El dominical

Fragmento de "Los años intoxicados", de Mariana Enriquez

Un adelanto de "Las cosas que perdimos en el fuego", el último libro de relatos de Mariana Enriquez.

Fragmento de "Los años intoxicados", de Mariana Enriquez

(Ilustración: Manuel Gómez Burns)

— 1990 —
El presidente había tenido que entregar el mando antes del final de su período y a nadie le gustaba demasiado el nuevo aunque había ganado las elecciones por una mayoría impresionante. La resignación apestaba en el aire y en las bocas torcidas de la gente amargada y de los padres quejosos, a quienes despreciábamos más que nunca. Pero el nuevo presidente había prometido que el teléfono no iba a tardar años en llegar una vez que se hacía el pedido: la empresa de comunicaciones era tan ineficiente que algunos de nuestros vecinos esperaban el aparato desde hacía una década y a veces, cuando llegaban los técnicos y lo instalaban, había fiestas espontáneas. Nunca avisaban cuándo iban a venir. Nosotras teníamos teléfono, todas, de pura suerte, y pasábamos horas hablando hasta que nuestros padres nos cortaban gritando. Paula decidió, en una de esas conversaciones por teléfono, una tarde de domingo, que teníamos que empezar a ir a Buenos Aires, que podíamos mentir y decir que salíamos de noche en nuestra ciudad, pero en realidad nos tomaríamos el ómnibus que salía los sábados temprano y pasaríamos la noche allá, y de madrugada ya otra vez a la estación y a la mañana en casa; nuestros padres nunca se enterarían.
     Nunca se enteraron.
     Yo me enamoré del mozo de un bar que se llamaba Bolivia; me rechazó, soy puto reputo, me dijo, a mí qué me importa, le grité, y me tomé casi un litro de ginebra y si me acosté con alguien esa noche no me acuerdo. Desperté en el ómnibus de vuelta, ya de día, con la remera sucia de vómito. Tuve que pasar por la casa de Andrea para lavarme antes de volver a la mía. En la casa de Andrea nadie hacía preguntas: su padre estaba siempre borracho y ella tenía llave de su habitación para evitar que él se le metiera de noche. Cuando la visitábamos, era mejor quedarse en la cocina, el padre solamente entraba ahí a buscar más hielo para el vino.
     En esa cocina juramos que nunca tendríamos novios. Juramos con sangre, cortándonos apenas, y con besos, en la oscuridad porque la electricidad no existía otra vez. Juramos pensando en el padre borracho, en qué íbamos a hacer si entraba y nos encontraba sangrando abrazadas; era alto y fuerte, pero siempre caminaba tambaleándose, debía ser muy fácil darle un empujón. Andrea no quería dárselo, era débil con los hombres; yo prometí nunca volver a enamorarme y Paula dijo que nunca se iba a dejar tocar por un varón.
     Una noche, cuando volvíamos de Buenos Aires más temprano de lo normal, una chica se levantó de uno de los asientos adelante de nosotras, se acercó al chofer y le pidió bajar. El chofer frenó sorprendido y le dijo que no tenía parada ahí. Estábamos atravesando el parque Pereyra. A mitad de camino entre Buenos Aires y nuestra ciudad está ese parque enorme que alguna vez fue una estancia de más de diez mil hectáreas y que Perón expropió a sus millonarios dueños; ahora es una reserva ecológica que parece un bosque algo siniestro, húmedo, en el que apenas entra el sol. El asfalto lo divide por la mitad. La chica insistió. Muchos pasajeros se despertaron; un hombre dijo: «Pero adónde querés ir a esta hora, querida». La chica, que era de nuestra edad y tenía el pelo atado en una cola de caballo, lo miró con un odio horrible que lo dejó mudo. Lo miró como una bruja, como una asesina, como si tuviera poderes. El chofer la dejó bajar y ella corrió hacia los árboles; desapareció en una nube de tierra cuando el ómnibus volvió a arrancar. Una señora se quejó en voz alta, «cómo la dejan sola a esta hora, le pueden hacer cualquier cosa». Ella y el chofer discutieron casi hasta que llegamos a la estación.
     Nunca nos olvidamos de esa mirada y de esa chica. Nadie le iba a hacer daño, de eso estábamos seguras: si alguien podía ser dañino, era ella. No llevaba bolso ni mochila. Estaba vestida con ropa demasiado veraniega para el fresco de la noche de otoño. Una vez fuimos a buscarla: el novio de Andrea, el de la camioneta, no existía más en nuestras vidas, pero había otro chico, el hermano de Paula, que ya manejaba el auto de su padre. No sabíamos exactamente dónde había bajado la chica, pero no era tan lejos del molino —el parque tiene un molino estilo holandés que no produce nada, es una chocolatería para los turistas—. Caminando entre los árboles descubrimos senderos y también la casa que alguna vez había sido parte de la estancia. Ahora está recuperada, se puede visitar como museo y hasta se hacen fiestas de casamiento exclusivas, pero entonces nada más la cuidaba el guardaparque y parecía contener la respiración entre los pinos, secreta y vacía.
     A lo mejor es la hija del guardaparque, nos dijo el hermano de Paula, y nos trajo de vuelta a casa riéndose de nosotras, las nenas bobas que habían creído ver un fantasma. 
     Pero yo sé que no era la hija de nadie esa chica.

 

Título: "Las cosas que perdimos en el fuego"
Autora: Mariana Enriquez
Editorial: Anagrama
Páginas: 200
Precio: S/ 89,00

Vida y obra: Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973)
Periodista y escritora, integrante de la nueva narrativa argentina. Aunque se inició en la ficción con dos novelas de corte realista, pronto se dedicó al horror, género que cultiva con maestría.
    
Entre sus títulos destacan el libro de relatos "Los peligros de fumar en la cama" (2009); y las novelas "Cómo desparecer completamente" (2004)  y "Chicos que vuelven" (2010). Además es autora del libro de crónicas "Alguien camina sobre tu tumba: mis viajes a cementerios" (2013), y de la biografía "La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo" (2014).