El dominical

Algunas instrucciones para tolerar el cambio de año

En su columna "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel nos da algunas recomendaciones para sobrevivir al inicio del 2017

Algunas instrucciones para tolerar el cambio de año

En su columna "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel nos da algunas recomendaciones para sobrevivir al inicio del 2017. (Ilustración: Mind of Robot)

1. No piense. Ni en lo hecho ni en lo por hacer. El cambio de calendario, artificial como toda medición de tiempo, tiende a imponer plazos falsos. Ignórelos. O si quiere escoja los suyos, así solo sea para incumplirlos. Diga, por ejemplo: el 21 de abril debo cambiar de trabajo, mudarme, casarme o divorciarme, adoptar una mascota o haber concluido 273 vueltas al parque Kennedy. Disfrute la sensación de arrojarse a un absurdo y sienta gozo en ver cómo al romper su palabra no pasa absolutamente nada.

2. Haga todos los propósitos posibles. Diga, por ejemplo: “incorporaré una rutina de ejercicios a mi agenda”, o “dejaré de fumar”, o “este es el año en el que bajo dos tallas”, o “aprenderé un idioma”, o “abriré una cuenta de ahorros”, o todas las anteriores. Luego compre un lomo de jamón ibérico y disfrútelo con el mejor tempranillo que pueda conseguir. Baje el banquete con un puro y un vino dulce. Haga que la mentira valga la pena. No hay mañana.

3. Invente su tradición. Sea creativo: lance calzoncillos por la ventana; préndale fuego a esas libretitas donde apunta los teléfonos de las personas a las que no llamará jamás; compre una sandía y dedique los últimos 12 minutos del año en esculpir su rostro; invente una oración para el Dios de las Arañas que Resucitan en Verano y pida clemencia; medite en la azotea de su casa y espere una revelación; vaya al cine desde las 11 de la mañana hasta las 11 de la noche y descubra qué pasa con sus retinas; etcétera.

4. Relativice la fecha. Celebrar el 1 de enero es un evento relativamente reciente, incluso para la tradición occidental, y resulta absolutamente ajeno a los ciclos solares y lunares, acaparados por el sincretismo religioso. Fuera de Occidente, el panorama es alentador para los aguafiestas: los hebreos, el 3 de octubre de 2016, iniciaron el paso al año 5777; un día antes los musulmanes conmemoraron los 1438 años desde la Hégira; los chinos lanzarán cohetes por el Gallo el 28 de enero; mientras que los hindúes celebraron el Diwali el 29 o 30 de octubre. Dato inútil para impresionar a comensales al borde de la embriaguez: nadie en el mundo celebra el año nuevo en mayo.

5. Aproveche el contexto. Toma tres minutos disfrutar el “Diálogo de un vendedor de almanaques y un transeúnte” de Giacomo Leopardi. Si no los tiene, este extracto le convencerá: “La vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce. No es la vida pasada, sino la futura. Con el año nuevo, el azar nos tratará bien a los dos, y a todos, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?”. Pruebe también con el cuento “Feliz año nuevo” de Rubem Fonseca. Cuando el ministro de Justicia de Brasil lo leyó confesó que le bastaron seis palabras para prohibir su circulación. No se necesita mejor recomendación.

6. Ponga cara de tonto. Es un arte, lo que en criollo hasta hace unas décadas se llamaba “hacerse el cojudo” y, en biología, mimetismo. Es una estrategia de sobrevivencia que consiste en confundirse con el entorno para hacerse invisible a los depredadores. Sea usted la oruga que parece ramita o la mosca que asusta como abeja. Si alguien le pregunta qué va a hacer el 31 de diciembre, diga que tiene invitaciones para cuatro fiestas; si alguien le invita a pasar el fin de semana en una playa, sostenga que acaba de alquilar otra justo ayer. No importa que eventualmente le descubran: el 1 de enero nadie pensará en usted.

7. Pague sus cuentas. Hay pocas certezas en la vida; una de ellas es que la Sunat le encontrará. Pasada la resaca de enero le corresponde buscar el número final de su RUC, ver el cronograma de Declaración de Renta y rezar. Todo lo demás es baladí. Hay un alivio: pagar impuestos es la única manera decente de quejarse del Perú sin caer en el cinismo. Métase la mano al bolsillo y compre su porción de autoridad moral. Le queda un año entero para indignarse.

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