El dominical

Los hijos de Sam

"Fuera de lugar", la columna de Rodrigo Fresán

Los hijos de Sam

(Ilustración: Mind of Robot)

En toda biografía o biopic de Ike Turner o de Jerry Lee Lewis o de Johnny Cash o de Elvis Presley o de Carl Perkins o de Roy Orbison hay —más allá de la diferencia de voces y letras y músicas— un momento que invariablemente se repite. Siempre igual. Como se repiten ciertos episodios en todas las religiones sin importar el nombre del dios de turno.
    Y el momento —EL momento— es el siguiente: un joven entra en un edificio en el 706 de Union Avenue, en Memphis, Tennessee, a principios de los años cincuenta. Allí estaba y allí sigue como monumento histórico, con un cartel junto a la puerta, donde se lee: “Grabamos lo que sea, Donde sea, Cuando sea”. Lo que entonces equivalía a bastante trabajo en iglesias y bodas y funerales y hasta en mensajes cumpleañeros o agradecimientos desafinados de alguien que pasaba por ahí con tiempo libre y tres dólares en el bolsillo y se iba tan contento con su acetato/vinilo en cuya etiqueta cacareaba el dibujito de un gallo.
    Pero lo de antes, lo del principio: de tanto en tanto —la clave del negocio era el boca-oreja-garganta— entraba alguno de esos tipos que se despertaban cantando, que cantaban en la ducha y en el trabajo, y que se dormían cantando ovejas. Los hijos de Sam. Chicos enormes que manifiestan sus ganas de cantar frente a un micrófono y de ser grabados. Y, siempre, al otro lado del cristal del estudio estaba un hombre que mira y escucha todo. Y, por lo general, las primeras tomas no eran buenas pero de pronto todos y cada uno de los recién llegados comprendían que habían llegado para quedarse allí. Porque, bajo la guía de ese hombre que los dirige y los graba, han encontrado su sonido, su Big Bang, que no demorará en ser el sonido universal del planeta. Bob Dylan escribió que “allí se cantaba como si en ello te fuese la vida y allí se crearon los discos más cruciales, edificantes y poderosos jamás grabados. Era el lugar más misterioso del planeta. Si te alejabas de allí caminando y te volteabas para verlo podías convertirte en piedra”. Y Dylan no miente.
    El misterio corresponde a las humildes oficinas de Sun Records. Y el hombre que mueve perillas y pone la cinta a rodar es Sam Phillips (1923-2003). Y su reciente biografía —a cargo de Peter Guralnick, autor entre otras de una vida de Elvis en dos volúmenes considerada como definitiva— tiene una portada llena de palabras. Y se entiende que así sea. Porque no es sencillo, aunque Guralnick acabe consiguiéndolo con disciplina y arte en casi 800 páginas, acorralar y sintetizar y destilar la esencia y astucia y talento de Phillips. Lo que allí se lee es —respirar profundo y decirlo rápido y sin pausas, traduciendo—: “Sam Phillips/ El hombre que inventó el rock ‘n’roll/ Cómo un hombre descubrió a Howlin’ Wolf, Ike Turner, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash y Elvis Presley/ Y cómo su pequeño sello, Sun Records de Memphis, revolucionó al mundo”.
    Y ahí mismo, en este título kilométrico, la clave de tres verbos clave: "Inventar, Descubrir, Revolucionar". Y Guralnick proponiéndose probar cuánto hay de verdad y de cierto (lo que en ocasiones no es exactamente lo mismo) en la propuesta de ascender a Sam Phillips como Jehová y san Pablo al mismo tiempo: como máximo creador de criaturas a su imagen y semejanza enviando a sus hijos por los caminos de la Tierra y, a la vez, como fundador de una fe y de una iglesia.
    Son varios los que discuten la importancia real de Phillips en el milagro como piedra fundante de la roca del rock. Y algunos lo consideran, apenas, alguien con la buena fortuna de haber estado en el sitio correcto y a la hora exacta. Guralnick, está claro desde la introducción, es un converso que, sin embargo, no se priva de la crítica o de la iluminación de (muchas) zonas oscuras del personaje. 
    Pero Guralnick, como el lector, acaba cayendo de rodillas (no duda en ponerlo a la altura histórica y artística de Whitman, Twain y Faulkner) ante la potencia de un ser superior en sus tantísimos defectos y sus excesos con las botellas y las mujeres y sus pésimas decisiones en los negocios. Alguien con un oído privilegiado que dejaba hacer, que se guiaba por una intuición más animal que humana, y que sentía un regocijo casi orgásmico cuando en el estudio se producía una “perfecta imperfección”.
    También, hay que decirlo, Phillips estaba a la altura del salvajismo de Lewis & Cash cuando la ocasión lo exigía (en este sentido, vino a ser como una especie de Mr. Hyde feroz como contracara de ese caballeroso Dr. Jekyll que supo ser George Martin para The Beatles), considerándose nunca un “productor” sino un “explorador” y hasta un “psicólogo”.
    Guralnick conoció a Phillips en 1979 y lo frecuentó a lo largo de un cuarto de siglo. Y en todo ese tiempo no dejó de grabar al Gran Grabador. Recordando su historia con dicción y fraseo y prosa y verborragia aluvional. Grandes y largos tramos del asunto son transcripciones textuales en las que Phillips suena como una cruza retorcida de predicador sureño pero interracial (el hombre ya trabajaba a los ocho años recogiendo algodón junto a afroamericanos, una de sus máximas preocupaciones era la integración negro-blanca a través de la música, una de las razones para abrir su estudio fue la de “darle a la gente de color un medio para expresar lo suyo”) y de Coronel Kurtz profetizando el apocalíptico génesis de un género ahora, entonces. Mandamientos en mano desde una Tierra Prometida a la que, con el tiempo, también llegaron para registrar lo suyo U2, Brian “The Stray Cats” Setzer, John Mellencamp, Ringo Starr, Bonnie Raitt, Def Leppard y Chris Isaak entre otros. Guralnick, a su manera, comprende todo lo que se puede comprender de esa fuerza de la naturaleza, el único no-intérprete que figura en el Rock and Roll Hall of Fame, en el Blues Hall of Fame y en el Country Music Hall of Fame, quien le dijo: “Yo sé por qué abrí el estudio. Lo hice buscando un territorio superior que yo estaba seguro de que existía en el alma humana. En especial en el alma del hombre negro”.
    Y concluye contando que —contra la voluntad expresa del muerto— se decidió velarlo con el ataúd abierto. ¿Por qué? Fácil: el muerto se veía tan vivo y tan bien ahí dentro.
    Antes de eso, en la primera página, Sam Phillips anticipa a Guralnick y a nosotros que “Esta es una gran historia, y será parte de la Historia… No me pongas bajo una buena luz. Tan solo ponme bajo el foco que me corresponde… Y no estoy tratando se parecer malvado o descortés. Pero sí soy muy raro. A ti te pareceré alguien muy normal. Pero no lo soy”.
    Y Sam Phillips no miente. That’s All Right.