El dominical

Fragmento de "Ojos de pez abisal", de Ulises Gutiérrez

Un pasaje de la novela del narrador huancavelicano Ulises Gutiérrez, reeditado por Ceques Editores.

Fragmento de "Ojos de pez abisal", de Ulises Gutiérrez

(Ilustración: Manuel Gómez Burns)

—Date: Fri, 13 Apr 2001 —
Hola, Bohemia.
Desde que empezaron las clases he paseado por la facultad de Ingeniería Ambiental para ver si me topaba con Masami, “como amigos nomás” pero recién ayer tuve suerte y me la encontré en el comedor universitario. Al principio me palteó verla porque otra vez me vino el pánico escénico, pero luego me acerqué. ¿Puedo acompañarte?, le dije con mi charola en la mano. Adelante, dijo ella. Me senté en frente. Se veía aun más bonita con la luz del día. Su carita, sus pequitas, sus ojitos chinitos y verdes. Qué linda eres, le dije mientras me acomodaba. ¿Cómo va su tesis?, me preguntó de arranque. Bien, avanzando con paciencia, dije yo. Qué bueno, lo felicito. ¿Y cómo van tus investigaciones en Muroto?, pregunté tuteándola sin miramientos. Excelente, esa es la mejor parte de estar en Kochi. Aquí tenemos una de las mejores variedades de peces del país. Siempre me han llamado la atención los peces, dije yo con las ganas de que entráramos en confianza y dejara de tratarme de usted. ¿Por qué?, dijo ella. No sé, me parecen animales solitarios, independientes. Se sorprendería con lo sociables y dependientes que son algunas especies, dijo ella. Comí unas cucharadas preguntándome por qué diablos insistía en tratarme de “usted” a pesar de que era evidente que éramos casi de la misma edad. ¿En México siempre se tratan de usted todo el tiempo?, le pregunté. Me miró como sorprendida por la pregunta. No, dijo ella y sonrió. ¿Te molesta si nos tuteamos? Claro que no, dijo ella. ¿Y que tal tus primeros días de profesora?, pregunté luego. A toda madre, dijo ella y me maté de risa. También ella rió. Perdona, es que en realidad yo aprendí mexicano. Pareces nikkei peruana, dije yo. ¿Cómo anda eso?, preguntó. Es que a diferencia de la sobriedad y la rigidez de las japonesas que he conocido hasta ahora, tú tienes el sentido del humor latino, como los nikkeis de mi país. Es que yo sí agarro la onda, dijo y me maté de risa otra vez. Luego me preguntó del Perú. Le hablé de Machu Picchu, de las Líneas de Nasca (con esos temas nunca hay pierde), hasta que la comida se nos acabó y nos despedimos. Me acordé de los tiempos de la UNI, cuando en el comedor tú le hacías guardia a la gordita de Química y yo, a la flaquita de Ambiental. ¿Te acuerdas?  

—Date: Mon, 30 Apr 2001 —
Hoy me encontré con el director de Suelos y me preguntó si ya había decidido lo del doctorado. Yo le dije que aún lo estaba evaluando porque estaba abocado a mi tesis y él me dijo que a mediados de julio debería estar todo definido. Yo le iba a decir de una buena vez que me había decidido por Centroamérica, pero por primera vez me entró la duda. ¿Qué hago ahora que se me ha aparecido Masami? Ayer me encontré de nuevo con ella y nos metimos una larga conversación (ya van como cuatro veces que almorzamos juntos). Me habló de las ciudades que conoció en Estados Unidos cuando estudió en la University of California, de los pueblos del sur mexicano que visitó en la época que su padre trabajaba en el Consulado de Quintana Roo, de los meses que pasó en las costas de Yucatán trabajando en programas de protección de delfines. Se mató de risa con las anécdotas que le conté acerca de los nikkeis que han estudiado con nosotros en Huancayo y Lima. Esa historia del chino Fukuda haciéndose pasar por tibetano no tiene pierde. En una de esas llegamos a hablar de música. ¿Qué estás escuchando ahora?, me preguntó cuando empezamos a hablar de rock. Me estoy maltratando con el "Ok Computer" de Radiohead, dije yo. Yo le estoy echando el "Everything will flow" de The London Suede, dijo ella. Me quedé alucinadazo con ello. ¿No es rico que a una mujer le apasione la misma música que a ti? Entonces hablamos de Pulp, James, Madness. Hablamos tanto de música que al final terminamos intercambiando pareceres por los tangos, los boleros y las bossa nova. Quiero invitarla a salir, pero me paltea el no tener auto y para colmo los fines de semana el tren desde Kochi a la universidad solo circula hasta las 6:00 p.m. y es demasiado lejos para ir y venir en bicicleta.   

—Date: Mon, 07 May 2001 —
El sábado salí con Masami y fue espectacular. Por la mañana apareció en el laboratorio de geotecnia y me preguntó si yo dominaba el portugués porque necesitaba traducir unos artículos brasileños. No, pero deduciendo se entiende, dije yo, y como ella requería una traducción técnica exacta, le sugerí que me diera el documento y André se encargaría de hacerlo. Me dijo que lo necesitaba lo antes posible, entonces llamé al celular de André y me dijo que si era tan urgente que le cayera con mi flaca a Tosayamada, un laboratorio lejos de la universidad donde él estaba haciendo su tesis. Ya, dijo Masami y nos fuimos en su auto. En el camino de ida, para ponerme medio interesante, le conté aquella historia que me narró el etíope sobre la venganza y le pregunté cómo habían hecho los japoneses para superar ese sentimiento con los norteamericanos por aquello de las bombas atómicas. Ella dijo que en México había leído a un argentino, un tal José Narosky que decía que el perdón siempre contiene justicia, aunque no sea justo y que al menos ella los había perdonado. Iba a decir que yo no perdonaría, pero me quedé callado porque eso hubiera significado tener que hablar de todo lo que pasó con mi familia y es algo que no quiero hacer. En el viaje de regreso hablamos de música japonesa y me hizo escuchar a Ryuichi Sakamoto, Kaguyahime, Kawashima Eigo. Me llamó la atención sobre todo una canción de este que sonaba como un bolero y que hablaba de un amor embriagante y no correspondido. ¿Cómo se llama esa canción?, le pregunté. “Sake, mujeres y lágrimas”, dijo ella y me contó la alcohólica vida de Kawashima. Es una canción muy triste, dije yo. Sí, mejor ponemos una música más acorde con la velocidad, dijo ella y puso unas de The Blue Hearts, un grupo japonés de punk que sonaba bastante por aquí. Yo le pedí una canción de ellos cuyo estribillo dice: “rindarinda”, ella sacó el control remoto y puso el track. ¿Qué significa “rindarinda”?, le pregunté. Es español, dijo ella. No existe esa palabra en español, dije yo. En realidad el cantante se esfuerza por decir: “linda-linda”, dijo ella esforzándose también por pronunciar la ‘ele’. Yo me reí. Bueno, “linda-linda” no solo está acorde con la velocidad, sino que está acorde con la conductora que imprime velocidad, dije yo. Ella se puso medio seria, pero luego se rió. Gracias, dijo. Entonces ya no supe qué más decir y me quedé mudo. Ahí nomás pasamos por las afueras de Tosayamada donde vendían pescados frescos y ella hizo una parada para comprar algo de katsuo. La acompañé hasta una de las tienditas. A ese pescado, en el Perú, lo llamamos bonito, dije yo cuando ella señaló el katsuo. Ella se rió y se puso a explicarnos, a mí y al vendedor, cómo es que respiran los peces. Si con el seminario sobre el perdón y la música japonesa, yo ya estaba enamorado; después de la lección de los peces, con ese cuerpito, con esa carita, con esos ojitos, terminé out. Pero lo más rico vino después. ¿Qué onda el sábado?, me dijo al llegar a la universidad. Nada especial, dije yo. Iré con mis alumnos a Muroto para ver cultivos coralíferos, dijo ella. No supe de qué hablaba, pero yo casi salto hasta el techo para decir que sí, que el sábado la acompañaba a donde sea. El sábado me mando. Ya te contaré en qué termina mi historia de amor.

 

Novela: Ojos de pez abisal
Autora: Ulises Gutiérrez
Edición: Ceques
Páginas: 216
Precio: S/ 39,00

Vida y obraUlises Gutiérrez (Huancavelica, 1969)
Es ingeniero sanitario de Sedapal y uno de los narradores regionales más interesantes de nuestro país. Es autor del relato "The Cure en Huancayo" (2008) y de la novela "Ojos de pez abisal" (2011), considerada por el crítico literario Iván Thays como el mejor libro publicado del año.