Las delicias, un verdadero templo de los jugos de fruta

Hace 38 años Fortunato Armas abrió esta juguería y fue introduciendo en el mercado mezclas tan variadas que hasta hoy llegan a 130

Las delicias, un verdadero templo de los jugos de fruta

JULIO ESCALANTE ROJAS

AYER
Un hombre frente a una fruta puede actuar como un experto. Esta tarde Fortunato Armas toca una papaya verde y sus dedos le dicen que ya está lista para comer. El color a veces engaña, no el tacto. También mira dos chirimoyas y dice que la mejor es la que tiene una cáscara áspera y con puntas. Fortunato Armas comenzó en este negocio a los 15 años vendiendo frutas con dos de sus hermanos en carretillas que ubicaban entre las cuadras 7 y 8 de La Mar, en Miraflores. “La fruta nos ganaba, maduraba muy rápido”. Para no perder era mejor hacer jugo, y entonces alquiló una tienda y abrió su juguería.

La Mar fue por muchos años una avenida en la que había talleres mecánicos, bodegas y cantinas. Las Delicias creció en ese ambiente y comenzó a destacar por sus mezclas. Donde uno fuera, en el mercado del barrio o en una fuente de soda, lo común era encontrar cinco jugos clásicos: naranja, papaya, piña, surtido y especial. Pero Fortunato Armas sumó granadilla, chirimoya, mandarina, y más (hoy tiene una oferta de 130 jugos). “Fuimos mezclando para tomar nosotros, a ver qué salía, si funcionaba la mezcla con dos frutas también iba a tener buen sabor con tres”. Las cadenas de juguerías que hoy se han multiplicado en Lima han heredado esa idea: a más combinaciones, mejor negocio.

En el 2004 su historia cambió. Fortunato Armas se unió a la iglesia Adventista del Séptimo Día. Su hijo Jimmy había estudiado en un colegio cristiano y convenció a sus padres de que lo acompañasen al templo. Los miembros de esta iglesia no trabajan los sábados porque es el día que dedican a Dios, pero el sábado era el día de mayor venta en Las Delicias. ¿Qué hacer? “Si cierras, te vas a ir a la quiebra”, le decían. Pero Fortunato Armas lo tenía claro: “Si vas a ser fiel a Dios en lo mucho, también serás fiel en lo poco”. Y desde entonces Las Delicias cierra los viernes a las 6 de la tarde y vuelve a abrir 24 horas después como dice la Biblia, entre dos puestas de sol. Para recuperar la venta decidió atender domingos de 8 de la mañana a 10 de la noche cuando antes cerraba al mediodía.

Pero también dice que cambió su forma de relacionarse con la gente. Antes cuando hablaba nunca miraba a los ojos, dice Armas, y era un jefe severo, autoritario y hasta abusivo. Un dictador en la cocina y en la atención al cliente. Aunque sus jugos eran buenos y tenía demanda, el negocio se mantenía invariable.

HOY
Hace un par de años el ingeniero de sistemas Jimmy Armas renunció a su trabajo para ordenar el negocio de su padre, mejorar el ambiente laboral y hacer que la marca sea competitiva. El mercado había crecido con nuevas juguerías bien ubicadas y que exprimían al máximo el nombre de sus marcas a pesar de ser nuevas, mientras que Las Delicias, una de las juguerías más clásicas de Lima, se estaba quedando de brazos cruzados.

Medidas urgentes: lograr un personal comprometido y que solo permanecieran quienes realmente aportaban valor. Ordenar las compras y afianzar el trato con los proveedores mayoristas que le dan un precio especial para frutas como la granadilla o la fresa cuyo valor puede aumentar 10 veces si no es buena temporada. Convertir a la marca en una franquicia y lanzar nuevos productos: hoy venden galletas integrales, cremoladas, yogur frutado y los jugos también salen en presentaciones de un litro para llevar a casa.

Las Delicias tiene ya una franquicia en el Centro Comercial Chacarilla y otro local propio en La Molina. A ellos les reparte a diario la fruta que Fortunato Armas compra todas las mañanas. Es la única costumbre que no ha cambiado. La expansión es real: han contratado una empresa que se encargue de evaluar propuestas y de vender la franquicia.

MAÑANA
A la juguería han ingresado tres hombres muy gordos que hablan a los gritos, como para que todos noten que están allí. Piden jugos y sánguches de asado con palta, y siguen conversando mientras ojean unos periódicos.

En la mesa de al lado, Jimmy Armas me cuenta que pronto ya no venderán sánguches con asado o pollo, que poco a poco el menú será vegetariano por completo, que panes con carne de chancho ya no venden y los clientes no parecen extrañarlos, que la oferta será natural y sana con muchas ensaladas de frutas y verduras porque “el cuerpo es el templo del espíritu santo y hay que cuidarlo”.

Hace unos minutos en la televisión de la juguería transmitían los preparativos para un mitin político. Don Fortunato y Jimmy me siguen hablando de frutas y de su iglesia, pero parecen estar incómodos por tanto ruido. Los tres hombres conversan ahora sobre las elecciones, sobre por quién no votar, y sus voces cubren las nuestras como una nube negra. Fortunato Armas prefiere hablar de Dios y por eso me ha regalado un pequeño libro para reflexionar. Su título es “Todavía existe esperanza”.


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