El dominical

La nave de los sueños, por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", columna semanal de Jaime Bedoya

La nave de los sueños, por Jaime Bedoya

El pasado ya no es lo que era antes. Ninguna de las sensaciones poderosamente ancladas en la nostalgia de los que fueron niños entre los sesenta y setenta, y que hace posible el regodeo sublimador con el guiño retrospectivo adecuado[1], hubiera sido posible sin su gran facilitadora de oportunidades: la bicicleta. No era cualquier bicicleta. Era la esbelta, la fluida, la naturalmente intrépida nave de asiento banana y manubrio elevado, pródiga de accesorios vanos e indistintamente denominada como High Riser o Spider. Gloria a ella, pudriéndose en algún garaje u azotea.


    El primer e ingenuo sabor de la libertad se conquistaba a pedales. El vehículo movilizado a base de la determinación y limitada capacidad muscular del niño fungía de ideal para buscar el resquicio viable entre los parámetros autorizados por el mundo adulto, ese reino dañado: no más allá de diez cuadras, o hasta donde llegara el hambre. Discreta e inadvertida, la bicicleta hacía de su recorrido la aventura, instintivamente dirigiéndose por voluntad propia hacia el platillo volador, la bruja secreta de la casa de la esquina, la niña de shorts y sandalias que algún día subiría a ella.


    No pudo haber sido casualidad que fondo y forma confluyeran cronológicamente para que a fines de esa década prodigiosa, los sesenta, las corrientes de customización motociclísticas se trasladaran hacia las bicicletas para niños que aún no podían arrancar un motor. Marcas registradas de este proceso fueron el ya mencionado asiento banana, largo y acolchado, ideal para llevar pasajero. El manubrio levantado tributario del estilo chopper que violentaba la circulación sanguínea de brazos infantiles a favor de transferirle una precoz autoridad. La llanta posterior, más grande, hacía natural la práctica del caballito, situación trascendente a los doce años. Y una temeraria palanca de cambios sobre el tubo central del chasis, administradora de un poder de fantasía, desafiaba el inminente impacto testicular de rigor. Rodar tempranamente por la vida era una de las formas de la libertad en esa época.


    Al Perú las High Riser llegaron bajo el genérico modelo Spider, coincidiendo con una crisis petrolera y un opaco gobierno militar que obligaban a recortes de todo tipo, desde las libertades hasta el uso de combustibles. La bicicleta era fantasía y era poder. Así lo dejaba saber la marca nacional Mister, que ofrecía sus Spider con cambios anunciados por personajes tan dísimiles como Hugo Sotil y Leonidas Carbajal, representación práctica de los mundos del deporte y de las letras. Competencia que la sueca Monark enfrentaba con su modelo Rodeo Full Equipo, a su vez parapetada tras su versión premium, la legendaria Black Tiger: freno contrapedal, aro 20 trasero, dos espejos retrovisores, faro con baterías, y el inconfundible asiento de cuerina imitación piel de tigre. Si se compraba al contado en Oeschle venía de regalo la casaca negra de nylon con un felino rugiendo bordado en la espalda, antídoto para espantar nanas, tías gordas y niños rudos. La acera del barrio trepidaba ante la aparición de una Black Tiger. Montarla era lo más cerca que un niño podía estar de una erección, galaxia a dos veranos de distancia.


    Las Spider cayeron en desuso cuando fueron calificadas como inseguras y peligrosas por las autoridades norteamericanas. Hacia los ochenta empezaron a asomar los modelos referidos al motocross, con falsos amortiguadores y demás simulaciones cosméticas del off road, que acabaron evolucionando hacia las ergonómicas y extremadamente pirueteables BMX. Vehículos funcionales pero sin el donaire de lo inútil.


    Los monstruos secretos y mundos imposibles que habitan en cada barrio envejecen esperando ser desafiados por un vehículo osado. Pero aun sin el transporte adecuado el recuerdo partirá solo rumbo a lo desconocido, pedaleando imaginariamente sobre la Spider. Gloria a ella, pudriéndose en algún lado con todos sus sueños y pesadillas intactas.

 

[1] Ver obligatoriamente "Stranger Things", Netflix.