El dominical

Rock 'n' rollo

Fuera de lugar, la columna de Rodrigo Fresán

Rock 'n' rollo

(Ilustración: Mind of Robot)

"Escribir sobre música es como bailar la arquitectura”, acusó el apolíneo Frank Zappa. “A los periodistas de rock les gusta Elvis Costello porque son muy parecidos a Elvis Costello”, despreció el dionisíaco David Lee Roth. Y sí, las relaciones entre el rock en sonido y la explicación en letras de ese sonido nunca han sido cosa sencilla. A los músicos, por lo general, les produce una cierta irritación que se los analice. Y recién en los últimos tiempos (cuando el asunto probó ser una buena manera de compensar las pérdidas por descargas ilegales) se han puesto a escribir sus autobiografías para, así, ganarse unos dineros a la vez que dejan fijada la versión propia y oficial de las cosas. Algunas resultan hitos de valor (la de Bob Dylan, la de Patti Smith, la reciente del ya mencionado Costello) y a otras (como las de Sting, Eric Clapton e, inesperadamente, Pete Townshend) ni siquiera les cabe un “mejor olvidarlas” porque se olvidan solas de sí mismas en el mismo acto de hacer memoir. Pero lo del principio: amistad peligrosa y brecha insalvable por más que unos y otros (el lápiz de mano y la uña de guitarra) se vean obligados a comulgar por puro interés. Muy pocos pasan de la letra a la nota (los casos de Chrissie “Pretenders” Hynde y Neil “Pet Shop Boys” Tennant suelen ser los más citados) y de tanto en tanto surge un intento de hacer las paces, como en "Almost Famous", la película autobiográfica de Cameron Crowe.
     Y los tiempos cambian y Justin Bieber y Miley Cyrus ocupan las portadas de la alguna vez contracultural Rolling Stone. Pero una roca continúa rodando con todo su rollo (rollo de “corta de un vez ese rollo” y, al mismo tiempo, de aquello que hace a una “persona enrollada”). Su nombre es Greil Marcus.
     A Marcus se le ama o se le odia. Están los que lo consideran el hombre que más y mejor ha pensado el rock. Y los que lo acusan (a diferencia del desaparecido y salvaje Lester Bangs, a quien Marcus antologizó) de ser el producto de una familia muy acomodada con demasiado tiempo libre y ninguna obligación para intelectualizar hasta el infinito algo más bien pequeño y casi imberbe que suele expresarse con eternas, invulnerables y eficaces expresiones de bebé del tipo “Be-bop-a-lula” y “Womp-bomp-a-loom-op-a-womp-bam-boom”. Pero incluso en esos términos/materiales primarios, Marcus (San Francisco, 1945), más libertino que libre asociador de ideas, es capaz de construir una catedral de teorías más o menos prácticas. Y, claro, a veces riza el rizo y se pasa de twist and shout y lo suyo adquiere la textura como de algo redactado para las páginas de crónica policial de The Twin Peaks Gazette por aquel true detective con cara y dicción de Matthew McConaughey: no se entiende muy bien lo que se nos quiere decir, pero aun así se intuye como algo iluminador.
     En cualquier caso, todos coinciden en algo: Greil Marcus es serio y es cosa seria. Y su libro "Mystery Train" (de 1975, varias veces revisado y ampliado) es la biblia de cierto tipo de periodismo-rock, así como "Lipstick Traces" (1989) resulta una eficaz visión alternativa del arte del siglo XX. Y de acuerdo: sus aproximaciones al fantasma de Elvis, a The Doors y a Van Morrison acaban siendo más sobre él que sobre ellos. Tal vez el extremo absoluto de Marcus se encuentre en "The Shape of Things to Come: Prophecy and the American Voice" (2006), donde se las arregla para —críptico, intenso, intrigante, siempre en los bordes del delirio— fundir las cadencias en los diferentes acentos de Abraham Lincoln y Martin Luther King y David Lynch y Philip Roth para proponer algo así como una fonética y vocalización patria. De igual modo, su obsesión con Bob Dylan (quien según él lo transformó de fan a escritor sin por eso privarlo de aquel célebre “What is this shit?” a la hora de lapidar vivo al álbum "Self Portrait" de 1970 que acabaría redimiendo en un texto para su reedición potenciada en el 2013) puede resultar un tanto patológica pero muy interesante. Marcus le ha dedicado a su faro y a su luz —con clínica abnegación de Sancho Panza y Boswell y Dr. Watson— un libro entero sobre "The Basement Tapes", otro completo alrededor de “Like a Rolling Stone”, y un monumental recopilatorio de todas sus poluciones y perfumes dylanitas emitidas entre 1968 y 2010.
     ¿Y cuál es el “estilo” del pop-penseur Marcus? Sencillo de definir pero no tan fácil de poner en práctica: aquel “Only connect!” que E. M. Forster puso como epígrafe/mantra/mandamiento para abrir la puerta de "Howard’s End". Y que —nada se pierde, todo se relaciona— no es otra cosa que el método de composición de Bob Dylan. Para Marcus, sí, todo pasa por descubrir qué une a esto con aquello. Y si no se lo encuentra, bueno, siempre se puede(n) proponer alguna(s) posibilidad(es).
     El último de sus libros traducido a nuestro idioma ha sido el tan arbitrario como atendible "La historia del rock and roll en diez canciones". “Nadie lee una canción como Greil Marcus”, advirtió Salman Rushdie y, por supuesto, la selección de Marcus a la hora de esa decena es más que personal y The Beatles figuran apenas como grandes versionadores de Buddy Holly o de aquel “Money (That’s What I Want)” relacionándolo con la aproximación definitiva de Cyndi Lauper al “Money Changes Everything” de Tom Gray.
     Para adictos tanto como para abstemios, Marcus ha cerrado el 2015 con tándem de libros: el pequeño "Three Songs, Three Singers, Three Nations" (resultante de un trío de conferencias en el consagratorio Massey College girando alrededor de estrofas de/por Geeshie Wiley, Bascom Lamar Lunsford y, sí, Bob Dylan) y el inmenso "Real Life Rock", donde ha recopilado todos sus detallados listados arbitrarios/coherentes y un tanto paranoides (Marcus sería un gran personaje de Philip K. Dick) que fue enumerando desde 1986 y hasta ahora en las páginas de las revistas The Village Voice, Artforum, Salon, City Pages, Interview y The Believer. Y tal vez este sea el libro de Marcus que hay que tener: lectura ideal para llevarse al baño, abrirlo en cualquier parte (lo hago ahora) e intentar descubrir qué es lo que relaciona a Robbie Williams con los beatniks con la teoría de la mecánica financiera con Don DeLillo con Reese Witherspoon con Carlos “El Chacal” con...
     En resumen: Greil Marcus no se parece a Elvis Costello, pero baila mucho y muy bien sobre sus planes y planos. Y uno ahí, sentado, con los pantalones en los tobillos, mirándolo girar y girar como un derviche centrífugo en llamas, temiendo pero anticipando —porque todo es posible en Marcusland— la aparición del propio nombre enrollado en algún rollo de ya saben quién pero nunca sabiendo junto a quiénes.