Roberto Moll, el peso que logró sacarse de encima y su grito reivindicativo

“¡Yo no soy político, soy un artista!”, exclama grandilocuente. El gran actor que reside en Venezuela habla de un Hugo Chávez “amigo” y de su relación con Dios. Interpreta a Val Helsing en “Drácula”

(Video: elcomercio.pe)

MARÍA PÍA BARRIENTOS @pia_barrientos
Redacción Online

“Me hablaba de su amor al Perú. Hace unos años hubo bastante controversia por una declaración suya en la que dijo que no estaba orgulloso de ser peruano”, le arrojé cuando admitió una pausa en su relato. En un solo segundo su rostro entero cambió. “No, eso, fue malinterpretado, me sacaron de contexto esa frase”, dice compungido. Parece triste, aunque con ganas de hablar.

ÉL
Roberto Moll está de regreso a las tablas peruanas después de unos años. Roberto Moll pisa nuevamente la tierra que lo parió hace ya casi 64 meses de mayo. Esa que lo adoró cuando interpretó al profesor Mariano Tovar junto a una chibolísima Patricia Pereyra.

Hace más de 3 décadas abandonó un país que había conquistado y sin más se fue a probar suerte más allá de esta “hermosa tierra del sol”. Roberto Moll acepta que cuando se alejó del Perú lloró durante muchas noches. Tal vez lloraba como lo haría algunos minutos después en esta misma entrevista.

Roberto Moll, el hombre que vivió más de 34 años en Venezuela. Uno de los actores peruanos que nos representan en el extranjero. El artista con 3 nacionalidades que en 1992 conoció a Hugo Chávez en una de sus visitas a la cárcel. Hugo Chávez, el presidente al que llama amigo y a quien en 2008 abrazó en público al final de su monólogo de Salvador Allende. El hombro presidencial en el que lloró cuando estaba aún en el escenario. ¿Podía intuir que ese gesto terminaría desatando un escándalo mediático?

Hoy al actor se le ve entero, aunque ya curtido por las arrugas. Fuerte y plenamente lúcido, aunque reconoce que no tiene la misma fuerza que antes, porque ahora se cansa. Porque ahora siente la pegada cuando se tira al piso interpretando al más peligroso de los enemigos de Drácula: Van Helsing. El héroe terrenal que osa retar a la encarnación del mal. Un personaje que parece compartir varias características con quien actualmente lo encarna en el escenario de La Plaza Isil. Tal y como el cazavampiros de Stocker, Roberto Moll parece no temerle a la muerte.

EL HECHO
“Se lo quiero decir a cada peruano. Yo adoro mi país, por eso me fui, para dejarlo bien en alto siempre”, continúa. Desliza que lleva cargando “un peso” durante 4 años. Afirma que este pasaje, ocurrido en 2008, no lo va a olvidar nunca. Empieza a contarme su versión de los hechos.

“Yo estaba haciendo un monólogo sobre cómo había sido el último día de vida de Salvador Allende. La temporada fue un éxito en Venezuela y el gobierno nos compró 10 funciones para llevarnos a una sala más grande. El presidente estaba ahí. Yo no lo veía desde hace 10 años, desde que subió el poder. Nos conocimos en la cárcel en el año 92 y nadie se imaginaba que él iba a llegar al poder, pero cuando lo hizo yo me despedí de él para que no piense que tenía algún interés. Pasaron 10 años y nos vimos esa noche. El gobierno había ordenado que fuera la televisión venezolana para transmitir en vivo el monólogo de Allende a todo el país. Él subió al final a saludarme porque estaba emocionado. Tenía los ojos aguados. Me levantó en peso y me dijo al oído: ‘Roberto, cómo has crecido como actor’. ‘Hugo, ¿cómo estas hijo?’, le dije yo”.

Pasaron 48 horas. Él estaba en su casa en Caracas. Sonó el teléfono. “Una periodista me dijo que me quería hacer una entrevista. ‘Qué extraño, pensé yo, si los periodistas peruanos nunca me han llamado ni les importa lo que hago afuera’”, afirma, pero no logro identificar si su tono es de reproche. “’Estamos muy conmocionados en Lima”’, me dice y yo la interrumpo. Le digo; ‘claro, si es mi mejor trabajo en teatro y a mí me costó muchísimo haber llegado a ese resultado’. ‘No. Yo no te llamo por eso’, me respondió y me sentí cortado, porque dije, ‘entonces, ¿para qué me llamas?’. ‘Tú has abrazado a un dictador’, me dijo. ¿Sabes qué? Sentí que me habían dado un golpe en la cara”, sentencia.

ROBERTO Y LA MUERTE
“Cada mañana cuando me despierto digo: ‘Roberto, ya tienes 64 años, ya te estás acercando al reino de los cielos. Ya un día te tienes que ir”, afirma tranquilo. “Yo me estoy preparando para ese momento. Yo pienso que la gente nunca debería olvidarse, desde la mañana, cuando se levanta, que se va a morir”. Lo miro a los ojos.

“¿No le da miedo eso?”. “Es que hay dos cosas naturales en la vida: nacer y morir. En el medio hacemos cosas para no aburrirnos. ¿Qué estamos haciendo aquí en la tierra? Estamos esperando a morirnos”, dispara convencido.

EL QUIEBRE
Roberto continúa con su narración del momento en el que su nombre fue no grato para muchos. “¡No puede llamar a un actor para decirle eso, porque ese es el presidente de la República del país que me ha acogido durante 34 años y está yendo a ver la obra y encima sube para abrazarme! Como no soy diplomático, monté en cólera, porque soy temperamental, como cualquier artista y no tengo ningún pelo en la lengua. Le dije hasta de lo que se iba a morir. ‘¿Sabes qué? Me avergüenza ser peruano por peruanas como tú que me llaman para ofenderme’, le dije. Ella me sacó de contexto la frase. Eso no se hace”, cuenta entre rabioso y justiciero. “¿Sabes qué?…”, pronuncia luego con un hilo de voz. Segundos después rompe a llorar. No sé qué decirle. Lo conozco personalmente hace menos de media hora.

EL SEÑOR
“Hola belleza. Qué Dios te bendiga”, me dice como preludio a un beso en el cachete. Esa fue la introducción de una conversación que tendría como uno de sus principales protagonistas a Dios, a Jesucristo, al ser supremo que un Roberto ateo conoció y al que hoy llama “mi primer amor”.

“Mi fe está incólume. Desde el 16 de diciembre de 1979, cuando recibí en mi corazón a Jesucristo. Ha pasado mucha agua bajo el puente. He vivido pruebas muy intensas, pero siempre la fe de Jesucristo es lo que me sostiene”, me cuenta firme.

Antes de Dios todo era diferente. Afirma que cuando era joven el ego lo sedujo. Cuando tenía 18 años y apareció en el programa “Usted es el juez” de Pablo de Madalengoitia. Hoy predica lo siguiente: “haz de calcular el tamaño de tu ego y haz de dar esa misma cantidad hacia fuera”. “Cuando empecé mi vida universitaria en la Universidad de Lima, en la Católica, yo creía en mí mismo y punto. El resto no. Nada de fe ni nada”, indica. “Mi objetivo en la vida es conquistar el Reino de los cielos. Lo mío no está aquí en la tierra”, explica.

Todo parece hacerlo pensando en él, hasta cuando actúa. “Cada vez que yo voy a salir al escenario yo le digo lo siguiente: ‘Papá Dios actúa tú por mí, porque yo no puedo. Pero tú por medio de tu espíritu santo lo puedes hacer, porque eres perfecto’. Lo creo y si lo crees… sucede”.

Roberto Moll viene actuando desde hace décadas, es conocido en gran parte de América latina, ha hecho múltiples novelas en Miami y afirma que ha presentado obras en 32 países. Sin embargo, revela que su temor más grande es presentarse en un escenario.

EL PESO
Prosigue con lágrimas en los ojos y la voz tembleque. “Eso no se hace”, dice refiriéndose a quien, según él, lo tergiversó. “¿Yo qué he hecho? Trabajar como un burro para dejar bien en alto a los peruanos, ¿por qué me hace eso?”, dice con un hilo de voz.

“Pasaron los días (después de la entrevista telefónica), me llaman mis familiares y me dicen: ‘Roberto, ¿qué has hecho?, ¡te están insultando en todos los periódicos!”, dice con el seño fruncido.

“¿Cómo me voy a avergonzar de ser peruano si he nacido aquí? Gracias a Dios los peruanos no me han perdido el cariño. Me dicen que se sienten orgullo al conocerme y yo les digo que para mí es un placer servir culturalmente para algo. Saber que existo para algo. Trato de llevar cada personaje a la perfección por el respeto que les tengo a ustedes.* Por eso me dolió tanto eso. Me pareció una campaña gratuita. Como si yo fuera un delincuente”, precisa contundente.

Yo no soy un político, soy un artista y no es el primer presidente (Chávez) que sube a abrazarme. Ese va a ser un episodio que va a quedar siempre en mi corazón”, continúa enérgico.

LA SUMA DE LOS MIEDOS
“¿Cuál es su temor más grande?”, pregunto. Finalmente me responde: “Entrar al escenario. Ahorita ya me están sudando las manos. Me da terror.”.

A veces algunos de los otros ‘yo’ que interpreta se le “salen” en la calle, en su casa, en su vida cotidiana. “De repente estás en una situación parecida a la obra y te salen los gestos y uno se da cuenta. Por eso la vida de los actores es una vida muy misteriosa. Es que para él parte del proceso para crear un personaje es “ir creyéndote que tú eres él”.

Ahora que interpreta a Van Helsing va preparando su neuronal herramienta desde la mañana. “Este cerebro lo voy a tener que usar durante el tiempo que dura la obra sin permitirme ninguna falla. Sabiendo además que hay un miedo escénico”. “¿A pesar de tantos años?”, pregunto. “Justamente cuantos más años han pasado y más te conoce el público, más exige de ti. ‘Mira, Roberto Moll va a estar en la obra. Sí y va a hacer un trabajo excelente’, dicen. Ya esa presión es fuerte.

PASANDO EN LIMPIO
Ya tiene que irse. Tiene que vestirse para encarnar al cazavampiros. La obra casi está por empezar. Vuelve a hablar del peso que se quitó de encima. Se despide afectuoso. Se va al camerino donde seguro lo esperan las notas que el director de “Drácula” siempre le deja. Anotaciones sobre su actuación del día anterior. Críticas. Instrucciones. Y aunque es un actor de amplísima trayectoria, no le molesta ser corregido. Dice en cambio que Jorge Castro, el director en cuestión, “es maravilloso”. Es hora de que Roberto Moll se enfrente una vez más, como todas las noches, a su miedo más grande. Pero va a interpretar a “un gran personaje” y a él le gustan los retos.

“¿Qué le falta por hacer?”, le pregunto para cerrar. “Yo quisiera interpretar algún día a Saulo de Tarso”, dice milésimas después de que la pregunta fue formulada.

Saulo de Tarso, el perseguidor de cristianos, el asesino. El hombre al que un día se le presentó un Dios tan “vivo” como el que Roberto conoció en 1979 en un pueblito en Texas. Moll se refiere al hombre que hoy conocemos como San Pablo.

“¿El que su elección sea interpretar a San Pablo tiene que ver con su conversión?”, pregunto por última vez. “Claro. Dios me ha cambiado tanto…”.

Lo veo irse. Lo descubro repleto de matices, bemoles, luces y sombras y estoy segura de que si un día su vida fuera llevada al cine o al teatro, el suyo sería un gran personaje, como esos que le gusta representar. Sería un reto para un actor de su trayectoria.

Actualmente Roberto Moll se presenta en “Drácula”, en el teatro la Plaza Isil de Larcomar. Las entradas están a la venta en los módulos de Teleticket de Wong y Metro y en la boletería del teatro.

Lo que se viene: una película basada en la vida del venezolano Cipriano Castro, una obra de Roberto Ángeles y otra de Chela de Ferrari. Pese a ello, no tiene pensado residir en nuestro país. Él es, en sus propias palabras, “un ciudadano del mundo”.