El dominical

"Perseo", por Carlos Arámbulo

Un pasaje del libro de relatos "Un lugar como este", de Carlos Arámbulo, reeditado por Estruendomudo.

"Perseo", por Carlos Arámbulo

(Ilustración: Manuel Gómez Burns)

Con los ojos cerrados, Molina oye voces que llegan hasta sus oídos como blandas pelotas rebotando en paredes acolchadas, huele olores desconocidos hasta entonces y, al abrir los ojos, los colores parecen haberse atenuado. Podría haber estado durmiendo. Era lógico que la tensión de los días anteriores desfogase bajo la forma de sueños extraños. El cansancio le haría dormirse durante pequeños lapsos y por eso sus sueños y lo que parecía real se indiferenciaban. Hizo un esfuerzo consciente por abrir los ojos, aunque ya le habían advertido de otras veces en las cuales había dormido con los ojos abiertos. Ahora, ante él, veía el vagón vacío como siempre. La mujer y el hombre que se le aproximaba con gesto de confidencia seguían frente a él.
    — Usted es inteligente, entiende lo que pasa ¿No? Mire cómo aprieta al niño —continuó— ¿Sabe usted algo de enfermedades tropicales o fiebres? Ese niño ha sudado toda la noche.
    —¿Cuánto tiempo llevamos viajando?— preguntó Molina angustiado.
    —Bastante, demasiado ya, y durante todo el viaje el niño no ha parado de llorar y sudar. Ahora está callado. Usted sabe lo que eso significa ¿no?
    Molina observa los reflejos en la ventana. No puedo recordar cuánto tiempo he viajado ni hacia dónde voy; solo quiero alejarme de Calderas, poner entre ella y yo la mayor distancia posible, dejar atrás toda esa masa de sonidos que me ha perseguido durante el viaje, voces, a ratos la música de un violín o algo parecido, el tímido golpeteo de la arenisca contra las paredes de adobe: oigo nuevamente esa música de fondo como un arrullo indescifrable que se atornilla dentro de mí. Quizá nunca llegue más lejos de Calderas que lo que me permita la distancia ya que el tiempo y la memoria parecen querer impedírmelo. Molina sonríe mirando al niño y luego a su madre. Aproxima su mano a la cabeza de este. Siente sus cabellos empapados por el sudor. La mujer nota el cambio de la expresión de su rostro y aprieta más al niño contra ella, como temiendo que intentase quitárselo. Estoy saliendo de ese pueblo, nada de lo que pueda imaginarme o ver me va a impedir hacerlo. Cierra los ojos con fuerza, se lleva las manos al rostro. ¿Por qué odio todo eso? ¿Por qué no puedo recordarlo como un mal sueño y nada más?
    Molina no puede evitar seguir viendo el cuerpo inmóvil del niño; en la expresión de derrota del rostro de la madre cree ver la imagen de Calderas persiguiéndolo sin tregua, donde fuera que huyese.  El hombre ha dejado a un lado la revista.
    —¿Usted es de Calderas? —le pregunta directamente.
    —¿Cómo lo supo?
    —Por el dejo, tiene usted dejo de Calderas.
    —Nadie tiene dejo ahí; todos son colonos. Nadie nació ahí —piensa un rato— de los mayores, quiero decir.
    —Entonces es algo distinto lo que los hace hablar igual a todos. Arrastran las palabras como si pesasen o no las comprendiesen.
    Lo que decía el hombre le resultaba molesto. No le había dado la más mínima confianza y ya lo trataba como compañero de viaje.  Molina buscó el socorro del paisaje para ahuyentar la sensación.  Pudo ver otro letrero “MATALA 120 KMS”. Acercó intrigado el rostro al vidrio de la ventana intentando perseguir con la mirada al letrero que se alejaba. “Debo haberme equivocado con el anterior —piensa—.  Debe faltar eso, más o menos”. El hombre intentaba llamar su atención con gestos discretos, evitando que la mujer del niño los notase. Lo único que podía hacer para detenerlo era acercarse a él y oír lo que tenía que decirle.
    —El niño —le dice su compañero de viaje—. Usted lo ha tocado.
    —Sí —responde en voz baja. La mujer está cerca; se ha puesto de pie y mece al niño.  Le canta algo que Molina puede ubicar entre los recuerdos más remotos de su infancia; una canción triste sobre un niño que ha perdido algo.
    —Está muerto —dice el hombre—. Está muerto desde hace casi media hora —confirma levantando las cejas.
    La mujer mueve los hombros. Se oía un gemido apenas audible, agudo, prolongado, estirado como si estuviese saliendo por una abertura demasiado estrecha o que nunca estuvo pensada para dejarle salir. Afuera el paisaje se repetía como un cruel remedo de sí mismo. 
    —Ellos también vienen de Calderas —le dice el hombre. 
    —Nunca los he visto ahí. No pueden ser de Calderas. 
    —Todos somos de Calderas. Yo mismo también.
    —Yo no le conozco —responde Molina sintiéndose sofocado— ¿Adónde va este tren?
    El hombre se encoge de hombros. Molina siente su frente mojarse con sudor fino como garúa.  La angustia resopla en sus pulmones. Como quien suplica clemencia, se dirige al extraño sin mirarle a los ojos.
    —Quiero salir de Calderas, eso es todo lo que quiero... quiero salir de ahí para no regresar nunca —murmura.  
    La mujer llora. Mece al niño sin dejar de hacerlo. Desesperado, Molina se incorpora de un salto, se dirige furioso al extremo del vagón y abre una puerta muy pesada apoyándose sobre un gran tirador de bronce.  Descubre que el siguiente vagón está vacío; avanza golpeando los respaldos como si ellos fuesen culpables de lo que sucedía. Abre otra puerta, solo para descubrir más de lo mismo. Es inútil seguir haciéndolo. Regresa a su asiento a tiempo de ver pasar otro letrero más “MATALA 120 KMS”. Cierra los ojos deseando no estar ahí, que al despertar no haya sino una habitación con piso de tierra y afuera de ella el mar de Calderas gastando las pequeñas colinas de piedra y guano por las que descienden pocos hombres cargando unas cuantas bolsas de red con algunos peces dentro. Al abrirlos nuevamente ve frente a él a la mujer con el bebé muerto recostado sobre sus piernas. En el piso del pasadizo central se proyecta la sombra de otro letrero más, ya no tiene sentido hacer ningún esfuerzo por verlo. Lo deja pasar sin asomar el rostro a la ventana, sonríe a la mujer. “Ya va a estar mejor”, le comenta señalando el cadáver. Se acomoda en el asiento, el cuerpo derecho, las manos entrelazadas. Frente a frente, él y el desconocido sonríen uno al otro; lo hacen con indiferencia céltica.

 

Novela: Un lugar como este
Autor: Carlos Arámbulo
Editorial: Estruendomudo
Páginas: 117
Precio: S/ 29,90

Vida & obra - Carlos Arámbulo (Lima, 1965)
Traductor y escritor. Es autor del poemario "Acto primero" (1993). En el 2014 obtuvo el Premio Copé de Plata por su cuento “Fifteen”. Al año siguiente, su primer libro de relatos "Un lugar como este" (2014) fue elegido finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, organizado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia. 
    Este jueves 19 de mayo, a las 19:30, en El Virrey (Bolognesi 510, Miraflores), se presentará la reedición de "Un lugar como este" a cargo de la editorial Estruendomudo.