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Cienciano 2003: los hombres que sí pudieron

10:01 | La historia del primer y único título internacional de clubes de un equipo peruano

Por Fernando Lozano

"¿Qué tenía el Cienciano? Garra. Es decir, pundonor, locura y corazón a la hora de salir a la cancha". [Mario Vargas Llosa]

19 de diciembre del 2003. ¿Qué hacías? ¿Qué le prometías a Dios si ese tiro libre de Lugo entraba? ¿A qué santo te encomendabas? ¿Cuánta garganta quemabas? ¿Cuánta lágrima derramabas? ¿Pedías ese regalo de Navidad? ¿Junto con quién soñabas?

En esa noche roja, un grupo de guerreros le dio al corazón licencia para explotar y seguir viviendo. Por fin. Porque esa noche sí se pudo. "Fue el triunfo de un país. Ese título significó el resultado del esfuerzo de todo el equipo, de la humildad, de la experiencia", dice Óscar Ibáñez, la primera pieza de esa columna vertebral que formó el técnico Freddy Ternero.

Es 19 de diciembre del 2008. Han pasado cinco años exactos desde la final contra River, pero parece que el tiempo se hubiera detenido. Alessandro Morán sigue igualito, aunque en su cara se nota la serenidad que dan los años; Germán Carty es cuarentón, pero está más a la moda y se lo ve más joven que uno; a Ibáñez siempre se lo verá más maduro que a todos; y Juan Carlos La Rosa está más plantado. Dan ganas de abrazarlos y de saltar y gritar con ellos en una celebración postergada. "En esa época era un chiquillo. Óscar y Germán me aconsejaban bastante, cómo marcar, cómo moverme en el campo", recuerda La Rosa.

Estamos en una casona de Barranco, pero ellos se sienten en el barrio. "Eh, allí hay más de cien años", bromea Óscar, el primero que llegó, cuando aparecen los compañeros. Se ríen, se abrazan, se miran, recuerdan. "Ya han pasado cinco años, no parece", dice uno. "Y mira, Carty sigue jugando", agrega Morán. Risas. 19 de diciembre. 1:30 p.m. ¿Qué hacían a esa hora hace cinco años?

Destino de campeón
Morán recuerda que ese día a esa hora estaban almorzando, pero el profesor Bernal corrige: estaban discutiendo cómo se repartirían el premio, el auto que regalaba Nissan, auspiciador del torneo. Algunos quizá ven un lado materialista en esa discusión, pero este dato encierra la idea central del éxito de ese equipo: se sentían invencibles.

"Nos comenzamos a sentir así cuando empatamos con Santos con uno menos. Ellos tenían a Robinho, Diego, Renato, Elano, Álex, todos figuras en Europa a los que ahora vemos por televisión", comenta Óscar. "En Brasil nos minimizaban, pensaban que Cienciano era una comida típica", dice Morán.

Pero ese Cienciano era más que un equipo. Era una reunión de elementos ganadores. La experiencia fue importante. La base del equipo tenía más de 30 (Ibáñez 36, Bazalar 36, Carty 35). El otro, las ganas de trascender, la confianza que da el saber que no se tiene nada que perder. "Por algo Dios nos juntó a todos allí. Todos veníamos de lesiones, de paras, de problemas con nuestros clubes. Todos veníamos esperando la oportunidad. Lo tomamos como una revancha", sentencia Óscar.

Y había mística. Ibáñez se mata de risa recordando que ellos hicieron famosa la maca; Germán sonríe feliz cuando cuenta que los chicos comenzaron a imitar su baile del 'Avestruz'; Morán revela el incesante cántico de Acasiete en los buses con el pegajoso "Upa upa que upa que upapá...", que se hizo himno de esa campaña; y todos abren los ojos cuando recuerdan el momento culminante de ese vestuario: el paseo de Ternero sobre carbón ardiente.

Creer es poder
Ternero, conminado por los representantes de Supera --un grupo de motivación personal--, decidió caminar sobre brasas para convencer a su equipo de que nada era imposible. Cuenta La Rosa: "En la celebración le digo, Freddy, chévere que pasaste sobre carbón... me dice 'huev... me han salido unas ampollas', jajaja".

Son muchas anécdotas, muchas personas que recordar, como Ramón Rodríguez, los hermanos Lobatón, Miguel Llanos, Giuliano Portilla, Julio García, Paolo Maldonado, el cusqueño César Ccahuantico, el colombiano Rodrigo Saraz, Maurinho Mendoza, etc. Los que estuvieron saben que nadie les quitará lo bailado.

Hubo decenas de momentos inolvidables, como el de Juan Carlos Bazalar celebrando con los brazos abiertos al cielo por su hijito fallecido, o el de Morán llorando frente a los ojos de toda Sudamérica. La plaza del Cusco repleta de gloria. Los jugadores conversan, se ríen, hablan de su presente en sus clubes. La vida no fue injusta con ellos, dicen.

Se ha escrito muchísimo sobre este triunfo, pero solo quedan dos palabras que trascenderán al tiempo y a la memoria: Gracias, Cienciano.

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