El dominical

Tres semanas, por Jerónimo Pimentel

En su columna El vientre de la ballena, Jerónimo Pimentel recuerda cuando Alejandro Toledo le decepcionó por primera vez.

Tres semanas, por Jerónimo Pimentel

En su columna El vientre de la ballena, Jerónimo Pimentel recuerda cuando Alejandro Toledo le decepcionó por primera vez. (Ilustración: Mind of Robot)

Hacia el 2000 ser estudiante de periodismo era una obligación. Vivíamos en una dictadura que buscaba su tercera elección consecutiva luego de haber instalado una mafia cívico-militar que había parasitado todos los poderes del Estado. No era poco. Una fresca ingenuidad juvenil, junto a una indignación moral al borde de la náusea fueron el caldo de cultivo ideal para intentar actos de resistencia ciudadana. Llegará el momento en el que se mida cuál fue el rol y la efectividad de esas medidas. Pero lo cierto es que ocurrieron. Es decir, hubo una marcha el 5 de abril de 1997 por el Tribunal Constitucional, así como otras movilizaciones en las que la protesta, el arte y la desobediencia civil, como la ha llamado Víctor Vich en un valioso ensayo, se unieron contra el fraude electoral. La Marcha de los Cuatro Suyos fue el epítome de esa movida.

La literatura, entonces, parecía una frivolidad. Así que, como tantos confundidos, opté por la prensa escrita. El clima era perfecto, pero, a la vez, nocivo. Todos los subgéneros y variantes de la profesión se veían tontos y superficiales. El modelo a seguir era el periodismo de trinchera, militante y político, que practicaba César Hildebrandt en Liberación. La vocación era un lujo. Ese sesgo, producto de la urgencia, es otra de las formas en las que las dictaduras coaccionan la vida de los individuos. Pero esto no es un drama, sino una tragicomedia. Así que al punto: en las aulas de la PUCP conocí a Cecilia Valenzuela, quien dictaba Periodismo de Investigación, el curso tótem de la carrera. No recuerdo absolutamente nada de aquellas clases, ha sido como si literalmente no hubiera habido una sola, pero sí me acuerdo de dos momentos: el primero fue cuando acompañé a Orazio Potestá a hacer una transferencia en Western Union como parte de un aprendizaje que no he retenido; lo segundo fue una invitación: la profesora animó a algunos cuantos a unirse a la campaña de Toledo, ya pilar único de la oposición, en calidad de practicantes del equipo de prensa. Yo fui uno de ellos.

Llegamos al hotel César de La Paz con esos ánimos, aunque un poco confundidos por la rapidez con la que la política real y el periodismo real habían pasado de ser un deseo a ser una rutina. En la improvisada sala de redacción que planteó León Rupp paseaban varios notables que considerábamos decentes pues cumplían la única virtud atendible entonces: el antifujimorismo. La apertura a toda forma de apoyo era tan extendida que pude percibir una escena que hoy me parece surreal: a Gorriti recibiendo al dudoso poeta Leo Zelada, quien se retiró de una brevísima charla al grito “La poesía al poder”. Aún fantaseo con los términos de ese intercambio.

No puedo decir que la pasé bien: mi función era perseguir a Fernando Yovera, fotógrafo oficial de la comitiva de Toledo —quien, ahora recuerdo, tenía una extraña fascinación por las armas—, y, una vez agotado el espacio de almacenamiento de las tarjetas de memoria de su cámara, debía volver al centro de prensa con ellas para mandar las imágenes a todos los medios del mundo, que en teoría estarían a la espera de nuestra misión sagrada. El trabajo era precario —no nos daban ni para el taxi— y los recursos materiales estaban lejos de ser óptimos, pero, tratábamos de convencernos, qué gesta se realiza en comodidad. El punto es que no era nadie pero me sentía importante. ¿Ego pulpín o éxtasis democrático? No lo sé. Lo único que recuerdo es que en el balconazo que Toledo dio en la plaza San Martín, en el lugar privilegiado de chupe del chupe (sombra de la sombra, una silueta que nadie mira pero está), me tocó ver. ¿Qué? A decenas de miles de personas moviéndose como una, un animal feroz a la espera de un mensaje, de una cara, de un reclamo, de una ilusión. Sentí vértigo y a la vez miedo. La política era la droga más adictiva de todas y nadie me lo había advertido.

Se necesita mucha compostura para manejar esa vibración, para sentir que puedes administrar la vida de todos los demás. Es cotidiano, pero el ejercicio político, visto de cerca, implica una atribución espantosa. Y Toledo, claramente, había desatado fuerzas que lo superaban. Lo descubrimos todos los que estuvimos esas tres semanas en el recinto y vimos lo que allí ocurría: líderes desconcertados, jugando siempre una estrategia reactiva y perdedora; grandes encerronas en el bar cuando lo que tocaba era trabajar un poco más; promesas de puestos y sueldos en vez de llamados a la mística; miserias y mezquindades cotidianas con los voluntarios mientras una pequeña cúpula se beneficiaba de los fondos de Soros. Nosotros no sabíamos eso, pero lo sospechábamos. Lo que sí sabíamos es que ahí se jugaba la última oportunidad y que la estaban desaprovechando. Nosotros, que éramos los buenos. Una vez se lo dije al hoy infame sobrino del expresidente, Coqui. Me llamó a un lado, fingiendo atención, y me ofreció un puesto pagado en el futuro gobierno a cambio de mi complicidad. Yo tenía 21 o 22 años pero ya podía distinguir a un hombre de un pobre diablo. Nunca más volví.

Quince años después, luego del Melody, la presidencia, el Arequipazo, Zaraí, la nueva candidatura, los exabruptos, la pérdida del sentido del ridículo y Ecoteva, una obligación profesional me llevó a tenerlo en la mesa de trabajo. Era complicado no reír. El hombre tenía una pequeña corte, dedicaba mucho tiempo a nimiedades y pretendía que quienes lo rodeaban le dedicaran la admiración solemne que había merecido en otras épocas. Cuando acabó la reunión, un colega extranjero me hizo a un lado. “¿Sabe?” —usaba, castizamente, el usted—. “Nadie me creería si cuento en mi tierra que acabo de hablar con un expresidente. ¿Pero sabe qué? Nadie me creería el nivel de los expresidentes del Perú”. Quise indignarme pero no pude. Contesté con un gesto que quiso ser una sonrisa, digamos, triste, y volvimos cada uno a su trabajo.

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