El dominical

Ella usó sus caderas como un revólver

"Disculpen la pequeñez", columna semanal de Jaime Bedoya

Ella usó sus caderas como un revólver

Milo Moiré durante una de las perfomances públicas en las que se deja tocar por extraños.

Milo Moiré es una espigada artista conceptual suiza que además de modelo es psicóloga summa cum laude y utiliza su cuerpo como un arma. Eso permite que, por ejemplo, se aparezca completamente calata en la feria Art Basel llevando pintada en las piernas la palabra falda, en las nalgas, calzón, y así sucesivamente sin llevar nada encima. En el 2015 fue detenida en París por hacerse selfies sin ropa en la torre Eiffel. Este año se presentó, otra vez desnuda, en las afueras de la catedral de Colonia —donde el año nuevo pasado una turba ultrajara en masa a las mujeres presentes— llevando un cartel que decía “Respétenos. Las mujeres no somos trofeos de caza ni siquiera cuando estamos desnudas”. Esto es nada en comparación a lo que acaba de hacer hace algunos meses.
    La última performance de Moiré se llamó Caja de Espejos. Se paseó por varias ciudades europeas presentándose en la vía pública vistiendo dos tipos de cajas, una por vez. La primera de ellas la llevaba sobre el tórax, con dos orificios frontales por los que cabían dos manos adultas. Provista de un megáfono la 
artista ponía en aviso a los peatones que cualquiera que quisiese tocarle los senos en la vía pública podría hacerlo. Dentro de la caja había una cámara que registraba los hechos.
    La segunda caja la llevaba a la altura del bajo vientre, como una falda. Esa caja tenía un solo orificio. La artista hacía el mismo anuncio por megáfono, poniendo sus genitales al alcance de la mano de los transeúntes. Establecía como regla que la experiencia solo podía durar 30 segundos, siempre tenían que verla a los ojos y no se le podía hablar a menos que ella iniciara un diálogo. Otra cámara dentro de la caja 
grababa todos los tocamientos. Los videos de esta experiencia están alojados en su web: www.milomoire.com. Si se paga un precio extra se pueden ver sin censura, aunque en Internet ya circulan libérrimos e impúdicos. Ni en Ámsterdam ni en Dusseldorf tuvo problemas haciendo esto en la calle. Pero en Londres acabó otra vez en la comisaría.
    El morbo puede ser el gatillo que lleve a ver los videos de Moiré, aunque la sensación final que deja es de desagrado e incomodidad. Los espejos reproducen advertidamente o no los gestos de mañosería manual y manoseo mental de participantes y curiosos. Alguna crítica ha calificado la obra de Moiré como “absurda, gratuita y desesperada”. Debe serlo. Eso no impide que la experiencia genere una sensación de intimidad agredida ruinmente, a pesar de estar en apariencia controlada por la artista. O expuesta por ella sobre su propio cuerpo, mejor dicho. Lo que queda expuesto no es solamente lo privado, sino la miseria de quien lo toca.
    Salvando las distancias siderales, el desasosiego que genera Moiré remite a los desgarradores testimonios que se leen en la catártica página de Facebook que en pocos días se ha convertido en confesionario público de abusos, maltratos y violaciones de género. Dolor, rabia, redención e inclusive intolerancia acumulados por una sistematización histórica de la violencia contra la mujer se mezclan en una dinámica más poderosa y veloz que su procesamiento racional, en un fenómeno espontáneo que parece estar generando un solidario y empoderado replanteo de lo femenino. Y, por qué no, también de lo masculino. Ellas tienen un brillo diferente en los ojos. Será aun más intenso a partir del 13 de agosto.