El dominical

Fragmento de "El santo", de César Aira

Un fragmento de la novela de César Aira, finalista del Premio Bienal de Novela MVLL 2016.

Fragmento de "El santo", de César Aira

(Ilustración: Manuel Gómez Burns)

En una pequeña ciudad catalana empinada en los acantilados sobre el azul Mediterráneo, vivía un monje con fama de santo. Había sido peregrino de muchas tierras, venía de lejos, pero desde que huyera de él la juventud se había afincado en el monasterio del lugar, y allí envejecía lentamente. Transcurrían los últimos siglos de la Edad Media, que parecía como si no fuera a terminar nunca. La cultura de la época, sus sueños, sus guerras, se desenrollaban sobre el suelo europeo como una colorida alfombra a la que el Tiempo volvería Historia. Por el momento era una confusión nada más. Nadie se ocupaba de aclararla, porque no les convenía y porque los trabajos de la Razón estaban devaluados. La fe subyugaba al pueblo. Era una época de milagros y resurrecciones, en la que todo era posible. Se mezclaba el saber con la ignorancia, y las rigideces del dogma corrían lado a lado con las libertades de lo cotidiano. Ciclos inmutables de las estaciones embebían las fachadas de las grandes iglesias, verdaderos palacios de lo sobrenatural, a los que acudía una grey siempre mayor en busca de la poesía y fantasía que no tenían en sus vidas. También en busca de consuelo y esperanza, bienes tan apreciados como necesarios. En ese estadio de la civilización la esfera humana se encontraba relativamente inerme frente a los embates naturales de sismos, plagas, epidemias, inundaciones, incendios forestales, sin contar con los males inevitables, como el envejecimiento y la muerte, contra los cuales ni los avances de la ciencia ni los de la magia podrían hacer nada en el futuro. Aunque sin hacerse mucha ilusión, el hombre se volvía a Dios.
     El monje de marras se había vuelto una celebridad. Obraba milagros, no todos los días pero con llamativa frecuencia. Y si a veces pasaban años sin que obrara ninguno, la confianza que se depositaba en sus poderes y el correspondiente prestigio no se desvanecían. Aunque esos lapsos de inacción cubrieran muchos, muchísimos años. Al contrario: los relatos de sus hechos milagrosos se magnificaban con el tiempo, que les daba un pulido legendario, desafiando a la incredulidad.
     A resultas de esta capacidad prodigiosa de alterar los procesos comunes de la ley natural se lo tenía por santo, mediador privilegiado con las decisiones de la Omnipotencia celeste, sanador y reparador. Los fieles acudían de lugares cercanos y lejanos a requerir su bendición o la imposición de su presencia. Peregrinos individuales o grupos organizados (que bien podían ser aldeas enteras aquejadas por una catástrofe o por la mala suerte) cubrían grandes distancias atraídos por un renombre cuyo radio de acción no respetaba ríos ni montañas. No era contradictorio con el sedentarismo que estaba en el fondo del carácter de estos seres y les dictaba sus procederes. Se arraigaban en la confianza de que podían seguir ahí, en una forma regenerativa de eternidad. El temor a la muerte no se sustentaba en la nostalgia de la vida; esta era demasiado dura y esforzada como para alentar lujos de melancolía. Lo que había era una obstinación de la que oscuramente se lo sentía aliado al pequeño monje, insignificante como era, elegido porque un agujero en el cosmos se había abierto justo sobre su cabeza, como podría haberlo hecho sobre la cabeza de cualquier otro.
     Multitudes de tullidos, leprosos y apestados se hincaban frente a él. También los desesperados, los estériles, los abandonados. Ponían a sus pies males visibles e invisibles, unos y otros encarnados en flores del dolor. Él operaba desde la indiferencia y la lejanía. ¿Quién era? ¿Qué era? Él tampoco los conocía a ellos. La santidad la había construido desde adentro, desde lo ejemplar y la oración. Las visiones lo envolvían.
     Así pasaron los años, en una constante romería de devoción. Pasaron también para el monje, implacables. Se acercaba la hora de su muerte. Ya no era un monje: era un santo. Un santo en vida. Su canonización: como si ya estuviera firmada por tres papas. Le sobraban méritos para el cielo y para los altares. En el monasterio y en la ciudad suponían que esperaría la muerte con la debida deferencia a los designios divinos, sin moverse de donde estaba, pero los hechos les reservaban un sobresalto de proporciones. El santo le comunicó un día al abad, quien no tardó en transmitirlo a las autoridades de la ciudad, su decisión de ir a pasar sus últimos días (no serían mucho más que eso) a su pueblo natal en Italia. Quería, dijo, que ahí reposaran sus huesos una vez que el alma hubiera ido a reunirse con el Señor. Trataron de disuadirlo, pero no hubo caso. Al parecer se interponía una vieja tradición de remotos orígenes etruscos según la cual el que moría lejos de su tierra natal se quedaba entre los hombres, en forma de fantasma. De nada sirvió que le recriminaran ceder a lo que sonaba como una superstición crédula y hasta apóstata; ni los mismos que lo decían podían negar que había algo convincente en su simetría. El sedentarismo exhibía, en el momento más inoportuno, su naturaleza paradójica. Y aunque hubieran argumentado con más energía tampoco habría servido de nada. El viejecillo, que desde su primer milagro cuarenta años atrás vivía rodeado de una invariable veneración, se había acostumbrado a hacer su voluntad, la misma que amansaba a los lobos y curaba las escrófulas.
     Pero los catalanes no estaban para simetrías. Era una calamidad que se abatía sobre ellos, del tipo de las que afligían a los fieles que acudían en busca de milagros redentores: salvo que en este caso el mal provenía de la fuente misma de los milagros. El eco de la alarma resonó con fuerza en los estamentos ejecutivos de la ciudad, que perdería el tesoro religioso que constituía su mayor orgullo y haber, el imán que atraía a los peregrinos y movilizaba la economía local. Sin él se arruinarían sin remedio, porque engolosinados con los beneficios que les reportaba el santo habían dejado marchitar las demás actividades lucrativas a las que los habilitaban sus recursos naturales y humanos.
     ¿Pero no lo perderían de todos modos, habida cuenta de que el viejo monje estaba en las últimas? No, no lo perderían. Esto no había que explicárselo a nadie que no fuera un niño o no perteneciera a la Edad Media y su complejo de creencias. Una vez muerto sería tanto o más productivo que en vida. El santuario que contenía la sagrada reliquia de su cuerpo seguiría obrando de mediador, al menos para los creyentes, del poder curativo de la divinidad. Tanto o más: porque al hallarse el alma a la diestra del Señor la concesión del milagro se haría más rápido. Había ventajas asimismo en la operatoria: en vida del santo los peregrinos querían verlo y recibir en persona la bendición, lo que no siempre era tan fácil. O el viejo estaba orando, o durmiendo la siesta, o se encerraba con el pretexto de que tenía frío o tenía calor. Un santuario en cambio podía estar habilitado las veinticuatro horas, invierno y verano.

 

Novela: El santo
Autor: César Aira
Editorial: Random House
Páginas: 144
Precio: S/52.00

Vida y obra
Es uno de los autores más prolíficos y esenciales de las letras argentinas contemporáneas. Escribe entre dos y cuatro libros por año. Ha pasado por el cuento, la novela, el periodismo, el ensayo y el teatro, y también ha realizado traducciones de autores ingleses y franceses. Entre sus muchos títulos, destacan El vestido rosa. las ovejas (1984), Los fantasmas (1990),  La liebre (1991) Cómo me hice monja (1993), El mago (2002), Las noches de Flores (2004). El santo (2015) es su último título, entre los cerca de 80 de su colección.