El dominical

Voz propia: principiantes absolutos

Carlos Magán, el recordado bajista de Voz propia en una fotografía personal de los años del subte local.

Voz propia: principiantes absolutos

(Foto: Martín Pauca)

En noviembre de 1988 se realizó un concierto en el desaparecido colegio Gertrude Hanks, en la avenida Petit Thouars. Se llamaba “El otro rock”. Tocaron Eutanasia, Lujuria, Cadena Perpetua (hoy Cementerio Club), Cardenales, Eructo Maldonado (con Pelo Madueño) y Voz Propia. Yo fui pero no entré, a pesar de que los Bandera Negra (una pandilla subte de Barrios Altos) forzaron la puerta para colarse. Me quedé afuera escuchando lo que podía, fumando y conversando con algún subte sin plata ni entrada. El concierto resultó bueno. 
     De lo que pude oír, recuerdo una canción de Voz Propia, que, como todo buen tema, no se olvida fácilmente, y nada sigue igual después de haberlo escuchado. A diferencia de las bandas que cultivaban el punk rock, Voz Propia, influida por Joy Division y David Bowie, hacía una música elaborada y a la vez fácil de oír. Al poco tiempo conseguí un casete de ese concierto y me enteré de que la canción se llamaba “No habrá desilusión”. El coro decía: El sermón empezó y el cura ha muerto, las campanas están sonando para anunciar el sueño. ¿Qué sueño?, me preguntaba. El mismo coro daba la respuesta. Sé lo que quiero, y sé cómo conseguirlo. Solo se puede estar dudando un cierto tiempo. Y la verdad que no hubo desilusión.
     Vi a Voz Propia en la final del concurso Rock No Profesional, en el Campo de Marte, en 1987. Ganaron, con bronca entre subtes y metaleros. Recuerdo un chancabuque volando mientras Daniel F trataba de calmar los ánimos. De esa noche me gustó “Ya no existes”, el tema que después apareció en "Lima 1988", la grabación con los cuatro finalistas. Lo que me atrapó fue ese inicio, que creo que es uno de los punteos de bajo más cautivantes del rock peruano. Entre melancólico y siniestro, daba paso a una canción que ya es un clásico. Y Carlos “Boui” Magán era quien lo tocaba. 

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A inicios de los noventa comencé una banda llamada Dictadura de Conciencia. Un día nos dijeron para presentarnos junto a Mazo en una discoteca de Miraflores. La verdad, no sé por qué nos eligieron para tocar ahí: éramos un grupo de hardcore recién formado. Estábamos nerviosos. Yo lo estaba y no había afinado mi bajo… ¡porque no sabía hacerlo! ¿Qué hacer? En eso vi al Boui, me acerqué y le pedí que me ayudara. Me miró perplejo, como diciéndome “Tienes una banda ¿y no sabes afinar?”, pero pronto me contestó con su particular forma de hablar: “Por supuesto, broder”. Había notado mi miedo. Me aconsejó estar tranquilo, pero insistió en que era básico saber afinar el instrumento. Ese día quedó como un tipazo.
    
En 1998 participamos en un corto que ganó el Concurso Video Joven de la Asociación Calandria (1). Lo dirigían Miguelón Aguilar y Paola Prieto. Actuaban Julio Macha, de Aeropajitas; Kathy Durán, de Ex-cupidos; yo y otros. El guion fue escrito por Miguelón y Paola en una noche. Todo fue espontáneo, improvisábamos las locaciones. El Boui también era parte del equipo: en la primera escena aparecen sus manos jaloneando al personaje que interpretaba el Macha. Esos días de grabación terminaron en juergas tremendas. En el estreno estábamos tan borrachos que nadie quería subir a recibir el reconocimiento. 
    
Todos esos recuerdos hicieron que considerara al Boui como parte entrañable de esos años. No voy a decir que fuimos amigos íntimos, pero las veces que compartimos él te hacía sentir así. No sé cómo habrá sido en otras circunstancias, pero siempre tenía una sonrisa, una anécdota, que te hacían sentir bien.

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En los ochenta, los que íbamos a los conciertos lo hacíamos porque no nos gustaba seguir lo común. Nos sentíamos diferentes y con ganas de hacer algo que nos sacara de la modorra. Escuchar a bandas como Voz Propia me enseñó que sí se podía hacer lo que uno quería. Tocar el bajo (aunque sea desafinado), subirse a un escenario y gritar lo que te molestaba. La rabia acumulada podía enfermarte si no la desfogabas. Aunque no era hardcore, Voz Propia despedía mucha rabia, y sus letras, sin ser directas, te hacían reflexionar sobre tu papel frente a la realidad que te había tocado.
    
Cuando me enteré de la muerte de David Bowie, sentí que era hora de replantearse ciertos aspectos de la vida. Iniciar una nueva etapa. Más que sentir pena por la persona, el cantante o el músico, sentí pena de que hubiera muerto un referente que hizo nuestra adolescencia especial. Pena por mí también y por mis conocidos, amigos subtes, porque era consenso en los mensajes de pesar que nuestra época se estaba terminando. David Bowie y el Boui estuvieron ligados de alguna forma, más allá del nombre. Hasta bromeamos que, muerto David, Carlos iba a ser su fantasma subte en la tierra. No fue así. El fallecimiento del Boui fue como una confirmación de ese sentir. Sí, pues, nosotros ya no somos los muchachos que fuimos. Somos los que alguna vez vimos al Boui y a Voz Propia sobre un escenario, y no volvimos a ser los mismos. Como sucede ahora con su partida. 
    
Hasta con eso influyes en nuestras vidas, querido Boui.

 

(1) Se refiere a Así soy yo (https://goo.gl/5q1ZNf) (N. del E.)

[Martín Roldán Ruiz (Lima, 1970) es periodista y autor de los libros de cuentos "Este amor no es para cobardes" y "Podemos ser héroes", y de la novela "Generación Cochebomba"]