El dominical

Marihuana, PPK y el fin del mundo

Jaime Bedoya responde con una anécdota a las polémicas declaraciones del presidente sobre el consumo de marihuana.

Marihuana, PPK y el fin del mundo

Jaime Bedoya responde con una anécdota a las polémicas declaraciones del presidente sobre el consumo de marihuana.

Con una inexactitud impropia de la prolijidad intelectual requerida para el más alto cargo público, el presidente de la República acaba de incurrir en una sorprendente patinada conceptual respecto a la marihuana. “Si alguien fuma su tronchito, no es el fin del mundo”, fueron sus palabras. Eso es una falsedad del tamaño de Jamaica, señor PPK.

Es deber de todo ciudadano comprometido con la decencia nacional hacer lo posible por que esta inexactitud no prospere. En ese sentido no habría excusa para rehusarse a formar una cadena humana con las señoras de la Secretaría de Higiene del Club de Leones frente a la Medalla Milagrosa, o el Dragón de Barranco, con tal de que se aclare lo dicho. Razón por la que comparto un testimonio que refuta la apresurada declaración presidencial.

Sucedió hace algunos años en una casa de Surco, la misma en que convenientemente los padres de familia —autoridades vigilantes de la corrección— hallábanse ausentes. Una querida amiga cumplía años. Por motivos de privacidad la llamaremos solamente por su apelativo, Anacé, a fin de proteger la honra impoluta de esta mujer sana y de bien sin discusión.

Alguien tuvo la peregrina idea de celebrar a la agasajada con esa perversión pastelera que preña la dulce inocencia de un brownie con la propiedad alucinatoria de la marihuana. Un irresponsable entusiasmo se generó en torno a esta culinaria narco. Fabiola y Giomar dispusieron su más hacendoso talante en la preparación y horneo de los postres envenenados. Tal fue su entusiasmo a la hora de mezclar harina, huevos, mantequilla y hierba que no repararon en la sugerida dosis para un molde de ocho raciones. Digamos unos 0,5 gramos por cabeza. Sabe Dios la inhumana cantidad de moños cargados de THC incluidos en una mezcla que habría hecho tragar saliva al unísono a Bob Marley, Snoop Dogg y Willie Nelson.

Los conejillos de indias para esta temeridad, Alcides Carriones del pastrulismo, fueron don Javier Zapata y este servidor. Engullimos uno tras otro estos brownies del mal con una ingenuidad ajena a nuestro recorrido vital.

Y el mundo se hizo de gelatina. Cualquier superficie antes sólida era entonces de naturaleza blanda y elástica. ¡Sin límites!, como los pensamientos que brotan de la mente de Kenji Fujimori. El sonido existía solo en forma de eco, y en esa repetición sin pausa resonó el nombre de un destino emblemático vinculado al feliz y desmedido apetito propio del efecto posterior a la ingesta marihuanera, el bajadón. Se trataba de la sanguchería Alf, Manuel Villarán cuadra ocho, el mejor amigo del que no duerme.

El auto, que ya no era tal sino una cápsula flexible —por no decir supositorio, y caer en fácil coprolalia—, se deslizó a través del túnel bajo el óvalo Higuereta: ahora un gusano gigante que nos iba tragando hasta la evacuación prometida por metafórica luz al final del túnel.  En el Alf no había nadie del cumpleaños. Intentamos comer un sándwich reparador, tarea imposible pues el emparedado habíase convertido en chicle eterno que no aceptaba mordisco. Decidimos volver al túnel y regresar al cumpleaños en busca de una explicación o de más brownies, lo que estuviera a la mano.

Pero al salir del otro lado del túnel llegamos nuevamente al Alf. Nos miramos sorprendidos. ¿No acabábamos de salir de acá? Dimos la vuelta en U y volvimos a adentrarnos en el túnel. Y volvimos a llegar al Alf. Y así sucesivamente, en un loop interminable donde siempre había la misma sanguchería a ambos lados del túnel.

Al despuntar los primeros rayos solares, al cabo de unas 400 idas y venidas entre Alf y Alf, seguíamos atrapados en ese dilema infinito pero jubiloso: empezamos a reír pasado el medio centenar de repeticiones. No guardo registro de cuánto tiempo estuvimos ahí. Pueden haber sido días o semanas.

Zapata, que en momentos como aquel permanece boquiabierto varios minutos antes de proferir algo trascendente, dijo: “Creo que estamos muertos”, carcajeándose desde un presunto más allá.

Pues déjeme decirle, señor presidente, que eso sí fue el “fin del mundo”. Y estuvo ameno el Apocalipsis, con permiso de aquellos afectos al calzón con bobos.

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