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Pueblo de Estados Unidos se solidariza con tres estudiantes peruanos

14:01 | Los jóvenes recibieron la ayuda de los residentes de Roanoke tras viajar a EE.UU. y quedarse sin empleo a causa de la crisis

Roanoke, EE.UU. (AP).- Esta es una historia sencilla de lo que les pasó a tres estudiantes peruanos: Liz Chiquillán, Piero Unzueta y Mayra Ramírez son universitarios de 19 años y si usted fuese alguno de sus padres, no le gustaría lo que les sucedió cuando llegaron a Estados Unidos en diciembre.

Se suponía que debían pasar los tres meses del receso de verano trabajando en tiendas, perfeccionando su inglés y descubriendo esta parte del mundo como parte de un programa de intercambio estudiantil.

Pero todo quedó en la nada cuando llegaron a Newport News y se encontraron con que no tenían trabajo, consecuencia en buena medida de la crisis económica. Dos de ellos jamás habían salido del Perú y ahora se encontraban en el otro extremo del continente, sin techo.

Si usted fuese alguno de sus padres, agradecería su buena fortuna y a un par de abogados de Roanoke que le dieron a esta historia un final feliz.

Llevaba un mes en Estados Unidos cuando el trío se presentó ante el abogado Correy Diviney.
 
Se habían postulado para decenas de trabajos. Habían dormido en hoteles atestados, con cinco personas por habitación, porque nadie quería alquilarle un departamento a gente sin trabajo.

Recibieron entrenamiento en un restaurante de la cadena Uno Chicago Grill en Newport News durante cuatro días y dicen que no les pagaron, ni tampoco les ofrecieron trabajo.

Cuando llamaron a la gente del programa de intercambio, una agencia con sede en Nashville, Tenesí, el director les dijo que tuvieran paciencia, que pronto surgiría algo.

"Estábamos preocupados", dijo Chiquillán. "Llamábamos a nuestros padres todos los días". Los 600 dólares que les habían recomendado que trajesen se esfumaron pronto y los padres tuvieron que enviarles más dinero.

La madre de Ramírez llamó a una amiga cuyo hijo también estaba en Estados Unidos, en un programa de intercambio. Resultó que se encontraba en Roanoke, viviendo con un grupo de estudiantes peruanos en un departamento del barrio Old Southwest. Se fueron en autobús a Roanoke y se quedaron a dormir en el piso del departamento del amigo.

Alguien los puso en contacto con la abogada de inmigración de Salem Christine Poarch para que los ayudase a recuperar los mil dólares que le habían pagado a la agencia de Nashville. Poarch los mandó a ver a Diviney, un abogado bilingüe del estudio de Art Strickland que representa a numerosos hispanos en casos penales y civiles en Roanoke.

Diviney decidió ayudarlos sin cobrarles nada y radicó una demanda contra la agencia, a la que acusó de ruptura de contrato y de fraude.

"Nos cayeron bien", comentó Strickland. "Un amigo me preguntó, '¿cómo sabes que no se están aprovechando de ti?'. Pero hay cosas que uno capta. Estos son chicos buenos, educados, que se encuentran en una situación en la que uno no querría ver a sus hijos".

Tuvieron suerte
Strickland se imaginó a sus propias hijas en las mismas circunstancias. Una de ellas, Danielle, participó alguna vez en un intercambio estudiantil y ahora vive en Guadalajara, México, donde dirige una organización que vela por los derechos de los menores.

"No quiero que la gente venga a Estados Unidos y no se lleve una buena impresión de nosotros", señaló Strickland. "Me siento muy bien ayudándolos".

Diviney llevó a los estudiantes a su casa un día y les dio de comer. Al día siguiente, Strickland y su esposa, la jueza jubilada Diane Strickland, intervinieron.

Conocían a un amigo de Matt O'Bryan, propietario del complejo de departamentos Grandin Village. O'Bryan les dio un departamento por dos meses y les dijo que si encontraban trabajo, pagasen el alquiler y si no, no había problema. La YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) de Roanoke Valley, por su parte, los autorizó a usar sus instalaciones.

El domingo, los Strickland fueron a misa con ellos a la iglesia Unity de Roanoke Valley, donde el pastor contó sus historias y les pidió que se pusiesen de pie al finalizar el sermón. Los feligreses los saludaron y algunos les dieron regalos.

"Me sentí avergonzado", expresó Ramírez. "No quería recibir los obsequios, pero nos decían que algún día devolveríamos atenciones".

"No están acostumbrados a ser objeto de caridad", dijo Diviney.

Explicó que la idea era que si alguien ayuda a una persona hoy, se sentirá más que recompensada cuando esa persona ayude otro en el futuro.

Los estudiantes comprendieron. Habían visto una película sobre ese tema.

Y si bien pasaron algunos momentos duros en Estados Unidos, lo consideran una aventura.

"Al menos no se aburrieron", bromeó Strickland.

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