Turrones sagrados: el arte de las monjas clarisas se luce en octubre

La orden de clausura llegó al Perú hace 409 años y desde entonces sus integrantes se han caracterizado por sus cualidades en pastelería. En el mes morado tiene al turrón como su mejor representante

Por Katherine Subirana Abanto

En octubre el pecado de la gula no solo se perdona, sino que hasta cuenta con permiso divino. Y las monjas del Convento de Santa Clara son, en parte, responsables de la indulgencia al preparar y vender esa delicia llamada turrón. Desde hace 15 años ellas amasan, en la paz que les da el convento de clausura, el dulce que alimenta a quienes llevan cuitas y esperanzas ante el Señor de los Milagros.

La especialidad de estas hermanas es la pastelería. Durante el año le sacan provecho haciendo panes, bocaditos y tortas, pero su trabajo se luce al por mayor en octubre y en diciembre, cuando se abocan a la producción de sus turrones y panetones.

DIVINO POTAJE
La paciencia es un don que en la clausura se cultiva con cuidado y que las clarisas ponen en práctica cada octubre, cuando el monasterio está en vilo entre harina, miel y grageas dulces de colores.

Sor María Ángela de la Cruz, quien lleva seis años dentro del monasterio, explica que el proceso de preparación del turrón es artesanal, y les lleva entre dos y tres días. “Amasar y hornear nos puede tomar toda una tarde. Al día siguiente se pone la miel y luego se decora con las grageas. Después hay que esperar a que enfríe, cortar y envasar”, detalla. ¿Algún ingrediente especial? “Los que se usan tradicionalmente…y la bendición del Señor, nada más”, dice.

Sor María Ángela es una de las cuatro hermanas que tiene permiso para salir del claustro a diario, pues es monja con votos externos. Por ello, es una de las encargadas de comprar los insumos diarios para la comida y –en estas fechas– para los turrones. También colabora con la venta del turrón tanto en el monasterio como Las Nazarenas, donde las clarisas venden como mínimo 60 kilos diarios de su manjar.

Su volumen de ventas es bajo si se compara con el aparato comercial de venta de turrón que se despliega en la avenida Tacna con grandes luces de neón, y donde la venta mínima en una tienda puede llegar, según las vendedoras de la zona, a los 100 kilos diarios.

El punto de venta de las clarisas es mucho más modesto, dentro del templo. “Pero el producto es mucho más sabroso”, dice Sor María Ángela en tono de comercial de televisión.

CUATRO SIGLOS IGUAL
La orden de Santa Clara llegó a nuestro país en 1601. Los ahora resquebrajados muros del monasterio que resguardan su retiro se levantaron hace 404 años, en medio de la que ahora es una de las zonas más peligrosas de Lima: el jirón Jauja, en Barrios Altos. Las 35 hermanas que en él viven ahora confían su seguridad a Dios y dos perros guardianes.

Los votos de clausura no las alejan de lo que pasa en el mundo, pues para ello tienen la televisión por cable e Internet. Desde el 2000 las clarisas empezaron a disfrutar las ventajas de la globalización a través de la red, luego de que el Vaticano aprobara su uso en los conventos de clausura.

La vida en el convento de clausura transcurre fiel a los campanazos del reloj: hay momento para cocinar, limpiar, cuidar la huerta, estudiar (llevan cursos dentro del monasterio) y claro, rezar.

Rezar es una de las actividades a la que más tiempo le dedican: 10 horas, promedio. ¿Y por qué tanto? Sor María Ángela se sostiene en las palabras de Juan Pablo II, pues “él dijo que las monjas de clausura somos el pararrayos del mundo. Todos están tan ocupados, la vida afuera transcurre tan rápido… ¿Cuánto tiempo le dedican realmente a su fe?”

Sor María Ángela de la Cruz no olvida que hasta hace siete años su nombre era Ángela María del Carmen, y que vivía en Lince con sus padres y sus cuatro hermanos. Sin embargo, dice que prefiere esta nueva vida, donde ganó 34 hermanas, un lazo más fuerte con Cristo y encontró su propio significado de la felicidad.

La orden de las clarisas es de clausura perpetua, pero contempla la posibilidad de que algunas de ellas puedan hacer votos externos, con lo que se les permite algunas contadas salidas, como el caso de Sor María Ángela.

Se dice que desde el Virreinato eran conocidas las virtudes culinarias de las clarisas. Esas que aún se sienten en sus turrones, con los que pecar de gula no da cargo de conciencia.

CONOZCA MÁS
Las hermanas clarisas ofrecen su turrón en el Convento de Santa Clara (Jr. Jauja 444, Barrios Altos) y dentro del templo de Las Nazarenas.

El precio es de S/.15 el kilogramo, S/.8 el medio kilo y S/.4 el cuarto.

Al comprar cualquier turrón, Indecopi recomienda revisar el rotulado para evitar recibir productos bamba.

Debe corroborar la marca, el peso, el RUC, la información del distribuidor y el registro sanitario.