El dominical

Jim Morrison: Celebración del Rey Lagarto

Hace 45 años se editó el clásico "L. A. Woman", de The Doors, y poco después murió su legendario vocalista.

Jim Morrison: Celebración del Rey Lagarto

Paro cardíaco, sobredosis, asesinato. Se dijo de todo y, hasta hoy, las causas de su muerte siguen siendo un misterio. Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

La noche entre el viernes 2 y el sábado 3 de julio de 1971, Jim Morrison, exlíder de The Doors, llegó a casa del cine, aunque algunos dicen que antes pasó por el Rock And Roll Circus Club por unas botellas y unas dosis de algo.  Ya en la cama, se quejó con Pamela Courson, su novia, de fuertes dolores, y empezó a vomitar sangre. Sus días de esbelto Dioniso del rock eran cosa de un pasado que, aunque reciente, parecía ya difuso: está barrigón, alcoholizado y enfermo. Pamela quería llamar a un doctor, pero él le aseguró que solo necesitaba un baño. Ella le preparó la tina y él se sumergió. 

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El agua sigue tibia, pero ya no tienes 27 años, ni eres un sex symbol capaz de contorsionarse sobre un escenario y volver locas a sus groupies. Ya no abres piernas cuando gimes tus canciones. Ya no gritas "Love me two times, baby". Ya no eres la cara y la voz de una banda cuyas letras y cuya música encarnan la protesta generacional de miles de jóvenes que, como en la edípica “The End”, también piensan en matar a su padre y tomar a su madre, como extrema metáfora de su protesta contra una sociedad conservadora, hipócrita y violenta, capaz de una guerra inútil como Vietnam, capaz de matar a Martin Luther King y a los Kennedy, y donde quedan pocos en quienes creer. 
    ¿Te imaginas salir de la tina en este momento, vestirte y darte una vuelta por el mundo para confirmarlo? La madrugada del sábado 3 de julio de 1971 ha quedado en pausa, suspendida. Has sobrevivido a los setenta, a los ochenta, a la cocaína, al alcohol y al LSD. Dicen que te han visto en África, alejado de cámaras y reflectores con un nombre distinto, negándolo todo, hablando en otras lenguas, declamando poemas como un poseído. Dicen que estabas harto, que te entregaste al vudú o a otros cultos tan oscuros como milenarios.  Dicen que debes haberte reído mucho con Elvis, otro ‘abducido’ por sí mismo. Dicen que hiciste realidad aquello de “Break On Through (To The Other Side)”. Muchos dicen también que te vieron en trance, ido, gordo, raído, vagabundo, barbudo, pelado, canoso, hecho polvo. Harapos del
rockstar que casi cinco décadas después sigue siendo mitificado, incluso, por quienes ni siquiera habían nacido cuando estaba en la cima. 


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Tras numerosos problemas legales, producto de sus excesos con el alcohol y las drogas —como aquel concierto en Miami donde dicen que mostró los genitales e instó al público a la sublevación colectiva, desatando el caos—, Jim Morrison decidió que era suficiente: partió a París junto a Courson para iniciar una nueva vida alejada de los escenarios musicales y dedicarse fervientemente a la poesía, su sueño de siempre. Partió en marzo de 1971, mientras sus compañeros estaban terminando de mezclar su sexto álbum, "L. A. Woman", un disco con el que volverán a satisfacer, por igual, a la crítica y a sus seguidores. Pero el Rey Lagarto no estará cerca para oír los aplausos, aunque crea que lo hace en aquella tina tibia donde aún no sabe si tiene 27 o 72 años, y sigue contemplando la nada.
    “Tuvo la gracia de cantar para los demás en una época en que los demás se sentían chicos locos en un país desesperado y necesitaban desesperadamente la mano de algún extraño”, escribió sobre Morrison el periodista y crítico musical Mikal Gilmore, en la revista RollingStone. Esos “chicos locos” y las generaciones que les han seguido continúan teniendo a Morrison como apóstol y mártir del rock y de todo lo que este significa, sexo, drogas y alcohol incluidos. Son fieles de un culto sin caducidad. Y es que The Doors, con él a la cabeza, no daba conciertos: realizaba rituales.
    “Yo estaba seguro de que iba a tener éxito, porque era creativo y escribía bien”, aseguró en un documental realizado casi 30 años después de su muerte su padre, el almirante de la Marina estadounidense George S. Morrison. “Después de todo, él era un buen hombre. Un buen ciudadano. Sus valores éticos y morales eran altos. Puedo decir que era una persona que me gustaría conocer”, completó, conmovido, recordando al hijo que dejó de ver cuando empezaba a hacerse famoso. Un hijo que tampoco quiso recibir a su madre cuando esta fue a buscarlo a un concierto. 
    “Me tomó mucho superar el trauma de su muerte. También porque se dijo que no estaba muerto. En nuestros corazones pensamos: ‘Sí, sería capaz de hacerlo’. Es posible, tal vez solo quería probar una nueva vida lejos y luego volver. Aunque estaba segura de su muerte, siempre mantuve la esperanza.”, confesó alguna vez su hermana Ann.  
    Paro cardíaco, sobredosis, asesinato, muerte fingida, se dijo de todo. “Es la consecuencia de sus excesos”, dicen muchos hasta ahora. Su propia familia hizo inscribir en su tumba, la más visitada del cementerio Père-Lachaise de París, Kata ton daimona eaytoy, una frase en griego que quiere decir “fiel a su propio espíritu”.


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Has visto todo eso, Jim, y, sin embargo, has vuelto a esta tibia tina, cada vez más fría, más eterna, como el famoso cuadro de "La muerte de Marat", pintada por David. ¿Hubieras dejado el alcohol? ¿Hubieras sacado más discos con la banda? ¿Todavía escribirías poemas? ¿Participarías en Lollapalooza, cantarías con Adele, serías trending topic por un comentario ácido sobre Trump, abogarías por la paz mundial? Quizá. Después de todo, como dijiste alguna vez: nada puede sobrevivir un holocausto, excepto la poesía y las canciones.