El dominical

"Los relatos de la tradición oral despiertan el alma"

Una entrevista al entrañable cuentacuentos François Vallaeys, quien dará un espectáculo en apoyo a la asociación Magia.

"Los relatos de la tradición oral despiertan el alma"

(Foto: Giancarlo Shibayama)

Pese a que su materia prima es ancestral, Vallaeys debe ser muy probablemente el pionero local de la narración moderna de cuentos, y su más reconocido exponente. Este filósofo, y actual director del Centro de Ética Aplicada de la Universidad del Pacífico, es también embajador de Magia, una asociación de voluntarias que trabajan con niños con cáncer desde que protagonizó una recordada propaganda llamada “La magia de la solidaridad”, que ganó el León de Oro en Cannes. Respaldando la construcción de un albergue para chicos que vienen de provincias, dará un espectáculo llamado “Vive! Vela! Da!” este 18 de diciembre en el teatro de la UP. Las entradas ya estás a la venta en Teleticket.

Antes de conocerte como cuentacuentos ya te había leído un libro de divulgación filosófica, uno que hacía sencillas las distintas corrientes de pensamiento. ¿Siempre has buscado transmitir, comunicar ideas?
Sí, siempre tuve esta vocación de transmitir lo complejo en forma sencilla para la mayor cantidad de gente posible, seleccionando bien las cosas que creo que son realmente importantes en la vida.

¿Y cuándo se juntan el filósofo y el narrador?
Cuando el filósofo quiere compartir cosas muy complicadas y repara en que no va a poder con la filosofía, encuentra las artes escénicas. Diez mil años antes la narración oral de cuentos había resuelto el problema dando a las personas, en forma de pequeños relatos, mensajes éticos y filosóficos muy profundos y muy sabios.

Pero tú has llegado a esto ya de grande…
Sí, claro. A mí nadie me contó cuentos de niño. En Francia, cuando era estudiante, hacía improvisación teatral y vi a grandes narradores. Y me dije “Wow, eso es lo que quiero hacer”, porque vi el valor trascendente de esos relatos de la tradición oral y su capacidad de despertar el alma.

Siempre has investigado las tradiciones populares de diversos lugares, las ancestrales. ¿Haces algún vínculo con escuelas o con filósofos, o simplemente tomas las historias como las recibes y las transmites?
Sí, siempre me he dedicado a leer cuentos, recopilar, escuchar… y las historias que me tocan el corazón a mí, pues las cuento. Y las narro como las recibo, tratando de quedarme lo más cerca posible del original, porque… ¡no soy nadie para cambiar un cuento que tiene miles de años! Pero como soy filósofo, articulo mis inquietudes éticas o de sabiduría, como en el último espectáculo; o sobre la familia, como en el penúltimo. Articulo estas reflexiones con los mismos cuentos y los cuentos se prestan bien porque siempre tienen un montón de mensajes posibles. No encajonan la reflexión ni la imaginación del auditorio.

Ribeyro abría su famoso decálogo diciendo que un cuento debía poder ser contado por el lector. Pero lo cierto es que no todos los cuentos escritos funcionan oralmente, y lo contrario tampoco. ¿De qué depende?
Hay una gran diferencia entre el cuento de autor y el popular. El cuento popular es un relato que se ha transmitido durante siglos de boca a oído (los no interesantes ya fueron olvidados, separados por el gran filtro de la historia). Aquí “popular” es un gran honor, porque significa que todo el mundo se lo apropia y es narrable. Mientras que un cuento de autor es candidato nomás a ser narrable. Además, hay cuentos cuyo gran poder se da al ser leídos, por lo de la palabra exacta: pienso en García Márquez, en Rulfo. En un cuento popular solo coges la historia y, al igual que con un chiste, le metes tus palabras. Y así es bello.

¿Alguna vez has escrito ficciones?
Dos cuentos: “La caca de vaca” y “La gota de agua”, hace muchísimo tiempo. No me dediqué más a eso porque, primero, es muy difícil que se te ocurra un cuento que merecería ser popular; y segundo, porque ya hay millones, entonces ¿para qué?

Hablemos de  tu próximo espectáculo: “Vive! Vela! Da!: Vive la velada que da”. Un título muy rítmico.
Son puras exclamaciones. Estamos para festejar la Navidad y compartir: eso nos hace vivir. Hay que vivir, hay que velar por los niños con cáncer y hay que dar. “Vive! Vela! Da!”, que es lo mismo que “Vive la velada que da”, un juego de palabras. El espectáculo es una velada con mis mejores cuentos, acompañado de mis hijos. Los dos son pianistas y tocan partituras clásicas: Bach, Mozart, Debussy, Ravel etc. Yo adapto los cuentos a esas piezas. Es bonito porque el cuento es musicalizado pero por grandes autores, una especie de matrimonio entre la obra de Mozart y el cuento popular. Una noche para contar historias de solidaridad pero también de muerte: aceptar la muerte, tener esperanza a pesar de ella es un tema recurrente en la sabiduría popular. Hay muchísimos cuentos que nos ayudan a pasar la fatalidad, incluso cuando se trata de niños, que en realidad es lo más escandaloso y penoso que puede haber. Vamos a dedicarnos a eso y a cuentos de humor, porque se trata de agasajar a la gente solidaria que vendrá a participar.

Cuéntame sobre el propósito del espectáculo.
La asociación Magia, compuesta de voluntarios que apoyan a enfermos de cáncer, está construyendo un albergue en Surquillo para los niños de provincias y de escasos recursos que tienen que venir a Lima para su tratamiento y tienen que quedarse meses. Es decir, además de estar enfermos, está el tema problemático del alejamiento de la familia (no estar con sus seres queridos no ayuda a la curación). Este albergue va a permitir resolver el problema para una cierta cantidad de niños. Las entradas son más “caras” comparadas con usual en mis espectáculos, pero el propósito es apoyar la construcción del albergue: todo el dinero recaudado irá a ello.

La del estribo
Aprendizaje de vida

¿Cómo se enseña ética?
Esa pregunta es como para una hora y media [risas]. Bueno, se puede enseñar el conocimiento ético, la teoría. Y también hay un montón de temas de aplicación, de deontología, de código de ética, de gestión de responsabilidad social. Lo que no se puede enseñar es a ser ético. Esto nace del corazón y de las circunstancias. Lo único que podemos hacer es decirles a nuestros alumnos que nadie es tonto siendo ético, y que cuando el mundo no es como debería ser, hay que cambiar el mundo. No nosotros.