El dominical

Los hermanos son unidos

Fuera de lugar, la columna de Rodrigo Fresán

Los hermanos son unidos

(Ilustración: Mind of Robot)

“Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera”, rima el "Martín Fierro", poema nacional argentino que algún día será descubierto/regrabado por un rapero llamado Iron Martin. O mejor aún: tal vez lo filmen —unidísimos desde que se juntaron y todo hace pensar que inseparables hasta la última escena— los hermanos Joel & Ethan Coen, la conjunción fraterna más importante del sétimo arte luego de la de Auguste Marie Louis Nicolas y Louis Jean Lumière.
     Los Coen sin h: polimorfos y perversos oriundos de Minnesota (patria de otros románticos camaleónicos como Francis Scott Fitzgerald, Bob Dylan y Prince); directores y productores y montajistas y guionistas cuyos límites y fronteras profesionales no están claras ni falta que hace. Tantos años después de conocerlos sin buscarlos en la magnífica "Blood Simple" de 1984, yo sigo sin saber —y sin importarme— quién es quién y cuál es cuál y a quién le toca el yin y a quién el yang en las fotos y en las obras. Son poco dados a las entrevistas y una vez esquivaron a un biógrafo (“Somos aburridos”, argumentaron) recomendándole una muy buena vida de Laurel & Hardy en la que suplantar sus nombre por los suyos y listo y a otra cosa. Y, sí, por favor: un "Martín Fierro" coeniano en versión kabuki o pasado a la sci-fi o transcurriendo en una Praga blanquinegra y kafkiana, da igual. Una cosa sí estará clara y bien iluminada y perfectamente encuadrada y compaginada y actuada: seguro que va a ser una gran película. Y, además —añadido que no suele ser sencillo de conseguirle a la grandeza—, seguro que también va a ser muy pero muy divertida.
     Hago mías (mientras espero que se apaguen las luces del cine para que se enciendan los brillos de "¡Ave, César!"; los Coen, sí, son unos de los pocos motivos por los que todavía voy a una sala fuera de la de mi casa a sentarme a mirar fijo) aquellas palabras de un periodista de Empire: “En un mundo perfecto, todas las películas estarían hechas por los hermanos Coen”. Es, sí, una afirmación demasiado extrema pero, a la vez, comprensible. Porque los Coen no defraudan (excepción hecha de ese completamente innecesario remake de "El quinteto de la muerte" cuya única función dentro de su filmografía es la de demostrar que, después de todo, no son dioses) y siempre garantizan que sus películas serán definitiva, total e inequívocamente películas de los hermanos Coen. Un licor perfumado y difícil de destilar y al que se ha intentado falsificar en numerosas ocasiones con resultados variables (de buenas y malas a primeras se me ocurren la fotocopiada "Los hombres que miraban fijamente a las cabras", de Grant Heslov; la voluntariosa "Grosse Pointe Blank", de George Armitage; la apreciable pero innecesaria "Vicio propio", de Paul Thomas Anderson; y la que acaso sea la más fiel de todas: "Confesiones de una mente peligrosa", dirigida por George Clooney, actor fetiche de los Coen al que estos gustan “idiotizar” una y otra y otra vez) y que no hacen más que remitirnos al genio de los originales. Todos tan diferentes y parecidos: ritmo loco y/o sosegado, casting multiestelar, secundarios de primera, soundtrack perfecto (del gran Carter Burwell), frases recurrentes (por lo general con el vozarrón de John Goodman) y un epifánico sentimentalismo filtrándose por las grietas como un viento helado del Norte y, sí, no hay nadie que filme mejor el frío que los Coen.
     ¿Cuáles son mis Coens favoritos? Muchos, demasiados, pasan los años y siempre me detengo en ellos cuando estoy bailando el vals del zapping frente a mi ventana de plasma. Aquí están, estas son: "Educando a Arizona" (la primera de sus grandes “comedias tontas”), "De paseo a la muerte" (perfecta fusión de "Cosecha roja" y "La llave de cristal", ambas de Dashiell Hammett, con gánsteres a la altura de los de "El padrino" y "Érase una vez en América"), "Barton Fink" (la mejor película de Stanley Kubrick jamás filmada por Stanley Kubrick), "Fargo" (basta la sola mención de su título), "El gran Lebowski" (Chandler con marihuana e inspiradora, no es broma, de toda una escuela filosófica y culto de los seguidores de “The Dude”), "O Brother, Where Art Thou?" ("La odisea" + "Flannery O’Connor" + "Los tres chiflados"), "No es país para viejos" (tanto mejor que la novela de Cormac McCarthy), "Un hombre serio" (una especie de enciclopedia de la literatura judeo-americana con guiños a Singer, Malamud, Bellow, Roth, Friedman y Heller), "True Grit" (el remake que sí les salió muy bien) y su más reciente obra maestra indiscutible: "Inside Llewyn Davis" (folk del Greenwich Village + Joyce). ¿Qué tienen en común? Fácil de resumir y difícil de conseguir: se las puede ver una y otra vez —como a todo clásico a leer o a oír— sin cansarte nunca, sin dejar de descubrirles algo nuevo y de recordar algo maravilloso, sonriendo.
     "¡Ave, César!" es, sí, otra “de los Coen”. Gran reconstrucción de época de ese Hollywood de “los de afuera” que no han conseguido devorarlos pero sí les da de comer bien, habitués y recién llegados a sus repartos, conversaciones frenéticas, sombreros varios, y un inteligente montón de tarados —incluyendo pseudolegionarios romanos de cartón-piedra, células de guionistas comunistas autodenominadas “The Future”, cowboys cantantes, gemelas chismógrafas, nadadoras embarazadas y un “fixer” intentando ordenar el caos— haciendo y deshaciendo de las suyas.
     Y la aventura continúa: ¿filmarán alguna vez la secuela Old Barton Fink?, ¿conseguirán financiación para su “película casi muda” basada en "To the White Sea", de James Dickey?, ¿le concederán al Jesús de "El gran Lebowski" su spin-off?, ¿retomarán la adaptación de "El sindicato de policía yiddish", de Michael Chabon?, ¿qué será ese proyecto televisivo titulado "Harve Karbo"?, ¿se harán cargo de la versión cinematográfica de "Dinero negro", de Ross Macdonald, y así cerrar su gran trilogía noir clásica?, y no lo más importante pero sí lo más intrigante de todo: ¿cuántas veces más se propondrán hacer lucir a George Clooney como un imbécil sin retorno ni idas ni vueltas? Quién sabe…
     Una cosa es segura: no se van a pelear nunca y, posiblemente, se las arreglarán para morir juntos y, claro, para que los del cementerio confundan sus nombres al plantarles lápidas.
Ojalá falte mucho para eso. Mientras tanto y hasta entonces, de nuevo, empieza lo suyo: ¡Ave, Coens! Los que van a gozar los saludan.