El dominical

Sucedió entre dos párpados

Un avance de la última novela de Fernando Ampuero.

Sucedió entre dos párpados

(Ilustración: Manuel Gómez Burns)

La nube se disipó en unas horas y la ciudad de Yungay, o lo que quedaba de ella —una que otra ruina lejana y tres maltrechas palmeras en lo que fuera el centro de su Plaza de Armas—, era una llanura de barro con bloques de hielos. Algunos hielos, al descongelar, se lavaban del barro hasta quedar relucientes y, vistos a lo lejos, parecían diamantes enormes. El agua del deshielo, durante los primeros días, impedía que el 
barro se secara. 
     Yungay ya no tenía más esquinas, ni bodeguitas, ni postes de alumbrado donde meaban los perros. Tampoco tenía ventanas en las que asomaban jovencitas enamoradas, ni colas en las panaderías a la espera del pan 
recién horneado.
     Los sobrevivientes, fuera de los niños y de otros pocos que se refugiaron en el cementerio, situado también a buena altura, sobre los restos de una fortaleza preínca, eran gente que estuvo de paseo y que, al regresar, constataba que lo había perdido todo: familiares y amigos, animales y autos, así como casas, lugares de trabajo, álbumes de fotos, toda su historia, todo su pasado. Era gente que ya no tendría jamás su vieja ropa, ni su cepillo de dientes, ni sus pocillos preferidos, ni sus más amados recuerdos de otros tiempos; era gente que debía habitar en un mundo con los escenarios de la nostalgia cancelados […].
     En aquella tarde del terremoto, hacia el anochecer, él estuvo merodeando por los bordes de la gran masa de fango que cubría la ciudad, sin vislumbrar el lugar exacto donde había estado su casa. Formó uno de varios grupos de niños que salieron a explorar, en plan de auxiliar a sus familiares. (Su búsqueda fue en vano, por cierto, y acabaron llorando). Y formó, además, la marcha de otros niños, aborregados por el dolor y el desconcierto. Estos creían haberse portado bien, al cuidar de sus ropas, o al hacer sus deberes de la escuela, y no les resultaba sencillo entender las muertes y el ensañamiento de la desgracia. 
     Siempre callado y atento, Leonardo sabía que la desgracia tenía sus sinrazones. Así lo había sermoneado desde un púlpito el padrecito de la parroquia, vecina a su casa: “Todo pueblo tiene su castigo. Ninguno se encuentra a salvo. Unos son arrasados por tifones y huracanes; otros son quemados vivos por la lava ardiente de los volcanes; otros son diezmados por la peste; y otros, como nosotros, como nos pasó el año 1962 en Ranrahirca, distrito de Yungay, somos demolidos por terremotos, o somos aplastados por las piedras y el barro de terribles aluviones”. 
      Saliendo de la parroquia, un compañero de su clase, con gesto compungido, se había acercado a preguntarle: “Si te hubieran dado a elegir en qué país ibas a vivir, ¿qué habrías escogido? ¿País con huracanes, o con terremotos y huaicos?”
     Leonardo había permanecido indeciso, incapaz de responder. 
     De la exploración de esa tarde, se diría, hallaron muchas tejas rotas, ramas, y el cadáver maltrecho de una señora semidesnuda, cubierta de barro hasta los pelos, al igual que “tres varones heridos”. Nada más, nadie más. Los adultos atendieron precariamente a los heridos y enterraron a “la muertita” en el cementerio. Y cuando avanzó la noche, se alarmaron con el retorno de las réplicas y subieron otra vez al cerro, y, desde esa atalaya, unos pocos continuaron desvelados, reanudando sus expectativas y echando vistazos hacia abajo, a la ciudad sepultada. Hasta que a la medianoche, ¡mira allá! descubrieron un haz de luz inmóvil en la llanura. 
     —¿Dónde? —preguntó uno de los niños mayores.
     —Allá, bien al fondo. 
     —¿Qué será? 
     Anselmo, un niño de diez años, despertó de un brinco a las tres de la mañana. Vio a Leonardo despierto y le dijo que su padre tenía cuatro linternas en su casa y que esa luz podía ser una señal suya. Leonardo entendió su desesperación; ni Anselmo, ni él mismo, ni los demás niños, se resignaban a desechar la posibilidad de que sus padres estuvieran vivos. Y por eso, cuando Anselmo se levantó y le propuso bajar para ver si estaba en lo cierto, aceptó acompañarlo.
     —¿Qué pasa? ¿No puedes hablar?
      Abriendo la boca como un pez que se ahoga, Leonardo lo miró con expresión de angustia. Horas antes había notado que no le salían sonidos de la garganta; ni siquiera resuellos o gemidos.
     —¿Eres mudo? 
El niño de ocho años asintió con 
la cabeza.
     —No importa. Igual sirves de compañero. ¡Vamos! 
      Los dos niños bajaron el cerro y recorrieron como sonámbulos las orillas del huaico. Andaban despacio, titubeando, los ojos inquietos, brillosos en la oscuridad, yendo y viniendo de un lado a otro. El cielo era una hoguera de estrellas, pero la luna, que a intervalos se escondía entre las brumas de la madrugada, apenas filtraba sus destellos. Y de pronto, en la llanura de barro, la oscuridad se espesó. Aquel fijo haz de luz que los había animado a bajar ya no alumbraba más. ¿Qué ocurría? ¿Fallaban las pilas? Vacilaron, pero no se desalentaron. Siguieron el camino, cautelosos, obstinados, escrutándolo todo a cada paso y distanciándose entre ellos no más de tres metros.
      Ese fue el momento en que, bañado por otro pálido destello lunar, se les cruzó un fantasma o algo flotante y veloz, como repleto de calor y vehemencia. Entonces oyeron un trote y un relincho. Se habían topado con la amazona del circo, cuyo caballo, guiado por su certero instinto, eludía el barro demasiado blando y se atrevía a girar alrededor de la tan buscada luz inmóvil.
      Tras contemplarla y cerciorarse de su larga cabellera, y también de reconocer sus botas altas, su pantalón de montar y su blusa blanca agitada por la brisa, los niños corrieron a su encuentro.
     Llegaron hasta ella, sofocados, no bien la amazona retornó a la orilla de 
tierra seca.
     —¿Qué hacen aquí? —preguntó la joven.
     —Buscábamos esa luz —dijo Anselmo—. ¿Qué es? ¿Una linterna?
     —No —el caballo corcoveaba y daba vueltas haciendo sonar sus cascos, repitiendo las mismas elegantes cabriolas que había realizado en la pista del circo—. Es el faro de un auto enterrado —explicó—. Ahí está, miren… El auto casi no se llega a ver; solo asoma esa luz.
      Sorprendidos, pisando el barro, los niños fueron a curiosear. Era un auto, en efecto, y estaba sepultado de tal manera que solo asomaba lo que parecía ser el faro del lado izquierdo. No reconocieron la marca, pero sí el color: rojo. 
     —¡Salgan del barro! —dijo la amazona—. ¡Y vuelvan al cerro! Los temblores pueden seguir y no sabemos qué sucederá. ¡Vuelvan! —y sin más, le aflojó las bridas a «Canela» y partió al galope, con su larga cabellera flameando al viento. 
Emprendieron el regreso, aunque en esa oportunidad sin pisar otra vez el barro, porque se dieron cuenta de que podían quedar atrapados. 
     En el trayecto, Anselmo, que ya sentía la noche silenciosa como un doble silencio, a causa de la mudez de su acompañante, se preguntó en voz alta por qué un conductor de auto habría decidido encender las luces durante el día, a las tres y media de la tarde. Dejando pasar unos segundos, él mismo decidió responderse: 
     —Quizá porque el huaico lo oscureció todo y necesitaba luz para escapar, 
¿no crees? 
     Leonardo sopesó la lógica de Anselmo y asintió nuevamente. 

 

Título: Sucedió entre dos párpados
Autor: Fernando Ampuero 
Editorial: Planeta
Páginas: 120
Precio: S/.35.00

Vida & obra
Fernando Ampuero 
Nació en Lima, en 1949. Ha desarrollado una intensa actividad periodística y literaria desde los años setenta cuando publicó su colección de relatos Paren el mundo que acá me bajo. Ha transitado por el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la crónica y la poesía. Su novela Caramelo verde abrió su trilogía callejera sobre Lima que se completa con Puta linda y Hasta que me orinen los perros. Algunos de sus relatos se pueden leer en Malos modales y Bicho raro. Últimamente, ha publicado las novelas El peruano imperfecto 
y Loreto.
 

 

 

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