad y, viceversa, los empeños por enraizar las empresas políticas y sociales en la realidad, siguiendo los ejemplos exitosos --los de los países democráticos y libres y sus políticas reformistas--, han fracasado por ese desapego «sanmariano» continental por lo racional y posible en nombre de lo irracional y onírico, es decir, lo imposible. Esa disposición, catastrófica desde el punto de vista político, social y económico y razón de ser de nuestro subdesarrollo, ha servido, paradójicamente, para estimular aventuras imaginarias y producir creaciones literarias y artísticas de gran fuerza y originalidad, como son las utopías y mitologías creadas por un Borges, un García Márquez, un Rulfo, un Cortázar y un Carpentier. Y, por supuesto, un Onetti. Curiosamente es este quien, pese a su desprecio por la literatura comprometida y su desdén con las obras literarias con mensaje, gracias a su intuición, sensibilidad y autenticidad, fantaseó un mundo que, de esa manera indirecta y simbólica del arte para expresar la realidad, mostró una verdad profunda y trágica de la condición latinoamericana. Como sus antihéroes sedentarios, apáticos y en fuga constante de sí mismos, América Latina ha preferido también la imaginación a la acción, el delirio a la realidad, y así le ha ido. ¡Pero qué hermosas fantasías ha sido capaz de generar!

***

Al terminar la reunión del PEN algunos participantes fuimos invitados a hacer una gira por Estados Unidos y tuve la suerte de formar parte del grupo en el que estaban Martínez Moreno y Onetti. Era un viaje turístico, con visitas a museos, espectáculos y lugares históricos, en los que, por supuesto, Onetti se negó sistemáticamente a poner los pies. Permanecía encerrado en su cuarto de hotel, con una botella de whisky y un alto de novelas policiales, tan desinteresado del programa que uno se preguntaba por qué había aceptado aquella invitación.

Solo en San Francisco tuve ocasión de charlar con él un poco, en barcitos humosos y oscuros de los alrededores del hotel. Costaba trabajo animarlo a hablar, pero, cuando lo hacía, decía cosas inteligentes, eso sí, impregnadas de ironía corrosiva o sarcasmos feroces. Evitaba hablar de sus libros. Al mismo tiempo, detrás de esa hosquedad y esas burlas lapidarias, asomaba algo vulnerable, alguien que, pese a su cultura e imaginación, no estaba preparado para enfrentar la brutalidad de una vida de la que desconfiaba y a la que temía. Una noche en que hablamos de nuestra manera de trabajar, se escandalizó de que yo lo hiciera de manera disciplinada y con horario. Así, me dijo, él no hubiera escrito ni una línea. Él escribía por ráfagas e impulsos, sin premeditación, en papelillos sueltos a veces, muy despacio, palabra por palabra, letra por letra --años más tarde Dolly Onetti me confirmaría que era exactamente así, y tomando a sorbitos, mientras trabajaba, copitas de vino tinto rebajado con agua--, en periodos de gran concentración separados por largos paréntesis de esterilidad. Y allí pronunció aquella frase, que repetiría después muchas veces: que lo que nos diferenciaba era que yo tenía relaciones matrimoniales con la literatura y él adúlteras.* En aquella o alguna otra ocasión durante aquel viaje le pregunté si era cierto que a los escritores jóvenes que conseguían llegar a él a pedirle consejo les recomendaba leer los libros que él detestaba, para ponerlos a prueba, y él, sin negar ni asentir, sonrió feliz: «¿Eso dicen? Qué hijos de puta, che».

[*] Me consta que esta anécdota es cierta, pues yo mismo se la oí. Hay otras que se le atribuyen respecto a nosotros dos que es difícil saber si realmente ocurrieron o si forman parte de su mitología. Cuando mi novela "La casa verde" ganó el Premio Rómulo Gallegos, en 1966, y "Juntacadáveres" quedó finalista, dos novelas que giran sobre el tema del prostíbulo, habría dicho que era normal que ganara yo, porque mi burdel tenía una orquesta y el suyo no. Y a Ramón Chao, que lo entrevistaba para la televisión francesa y que miraba fascinado el único diente que le quedaba en la boca, Onetti le explicó: «En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa» (Ramón Chao, "Un posible Onetti". Barcelona Editorial Ronsel, 1994, p. 262). En la vida real, como delatan estas anécdotas, su humor solía ser más cálido y tierno que en sus novelas, donde rara vez se despojaba de un sustrato ácido y a menudo feroz.

FICHA
El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti
Autor. Mario Vargas Llosa
Editorial. Alfaguara
Ciudad y año. Lima, 2008
Nº páginas 248

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