El dominical

La pandilla ataca de nuevo

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya

La pandilla ataca de nuevo

Art Spiegelman estaba preocupado. Era 1985, le daba los últimos toques a una arriesgada propuesta gráfica: contar un testimonio familiar del Holocausto nazi a través de una historieta. Hacía más delicado el asunto el que en su historia retratara a los judíos como ratones y a los nazis como gatos. El libro se llamaría Maus.
Mientras se dedicada a tan sensible labor tenía también un trabajo sucio con el que lidiar: dibujar viñetas lo más grotescas posibles para una compañía que las regalaba junto a una goma de mascar. Spiegelman trabajaba en Topps, empresa productora de dulces, desde los 19 años. 
    El dueño de Topps, un ruso, por aquello de mejorar la imagen del producto, quiso hacerse de la franquicia de los muñecos que estaban tomando los Estados Unidos y el resto del mundo por asalto: los Bebés Repollito (Cabbage Patch Kids, en inglés). La idea era regalar estampas de los dulces bebés repollo con las golosinas. Los creadores de los muñecos dijeron que de ninguna manera. Un chicle estaba por debajo de su nicho de ternura. Entonces el ruso ordenó hacerles una parodia. En un juego fonético inglés nacieron los Garbage Pail Kids, conocidos en español como la Pandilla Basura.
    La primera imagen de la pandilla fue la de Adam Bomb. Un niño detonando por propia mano una bomba nuclear. Spiegelman sugirió que esta explosionara en su cabeza. La prestigiosa editorial Phaidon, que iba a lanzar su novela gráfica sobre el Holocausto, le indicó que por precaución no contara a nadie que él estaba detrás de la Pandilla Basura.
    Los dibujantes no dejaron orificio corporal sin explorar a lo largo de 660 imágenes de la pandilla producidas entre los años 1985 y 1988. Una crítica conceptual habitual entre ellos era “les falta un poco más de moco”.
    La pandilla se convirtió en herramienta contracultural que espantaba a los adultos, encantaba a los niños y hacía que las bandas punks los lucieran en sus instrumentos. Se vendieron 800 millones de pegatinas en los Estados Unidos, para horror de padres y pedagogos. Al llegar a Francia el explorador submarino Jacques Cousteau sentenció: “Los niños expuestos a la Pandilla Basura acabarán consumiendo cocaína”. Presagio fácil, eran los ochenta.
    La pandilla llegó al Perú como álbum de figuritas en 1989. Comprendía 208 cromos traducidos, por ejemplo, como Dedo Tadeo, niño que en su afán de hurgarse la fosa nasal se atravesaba el cráneo con el índice. Se convirtió en denuncia de noticiero y motivo de prohibición en los colegios, lo que automáticamente disparó su venta y circulación clandestina entre niños fascinados con el derrumbe del tabú.
    Para entonces la serie ya había dejado de producirse, herida de muerte por una denuncia judicial de los repollitos resuelta extrajudicialmente. El equipo creativo de Topps se disolvió decepcionado, pues el ruso había malbarateado el arte original. Tres años más tarde Spiegelman ganaba el Pulitzer por su historia del atroz exterminio humano contado a través de gatos y ratones, obra maestra hecha entre bocetos de niños adorables y desadaptados bañados en sus propios fluidos corporales.
    Oportuna mano amiga me hizo llegar el libro compilatorio de todos los execrables personajes de la Pandilla Basura. Con iguales dosis de asco y nostalgia, volver a verlas fue peguntarse si no eran peores las balaceras diarias del noticiero. Si es que su transgresión era la que había propiciado el que ahora fuera natural que Bob Esponja acusara flatulencias. Y que definitivamente por el momento era preferible que mi menor hija se empachara de unicornios y princesas autosuficientes antes de tener el gusto de conocer a la Pandilla Basura. A pesar de que lo que retratan esos dibujitos no es muy diferente a lo que toca enfrentar en cada cambio de pañal.