Antonio Cisneros: recuerdos del poeta en su paso por Ayacucho

Antonio Muñoz Monge cuenta un pasaje de la vida del vate, y Raúl Mendoza Cánepa explica dos temas importantes en su poesía

RECUERDOS DE AYACUCHO
Por Antonio Muñoz Monge

Después de su retorno de Ayacucho en 1967, lo vimos festejando su cumpleaños en Lima con la música y las juguetonas letras del tradicional carnaval ayacuchano “Pirhuallay pirhua”, amén del “Adiós Pueblo de Ayachucho”. Este mismo año obtenía el grado de Bachiller por la Universidad Mayor de San Marcos, con una tesis sobre José María Arguedas. Un año después (1968) obtiene el premio Casa de las Américas con “Canto ceremonial contra un oso hormiguero”.

Antonio Cisneros enseñó en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, que había sido reabierta en 1959, después de ochenta años de haber sido clausurada. La reapertura de la Universidad fue un verdadero acontecimiento cultural, social, político. Fueron contratados catedráticos de primer nivel, tanto nacionales como extranjeros. Todas las provincias ayacuchanas y buena parte de estudiantes provincianos radicados en Lima volvían a ver con atención a Ayacucho. Pasaron por sus aulas, entre otros, Julio Ramón Ribeyro (escritor), Juan José Vega (historiador) Luís Guillermo Lumbreras (historiador) Oswaldo Reynoso (escritor), Miguel Gutiérrez (escritor), Manuel Baquerizo (escritor) Josafat Roel (etnomusicólogo), Luis Millones Santa Gadea (Sociólogo), Hernando Cortés (director de teatro), Marco Martos (poeta), Enrique Moya Bendezú (ingeniero), Jorge Acuña Paredes (mimo), Maynor Freyre (escritor periodista), Tom Zuidema (historiador, antropólogo holandés), John Earls (científico, antropólogo, lingüista australiano), gran guitarrista, cantor de huaynos en quechua, que se acompañaba en sus clases con un reloj despertador para no “perder ni ganar un segundo” y vivía en una iglesia abandonada.

Antonio Cisneros llegó a Ayacucho en 1964 junto con sus amigos del alma Javier Montori y Hernando Núñez Carvallo para conocer la ciudad y admirar la famosa Semana Santa. Enterados de la llegada de estos jóvenes poetas limeños, algunos catedráticos los invitan a la universidad y después de una amplia conversación los convencen para enseñar en ella, en el ciclo básico. Después del Domingo de Resurrección, Cisneros, Montori y Núñez Carvallo retornan a Lima para arreglar papeles e iniciar la aventura académica. El único que regresa a Ayacucho, sin embargo, es Antonio Cisneros, quien durante dos años enseñara en la Universidad.

Alguna vez Hernando Cortés nos contó haber dirigido una pequeña obra de teatro escrita en Ayacucho por Antonio Cisneros, no tenemos el título pero el dato queda. El sainete estaba ambientado en Huamanga, la ciudad que cobijó al poeta durante dos años.

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ESAS INMENSAS PREGUNTAS
Por Raúl Mendoza Cánepa

Antonio Cisneros en “El libro de Dios y de los húngaros” (1978), torna sus pasos desde la simplicidad cotidiana a un abrupto encuentro con la divinidad. En su poesía se trenzan las grandes interrogantes y las más elementales situaciones mundanas.

Mística
1974. Llueve sobre Budapest. El poeta, con los ojos alfilereteados por la humedad debe optar entre una cantina y el magnífico templo que asoma a la distancia. Por alguna extraña razón que no logra precisar, penetra en el recinto sagrado. La misa es oficiada en húngaro. El escritor no la entiende y no necesita entenderla porque insospechadamente advierte de la presencia de Dios que lo invade como una iluminación sin palabras.

En apariencia y con los modos y giros propios, Antonio Cisneros fue objeto, a confesión propia, de una suerte de arrobamiento sobrecogedor. A distancias de la simbología y la experiencia religiosa de Teresa de Ávila o de San Juan de la Cruz, el poeta, sin las cumbres de la devoción de aquellos, tocó el tema religioso como una inquietud. En “El libro de Dios y de los húngaros”, nos aproxima a aquel viejo encuentro en la Budapest de su reconversión: Cisneros describe el ambiente de aquella noche y los goterones que lo asaltan en medio de una calzada: “Llueve entre los duraznos y las peras/las cascaras brillantes bajo el río/ como cascos romanos en sus jabas”. Las frutas son la ofrenda que el extraño recoge para su consagración religiosa y la lluvia el elemento purificador que lo lava.

Luego es determinado a ir tras aquella sutil luminiscencia que lo llama. En realidad, el poeta, confundido entre vocablos extraños que lo perturban, ha abandonado por entonces la escritura. Escribe apenas breves versos en los boletos de tranvías y en papeles menudos. Solo cuatro años más tarde, recordando aquella ‘revelación’ en Hungría trazará los siguientes versos: “El sacerdote lleva el verde de Adviento y un micrófono/ Ignoro su lenguaje como ignoro/ el siglo en que fundaron este templo/ Pero sé que el Señor está en su boca”. Varios años después Cisneros dirá que su fe no era la del carbonero ni la del religioso deslumbrado “sino un pretexto para expresar su relación con el mundo”. Sin embargo, el poema rebasa tales explicaciones ulteriores, pues el poeta rompe el cerco de la incomunicación y el anonadamiento, bate el idioma y torna aquel instante en una experiencia trascendental, mística, única. Quebrada la barrera lingüística percibe a la divinidad en la boca del sacerdote. La alusión al pentecostés sobresalta hasta al menos crédulo.

La súbita exaltación de aquel día de 1974 operó en unos versos que lindan con la oración más concentrada: “Porque fui muerto y soy resucitado,/ loado sea el nombre del Señor/, sea el nombre que sea bajo esta lluvia buena”

Marianismo
En “Las inmensas preguntas celestes”, Cisneros se detiene en una atmósfera que le es familiar, desciende desde las encumbradas certidumbres hasta las más elementales dudas y los más disimulados “quites” a aquellas exploraciones que le resultan incómodas. No se crispa, evade: “A las inmensas preguntas celestes/ no tengo más respuesta/que comentarios simples y sin gracia/sobre las muchachas/que viven por mi casa/cerca del faro y el malecón Cisneros./ Y no pretendan ver/ en la cháchara tonta esa humildad/ de los antiguos griegos.

Ocurre apenas/ que las inmensas preguntas celestes/ sacan a flote/ mi desencanto y mis aburrimientos […]”. El poeta se percibe, al final, ante la descomunal metafísica religiosa, no más que como “el zancudo al final de la tarde, haciendo tiempo mientras “llega la hora de oficiar sus pompas funerarias”. Cisneros cede abierta y confesamente ante los abrumadores enigmas.

Más adelante, en “Un crucero a las islas Galápagos”, el poeta tiene algunas exaltaciones marianas, ávido de una vejez “sabia y serena repleta de gaviotas” clama, con expresión terrestre, a la madre del crucificado: “Tan solo que te fuiste en cuerpo y alma al reino de los cielos. Muerto tu hijo Jesús, la historia dejó de registrarte. La gárgola, que todo lo devora, te cobra media entrada en los teatros y te concede algunos privilegios en el bar”.

El artista tocó la sencillez de lo rústico y lo sublime de las alturas de una inefable devoción. Su poesía estaba emparentaba con la vida que le tocó, una diversidad de perspectivas, voces y aspiraciones terrenas y no terrenas. Era tal como, hace algunas décadas manifestó que esperaba que lo recuerden: “una persona buena gente que sabía hacer un poco de todo”. Para quien, desde algunas generaciones detrás, esculpe versos disparando ciegamente al mañana, Cisneros fue aquel vate magistral que marcó la ruta a seguir, entre el lauro del poeta y el Olimpo literario.