El dominical

Citius, altius, fortius, por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", columna semanal de Jaime Bedoya

Citius, altius, fortius, por Jaime Bedoya

Los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 fueron los primeros en ser transmitidos a color en el Perú. Más que a color eran coloreados. Fernando Barrio, compañero de clase dado al buen toque corto de balón, era el privilegiado por tener el primero de esos aparatos de toda la promoción. Su familia tenía una metalmecánica en Surquillo donde anualmente se celebraba su cumpleaños con sendos campeonatos relámpago de fulbito entre los, probablemente, prontuariados mecánicos del taller y los imberbes amigos del hijo del dueño, inocuos alumnos del Markham. 
    Posiblemente con advertencia de despido sobre nuestros rivales, quedamos subcampeones en un año que ahora quiero recordar: era 1976. Tapé un penal con mi chompa acolchada color zapallo. Luego, el glorioso sexteto subcampeón se fue a ver las Olimpiadas a color.
    La impericia para calibrar los colores era absoluta. Nunca nadie había visto algo así a los doce años. Eventualmente, el problema se arregló solo: un estadio de aceptable ambientación magenta, las barras paralelas dispuestas, rumor expectante de que a colores se veía mejor, y una niña apenas dos años mayor que nosotros procedente de un país de vampiros se disponía a subir a la barras asimétricas. Nadia Comaneci, rumana de pelo corto y dientes pendientes de ortodoncia, vestía impecablemente de blanco. Nuestra pubertad adivinaba un calzón grande y antisistema bajo la malla. Un ángel aún contrahecho por la adolescencia.
    Lo que Comaneci hizo sobre las barras fue cósmico, irreprochable, deslumbrante. Nadie dijo nada, absortos en las imágenes incipientemente coloreadas que iban describiendo una proeza física y geoespacial, sideralmente ajena a cualquier esfuerzo de índole futbolística conocida o imaginada por nosotros, subcampeones de la nada. La salida mayestática de su rutina, un vuelo perfectamente arqueado y ralentizado se adelantaba en cinco años a la palabras visionarias que Julio Iglesias le cantaría a su hija Chabeli, celebrando el prodigio de la transmutación: es que el alma le estaba cambiando de niña a mujer.
    “La conchasumadre”, susurramos en coro.
    Algo igual deben haber pensado los jueces. El tablero de puntuación marcó 1.0 puntos, generando desconcierto. El locutor no se explicaba los hechos. Hasta que se hizo la luz. El máximo puntaje para el que estaban preparados los marcadores era de 9.95. Nadia Comaneci había hecho el primer 10 en la historia olímpica. El 1.0 era un intento electrónico por registrar lo perfecto.
    Citius, altius, fortius —más rápido, más alto, más fuerte— es la alocución latina a la que el barón Pierre de Coubertin recurrió para inaugurar los primeros Juegos Olímpicos modernos, Atenas 1896. El mantra se cumple puntualmente a costa de sacrificios físicos y psicológicos inimaginables para una audiencia masiva y cómodamente sedentaria, maestra del control remoto y el “alcánzame eso”. Coubertin era un creyente del cristianismo muscular, la búsqueda de la armonía espiritual mediante la actividad física. Era el replanteo de la frase romana, originalmente satírica, mens sana in corpore sano; tributaria a su vez del aun más antiguo concepto oriental dual del yin yang: la vida es circular, no linear. Cuerpo y mente no se dividen. No deberían, en todo caso[1]. 
    Las medallas olímpicas de Río suenan. Les han agregado pequeños cascabeles que murmuran cuando un atleta las muerde. Pero por fuera llevan siempre tallada la corona de laurel, que remite al mito de Dafne y Apolo. Eros flechó a Apolo con una flecha de oro, envenenándolo de amor, y a Dafne, con una de plomo, de repulsión. Ella, hastiada de la insistencia apolínea, pide a su padre que la convierta en un árbol de laurel. Apolo se abraza al árbol y sentencia que una corona de sus hojas será desde entonces el símbolo siempre verde de la victoria imposible, un sueño inagotable de perfección y poesía.
    Luis Hernández, poeta peruano coronado por lo invisible y capaz de hacer planchas con una sola mano, escribió con exquisita ironía: Los laureles/ se emplean/ en los poetas/ y en los tallarines.
    Y en ustedes, queridos y respetados campeones olímpicos del televisor.

 

[1] Curiosamente, en su testamento Coubertin pidió ser dividido: su cuerpo reposa en su tierra natal, Suiza; su corazón, en Olimpia, Grecia.