El dominical

Nobel Octavio Paz reflexionó sobre la literatura en El Comercio

El 22 de agosto de 1982 El Comercio publicó la nota "Literatura de convergencia" del mexicano Octavio Paz. Aquí un extracto. 

OCTAVIO PAZ*

Escritor 

 

Hoy sonrío al recordar a Gabriela Mistral y al telurismo. ¿Quién usa hoy esa palabra? Aquella división entre escritores cosmopolitas y americanistas reflejaba la realidad de nuestra literatura. Nuestros grandes autores han sido, simultáneamente, cosmopolitas y americanos, con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes. O a la inversa: unos han practicado el vuelo hacia arriba y otros hacia abajo, unos han sido mineros de las alturas y otros aviadores de las profundidades. El afrancesado Darío escribió poemas de un intenso color americano y César Vallejo, para hablar del hombre peruano con su lenguaje de hueso y piedra lunar, tuvo antes que hacer suyas las innovaciones de la vanguardia europea de la primera postguerra. Lo mismo puede decirse de los otros grandes autores hispanoamericanos. Las dos actitudes deben verse no como tendencias separadas y enemigas sino cómo se enlazan y vuelven a separarse, formando un tejido vivo. Este tejido es nuestra literatura [...]

COSMOPOLITISMO Y AMERICANISMO

La oposición entre cosmopolitismo y americanismo es de orden complementario; las dos actitudes son modalidades de la conciencia americana, desgarrada entre dos mundos. Son dos momentos de la misma aventura espiritual e intelectual: el cosmopolitismo es la salida de nosotros mismos y de nuestra realidad, el americanismo el regreso a lo que somos y a nuestro origen. Para regresar, hay que salir antes de uno mismo; a su vez, para no disiparse en el vacío, aquel que sale debe volver a su punto de partida. Cosmopolitismo y americanismo son dos términos extremos de la dialéctica entre lo abierto y lo cerrado. […]

ARTE DE CONVERGENCIAS

El ocaso de las vanguardias artísticas y el descrédito de las ideologías políticas no significan ni renuncia al arte ni deserción ante la historia. En las páginas finales de un libro que he dedicado a este tema (“Los hijos del limo”) apunté que mientras el arte del pasado inmediatamente se había desplegado bajo el signo de la ruptura, el de nuestro momento es un arte de convergencias: cruce de tiempos, espacios y formas. Este fin de siglo ha sido también una vuelta de los tiempos: descubrimos ahora lo que los antiguos sabían: la historia es una presencia en blanco, un rostro desierto.

El poeta y el novelista deben volver a ese rostro sus rasgos humanos. Es una empresa que requiere imaginación pero, asimismo, temple moral. La literatura que escribimos no renuncia a la historia pero sí a las simplificaciones del arte ideológico y a sus afirmaciones y negaciones perentorias. No es un arte de certidumbres sino de exploración, no es una poesía que muestra un camino sino que lo busca.

Es un arte y una poesía que dibujan el signo que, desde el comienzo del comienzo, han visto los hombres del cielo: la interrogación. Las manos que trazan ese signo pueden ser latinoamericanas pero su significado es universal.

 

*El Comercio, 22 de agosto de 1982