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El ídolo de Collique

ESFUERZOS. Enrique Niquin es un historiador autodidacta que desde 1966 protege y divulga los restos arqueológicos dejados por los antiguos collis en las quebradas de Comas. Organizador del Colli Raymi --un Inti Raymi preínca--, es propietario de un museo que cumple hoy 5 años

Por Miguel Ángel Cárdenas

Sentía la soledad como una muralla perimétrica y temía que la incomprensión de las autoridades se convirtiera en su cementerio enterrado. Pero desde las alturas del Pasaje Libertad, en un cerro de la tercera zona de Collique, Enrique Niquin --de 56 años y empinado metro cincuenta y nueve de estatura-- hizo de la perseverancia su torreón con mirador. Y, en una quebrada del lote 5 manzana LL, fundó hace cinco años el Museo de los Colli para conocer y reconocer la historia del poco difundido pueblo guerrero que se asentó en lo que hoy es la Lima Norte y dominó disputados territorios del valle del río Chillón, incluso hasta Ventanilla y Santa Rosa de Quives.

"Colli se pronuncia 'coli'. Inauguré mi museo el 15 de enero del 2003 para reunir 1.115 fragmentos de cerámica, tejidos y restos óseos que fui rescatando cuando se los quitaba a los saqueadores y huaqueros desde hace 32 años o que encontraba debajo de los cimientos de las nuevas construcciones antes de que destruyeran los vestigios".

Niquin es uno de esos personajes que por un lado suscita la admiración incondicional: es un investigador autodidacta, dibujante de profesión, admirador de María Rostworowski (con quien se ha entrevistado varias veces y cuyo libro "Señoríos indígenas de Lima y Canta" le resulta primordial) que dejó todo trabajo u ocio por una pasión desmesurada: conocer toda la historia del grupo cultural preínca Colli, que tuvo a las elevaciones de Comas y Carabayllo como sede central.

Y para esto fundó el proyecto Collique Monumental "que tiene como objetivo hacer el catastro, rescate, preservación y puesta en valor de las zonas históricas y naturales". Así, en 1971, descubrió un hipotético ídolo de piedra en la denominada Sede Fortificada junto a depósitos subterráneos y ceremoniales. Después --luego de incontables viajes y sueños a pie-- halló y clasificó casi 20 vestigios arquitectónicos precolombinos en ambos márgenes del río Chillón. Para dejar constancia y rigor elaboró cientos de planos, maquetas, mapas e ilustraciones de la zona verificables en su museo; y con denuedo insomne --aunque dolido por deudas para sustentar su pasión-- logró que el 24 de agosto del 2000 el INC declarara Patrimonio Cultural de la Nación al Cerro Zorro, "el centro religioso principal de los colli".

EFECTO COLATERAL
Pero Enrique Niquin Castillo también puede provocar la tirria total de las autoridades y los traficantes de tierras (aunque ya nadie lo llame loco como antes; él se siente un cuidador estudioso y entregado como María Reiche). Sus cartas a la Municipalidad de Comas y sus protestas tanto contra las invasiones como contra las construcciones que no respetan los muros de piedra, para él intangibles, le han ocasionado aciagas ojerizas. Y si bien logró detener la construcción de un helipuerto "que se iba a hacer en un cementerio prehispánico", rabió sin control cuando sepultaron con desmontes "dos manantiales sagrados, yo de niño nadaba allí y todos sabíamos que en el fondo había cerámica enterrada y eran especiales, ¿hasta dónde seguirá llegando la ignorancia y el poco respeto por nuestra historia?"; o cuando construyeron un buzón de desagüe al lado de la llamada Antigua Muralla.

La cólera tardó en esfumarse hasta un 24 de agosto, día que Niquin ha popularizado por arena y tierra, y que casi la mitad de colegios del sector reivindica. "Esta sería la fecha, en 1466, cuando el príncipe inca Túpac Yupanqui con más de 30 mil guerreros tomó la fortaleza colli y murieron los 1,200 combatientes collis defendiéndola. Ellos antes habían resistido el ataque de los cantas y los yauyos. Y están enterrados en el área del arenal que da al hospital de Collique; por eso, ese arenal debe ser declarado área intangible".

Desde 1990 hay desfiles de colegiales, pero el acto central de la fiesta que ha denominado Colli Raymi --"un Inti Raymi preínca"-- suele ser en un estadio con el propio Niquin al centro. Allí, solo, "interpreto tanto a buenos como a malos" y, a grito suelto, cuenta la historia completa del enfrentamiento por tres horas vestido --lanza en hombro-- como un Ciequich, es decir, el gran señor colli.

EL LLAMADO DEL DESTINO
Desde 1989, este antiguo dibujante ("trabajé haciendo dibujos animados con integrantes del grupo Chaski y con Chicho Durand") ha publicado folletos y libros que, dice, han ampliado el trabajo de María Rostworowski: "Fui a verla y le expliqué mis nuevos descubrimientos. Por ejemplo, María no habla de las distintas formas de los cerros como si fueran humanos; por eso, para entender la historia de los collis se debe entender el mito del dios Vichama, de la cultura norteña, que convirtió a los curacas en piedra. Por eso, este lugar es mítico: la fortaleza collique tiene forma de un hombre que está boca abajo. Y el cerro contiguo tiene forma de mujer embarazada".

Niquin padece una sordera que le da un aire ido, como si oteara las cosas por más que estén a centímetros de sus ojos. A gritos se lo dicen siempre, pero él afirma que no tiene tiempo para pensar en nada que no sean los collis. Cuando cuenta la historia y arquitectura de esa cultura del Intermedio Tardío lo hace como si mirara un punto a lo lejos. En cambio, cuando habla de quienes dañan el patrimonio, es como si observara un punto dentro de sí mismo, muy dentro. En ambos casos, ensimismado, habla como si el tiempo empezara por el futuro y hubiera que desearle un próspero pasado nuevo.

Y es que se trata de alguien que dedica 14 horas diarias a una pasión desde hace 41 años. Alguien que cada vez que hace de guía es como si se guiara a sí mismo. Ni bien uno lo saluda no admite preámbulos. Se dirige a una mesa larga llena de cerámicas y explica durante quince minutos, sin escuchar repreguntas --y, de verdad, metido en su mundo, podría caer un aerolito y él seguiría hablando--: "En estos pedazos de cerámica colli aprecias un mono, también un piquero marino, esto está indicando la pertenencia costeña; por eso, yo recuso a quienes dicen que descienden de los collas. Hay otro que recuerda al dios Naylamp. Hay 45 restos iguales encontrados siguiendo la tangente por el manantial de Huancanllanco...".

Luego se va a otra mesa al lado y continúa por veinte minutos: "Aquí puedes ver una lapa, al principio parece insignificante, pero para ellos era gran cosa porque brilla, es un marisco que se produce en el norte. También encontré orejeras de madera, también vasitos de madera, bien raros, y mates burilados...".

Después llega a otra zona y son diez minutos sin detenerse: "Estudiando los restos de plumas podemos ver qué animales había, por ejemplo, esta es una lechuza. Y esta debe de ser de un cóndor... Los collis no tenían problemas de alimentación, consumían mariscos, frejoles, maíz, maní, pallares, camote amarillo, ají, sal, calabaza. Y lo que les faltaba era el aceite, por eso, la proteína no entraba en sus cuerpos...". Es interminable, pero fascinante: veinticinco minutos explicando las clases de minerales que ha encontrado (grafito, pirita, ferrita...) y las construcciones de barro con frejol que él enseña en talleres "neopreíncas".

UNA LABOR EXTENSA
Una hora después hay que detenerlo y gritarle respetuosamente que ya es suficiente, que vayamos a las ruinas. Asiente, sin gestos, "son muchas y muy lejanas, pero vamos al Cerro Macho" y emprende el camino que es alto y escarpado, pero que sube con una destreza y rapidez inalcanzables. Hay que escucharlo a cinco metros, felizmente grita y hay eco: "Igual, en la quinta zona, hay una ruina en forma de huevo, si explotaran ese atractivo Comas y Carabayllo ganarían turistas. Yo lo llamo santuario Huacoto". A quince metros, él habla como si los demás fuéramos fantasmas: "La huaca Tambo Inca está pintada de color amarillo, pero la quieren destruir, ¿lo pueden creer?". Y ya es inaudible cuando pasa por una muralla que medía 6 kilómetros con 4,50 metros de altura y que conserva tramos rasposos. Corriendo, a diez metros, sin alcanzarlo todavía, escuchamos su discurso a sí mismo: "¿Ustedes se imaginaban encontrar esto? Nadie lo sabe. El templo de Kon Kon, por ejemplo, está en el kilómetro 19 de la Túpac Amaru, frente al colegio Fe y Alegría. Pero la Municipalidad de Carabayllo lo ha cortado para hacer una calle, no tienen sensibilidad". Y ahora, a unos ocho metros, continúa como si estuviéramos a su costado: "Hay un observatorio astronómico en Huaca Alborada... ¿saben que unos trabajadores quieren destruir la huaca Chacra Cerro?".

Una vez que logramos detenerlo señala al frente, hacia una piedra de tamaño humano con incisiones sugerentes. "Este es el ídolo que descubrí cuando los historiadores pensaban que era de palo o de oro y decían que estaba perdido. Si es el Cerro Macho, este es su centro, es un ídolo fálico. Era para ritos de fertilidad. Está dentro de un cuadrado, con una mesa donde se hacían los sacrificios de llamas". Y, frente a esta piedra en orgulloso pie --en el centro de un cerro en cuyos riscos hay restos de murallas preíncas y que apunta a uno de enfrente que parece una mujer a punto de dar a luz--, Niquin toma conciencia de nosotros. Nos mira a los ojos por fin y pone cara de responder, ahora sí, todas las preguntas.

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