En memoria de Antonio Cisneros: "El poeta y su maestra vida"

Un testimonio de Enrique Sánchez Hernani sobre el querido poeta peruano más allá de sus versos

En memoria de Antonio Cisneros: "El poeta y su maestra vida"

ENRIQUE SÁNCHEZ HERNANI

Antonio Cisneros no solo tenía el mérito literario que en vida le celebraron sus lectores y los académicos, sino que derrochaba generosamente su amistad entre los poetas jóvenes. Aquí un testimonio de parte.

Para fines de la década del setenta, Antonio Cisneros no solo había escrito y publicado una parte importante de su obra poética (Comentarios reales, Canto ceremonial contra un oso hormiguero, Agua que no has de beber, Como higuera en una campo de golf y El libro de Dios y de los húngaros), sino que ya era tenido como una de las voces más importantes de la poesía peruana. También acababa de volver al Perú de una estadía europea adonde había sido invitado en su calidad de escritor. Todo eso le tenía, con justicia, en la gloria literaria.

Por esos mismos años, un grupo de jóvenes poetas de las universidades Católica y San Marcos formamos un grupo literario, llamado La Sagrada Familia, donde confluimos los poetas Edgar O’Hara, Carlos López Degregori, Luís Rebaza y el narrador Willy Niño de Guzmán, entre otros. Por supuesto, también Róger Santiváñez, Dalmacia Ruiz Rosas, Luís Alberto Castillo, Juan Luís Dammert y varios más.

Fue el primer grupo, quizá por nuestra proximidad geográfica a la casa de la calle Roma, de Miraflores, donde vivía Cisneros, que logramos una amistad impensable entre el poeta consagrado y los chicos que para el año 1978 habíamos publicado, recién, nuestros primeros libros. Nos separaban, por lo menos, diez años en edad y toda una vida de reconocimiento poético.

MAESTRO Y AMIGO
Cisneros, entonces, era profesor de Literatura en San Marcos y ser alumnos suyos hizo posible una cercanía que con el tiempo se hizo cotidiana. A causa de la dicharachera bondad del poeta, este nos acogía semanalmente en su casa de la calle Roma, mostrando elocuentemente que la fama literaria le importaba un pepino. Prefería beberse unas cervezas con nosotros y revelarnos algunos de los misterios de la creación, que con otros consagrados.

Muchachos de unos 25 años por entonces, los jóvenes de La Sagrada Familia invadíamos su casa, servíamos de alegres mandaderos entre su departamento miraflorino del tercer piso y la bodega del frente (con el encargo de comprar cervezas), de alimentadores de sus peces (a Toño le daba terror tocar los gusanillos que estos comían), y curioseábamos primero su correspondencia de revistas, que siempre eran mucha, donde aparecían sus poemas, artículos o entrevistas.

La comunión lograda entre ambas generaciones se daba no solo porque al poeta le gustaba hablar de poesía (nos prestaba revistas, libros o nos indicaba nombre tutelares), o porque nos hacía escuchar sus grabaciones de poetas en lengua inglesa, en casettes que él atesoraba. Sus principales temas de conversación eran otros: fútbol, gastronomía peruana (cuando no estaba de moda) y los grandes misterios de la llana vida cotidiana. Todo entre grandes carcajadas, pues Toño tenía un humor imbatible.

LECCIONES DE VIDA
Sé que la amistad cercana y cordial que entonces mantuvo con nosotros, también la tuvo con otros poetas menores que él, como Balo Sánchez León, Luís La Hoz o Nicolás Yerovi. Los niveles de proximidad eran tantos que para cuando optó por su título de doctor en Literatura por aquel tiempo, en la Universidad de San Marcos, no invitó a nadie de su generación a la ceremonia, sino a nosotros, los muchachos de La Sagrada Familia. Los jóvenes acompañamos al hermano mayor en la sustentación de su tesis sobre poesía inglesa y luego en un accidentado almuerzo en la casa de sus padres, donde hubo camaradería pero también alguna escaramuza, que con los días quedó en el olvido.

Durante esos días en la calle Roma, en algunos bares de Miraflores, o en los pasillos de la universidad, aprendimos a querer al poeta y al hombre. Y creo que él también nos quería a nosotros. Ese fue el efluvio que sentimos todos estos años, cuando ya serenado el tiempo nos veíamos menos, pero siempre con igual intensidad. Por eso su partida nos duele tanto. El Perú ha perdido a uno de sus poetas primordiales, pero nosotros hemos perdido algo irreparable: un hermano mayor, un amigo irremplazable.