El dominical

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"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya

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Te amo, Perú. Mientras los vencidos insisten en darse por ofendidos y hacen de ese sentimiento el eje inmóvil de sus decisiones, los vencedores ya retomaron la campaña, intransigentes a la necesidad de escuchar a la otra parte que no votó por ellos. Consideran que no tienen que hacerlo. Nunca fue su estilo. Aquellos atollados en su resentimiento, y quienes insisten en echarles más sal en la herida, deberían ir preparándose para el afianzamiento de una dinastía con prontuario, y para que la memoria colectiva nacional sea oficialmente diagnosticada de esquizofrénica.
    Churchill la tuvo clarísima y sin redes sociales: el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio. Pero es lo que hay. Despreciar o insultar la decisión de quien vota diferente (o en mayoría) supone no entender a cabalidad las reglas del juego, personalizando un proceso cuyas consecuencias trascienden la emoción privada. Mientras eso siga así, el deporte nacional de arrancarle la cabeza al prójimo gozará de estupenda salud.
    El problema empieza cuando un cuadro de raquitismo partidario reduce el ejercicio de la ciudadanía a la práctica quinquenal del descarte. Siempre a la espera cíclica del iluminado de ocasión, el presidente de lujo, el espejismo de un naufragio estructural. La solución, en la cabeza de los que saben y en manos de los que no, puede tardar generaciones. Y esperar la madurez y aumento de las capacidades reflexivas del electorado supone además un acto de fe. Entonces, acaso una salida provisional habría que buscarla en los terrenos de la creatividad, la audacia y la sicodelia ilustrada, propiciando una refundación partidaria a través de la protesta cívica civilizada. Es lo que en Brasil se conoce como el Voto Cacareco.
    Cacareco era un rinoceronte del zoológico de São Paulo postulado como candidato a la alcaldía en las elecciones de 1958 como repudio a la corrupción generalizada. Ganó las elecciones. Y consolidó una tendencia. 
    Boston Curtis se llamó la célebre mula que fue candidata republicana a un cargo en Washington, vencedora de las elecciones de 1938. Pulvapiés era una marca de talco ecuatoriano que fue postulado en 1967 como alcalde de Picoazá. Ganó por mayoría. Bosco, un labrador cruzado con rottweiler, fue elegido alcalde de Sunol, California, en 1981. Y en las elecciones presidenciales norteamericanas del 2016 está compitiendo por el partido demócrata un gato llamado Limberbutt McCubbins. Su plan de gobierno comprende la exploración espacial gatuna, y su eslogan de campaña es “Meow is the Time”. Y siguen casos.
    Una honesta tortuga peruana, sin pasivos oprobiosos en su pasado y una decidida apuesta por dirigirse a paso seguro hacia el futuro, sería estupenda metáfora de una candidatura en el bicentenario del 2021. Y si la tachan, que postule la culebra.