"El mayor orgullo de Teresa Izquierdo era la versatilidad con la que manejaba el frejol"

A continuación, la columna de Mariella Balbi publicada hoy en El Comercio sobre la desaparecida cocinera

"El mayor orgullo de Teresa Izquierdo era la versatilidad con la que manejaba el frejol"

MARIELLA BALBI

Un día antes de mi cumpleaños falleció mi amiga Teresa Izquierdo, no llegó su habitual llamada cariñosa. Chocante noticia. Difícil escribir sobre alguien que ya no está y a quien no queremos muerta. Pensar que su energía desbordante ya no nos acompañará produce ciertamente pena y fuerte tristeza.

Ella era una mujer risueña, afectuosa y agradecida con la vida, como señalaba a menudo con sonrisa pícara y entornando sus ojos redondos. Tenía genio y también firmeza. Recordándola con un buen amigo suyo, este comentó algo certero que la resume bien: “Se hizo querer, era de buena fibra”. Mi amiga tenía un espíritu juvenil, entusiasta y sobre todo de mucho trabajo y esfuerzo personal.

Conocí su cocina antes que a ella. Su restaurante estaba a pocas cuadras del actual local pero era el mismo buen sabor. De ese Rincón que no Conoces salías agradecida de haber comido un apanado sábana con frejoles o con tacu tacu superlativo y excepcional.

Teresa era curiosa de las diferentes cocinas, le gustaba explorar de todo, conocer otros sabores, otros ingredientes, las novedosas presentaciones de los platos. Se divertía y le apasionaban. Tanto que creó una riquísima pizza de frejoles celebrada y concelebrada. Pero en su oficio, la cocina criolla, sus preparaciones respetaban rigurosamente la tradición que conoció y que aprendió de su madre y esta de su abuela.

Decía que se nacía cocinero –no se avenía a la palabra chef– y agregaba: “ay hija, mi mamá me dijo que estudiara obstetricia, porque nunca faltaría trabajo. En la primera clase me desmayé” y se reía de ella misma.

El sofrito, el molido, el batán, el punto y la temperatura de su excepcional mazamorra, el cocinar día a día tenían sus reglas estrictas que Elena –su hija–, Carmen –su sobrina–, Víctor –el cocinero de siempre–, Irene, Cora, Sonia, el simpático ‘Pichicuy’, sus compañeros fieles, sin duda respetarán.

Cada una de sus preparaciones lleva el sello de su talento. Difícil encontrar una sazón tan sabrosa unida a elaboraciones poco conocidas como el divino sancochado con caldo pulseado, la sencillísima y espectacular morusa de pallares o el suave seco de cabrito. Aunque su mayor orgullo era la versatilidad con la que manejaba el frejol, encontró más de treinta maneras de prepararlo y para divulgarlo creó el festival del frejol.

Personalmente, y en coincidencia con muchos, su receta del ajiaco de papas –plato presente en todo el país– sintetiza arte y peruanidad, una exquisitez. Teresa no le tenía miedo a la muerte, la ahuyentó hace algunos años para alegría nuestra. Su galería de santos era vasta, pero no descuidaba a ninguno. Agnóstica yo, a veces le pedía que intercediera ante ellos y mi amiga accedía. Estará con ellos en el cielo, conversando, reilona y afectuosa, cocinándoles y sorprendiéndolos. Tal como la recordaremos por siempre.